domingo, 5 de abril de 2026

COSAS COTIDIANAS

 

Imagen tomada de Pinterest

COSAS COTIDIANAS

 

 

ya no leo los periódicos,
leer la prensa cada día,
es abrir una pequeña tumba de papel.

JULIA OTXOA

 

Cuando quieras reprender a alguien, no uses los proverbios,

sino un crisantemo, un pájaro, aunque sea de papel o madera.

Ante un semáforo en rojo también los transeúntes

se paran para dar vía al otro que lo embiste.

En política no se habla de muertos porque todos son cadáveres.

A menudo invocamos a Dios para certificar nuestras maldades.

Dudo de la bondad inusitada, no de la maldad cotidiana.

En la claridad no se necesitan palabras, las palabras

son claridad, por eso hay que dejarlas para la noche.

Cuando el amor naufraga es necesario un centro de acopio

o de beneficencia, caminar sobre hortensias.

Las migajas, aunque sean de azúcar, siguen siendo migajas.

Quizá el poeta no va a misa porque no le gusta golpearse

el pecho cuando la pobreza también sangra en el lenguaje.

Un día seremos libres con nuestro cadáver enfrente.

 

La paz, de pronto, es un papel blanco en nuestro cerebro.

El sol alumbra para que cada quien se mire a los ojos

a través del espejo prestado a los muertos.

El crepúsculo arde en su sombra cuando el fuego se apaga.

En los callejones del pensamiento las neuronas se arman

de puñales y en una monarquía de presidios.

Un beso siempre quema como el rocío en los párpados.

El ojo en el libro es como el arado en el surco.

Ninguna certeza vale más que una cama con sábanas.

Si los pensamientos galopan es porque hay dentro un caballo

queriendo ganarles la desnudez a los vendavales.

 

A los enemigos siempre hay que buscarlos entre los amigos.

Cuando se conspira contra el aire, uno se queda sin respiración.

Los peces gordos siempre andan un botín en sus bolsillos.

Siempre que deseo hablar de cosas íntimas, acudo a las bragas

húmedas de tantos besos.

A menudo Satanás anda en medio de nuestra propia sombra.

El espíritu de Dios está en la luz, de ahí la abundancia

de candiles y velas. Eso dicen los enamorados del Evangelio.

Cuando los gritos son de alegría, los alelíes se vuelven azules.

El amor para que oxigene hay que andarlo en bicicleta;

de otro modo sería un sueño entumecido.

 

No hay brasero más devastador que el de la propia lujuria.

Eso lo aprendí al percibir «el gemido en la noche».

 

Para encontrar la noche, es necesario caminar descalzo

entre las sombras o descender al vientre con un papito

de golondrinas en le pecho.

El odio da miedo y es devastador como el moho y la oscuridad.

Me conforta el cierzo de las espigas: es como el aceite

para ungir el cuerpo en aletazos de papiros.

Un prólogo, a menudo, es una lágrima que atraviesa
la garganta semejante a un minotauro de licor.

Callar, digamos que es traspasar el umbral de los coloquios.

He renunciado al corazón para encontrar el camino

de las distancias, solo así el puñal dentro del pez se vuelve

inmemorial tanto como un resplandor de cuero.

Doble herencia o anhelo: que los pájaros coman alrededor
de mis manos, sin blasfemias ni sigilos ni carcomas.

Este día prefiero la delgadez del alfiler a la viga del vecino.

En el pórtico del crepúsculo, una armónica canta oscuras

Amapolas y largas trenza de leche para cachorros.

Alrededor, la noche: la siega de los recuerdos.

 

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria.


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