domingo, 22 de marzo de 2026

ESTAMPA DE CERRAJERO

 

Imagen tomada de Pinterest


ESTAMPA DE CERRAJERO

 

 

Muerde a mansalva el azafrán de las hojas, el desvarío

del sudor, el ápice del tórax en la cerradura. El grano de abismo

o los párpados de la llave invertebrada de voces.

Muerde el caballo de anís, el invierno umbilical en el reino

del subsuelo, la mesa de césped donde hundo el reojo.

Titubeo alrededor de la almohada no de la humedad del sueño

en la respiración de todo cuanto devora el hierro.

Ciego de altar, me turban las miradas —ahí la gota ígnea

en las manos, el polen de las poluciones en caída libre,

el arpón lúdico en el rascacielos de la profundidad,

el décimo mandamiento a pie y sin paraguas que se vislumbre,

las sílabas en el cestillo de los ijares. Pestañeo de zancos

para sumergir los dedos,

saltar los ojos como una liebre entre aguas mortales.

 

La otra boca lame la totalidad de la puerta de los lóbulos.

—Después, ¿dónde te nombro?

Después, ¿dónde te muerdo, el cielo, el alma, el jadeo?

Después el poro del rocío. Hincada, absoluta, la semilla.

En todos los rincones, líquida, socavados los peces.

—Brilla la resina del cuaderno en la antorcha de los poros.

Ciempiés la saliva en los oídos, el fardo del pestañeo

en el ombligo, el jadeo sin agotar los relámpagos.

Mientras platicamos en la brevedad de las cobijas,

toda lejanía entierra sus huesos.

 

La noche se vuelve una alcancía soterrada en la madera.

Entre asedio y desorden, la abeja resbala en la ventana.

Entre el espejo el azúcar de tus senos,

la canela del ombligo,

el amaranto de los manotazos. El cuerpo entero sumergido.

Entre la esperma y el dátil, el otro cielo del párpado,

la luz que, oscilante llena los confines:

la medialuna de los caracoles, la lengua del apio en el cielo.

Un día no es suficiente para tender la lengua en el vértigo

absoluto, tampoco para revelar todo el Paraíso.

Son necesarios: días, meses, años,

para beber toda la fosforescencia, la sombra quedada

en las sienes, el incendio sin reloj.

 

Te siento interminable de muslos en la embestida.

(Visiblemente ciega la voracidad del cuerpo degollado).

 

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen tomada de Pinterest,

Barataria.


domingo, 1 de marzo de 2026

DURACIÓN DE LA ESPERA

 

Imagen tomada de Pinterest

DURACIÓN DE LA ESPERA

 

 

Avanzo hacia ti - sombra húmeda, (…) con los brazos abiertos.

TEO REVILLA BRAVO

 

 

Ya no sé si los meses sobrepasan las barreras del tiempo.

Las minucias de la tarde en el reloj de la espera.

Las palabras espontáneas.

En cada esquina hay cortinas de musgo enrarecido.

Las piedras rebasan las señales de costumbre.

La incertidumbre horada la piel.

La vigilia es la prueba terminal del equilibrio.

De pronto una fotografía es recuerdo y eco.

De otro modo no tendrían existencia los retornos

ni la vigencia que necesitan los fetiches.

No sé si este juego llegará a ser andrajo, polución

de más túneles o ciego telar. O noche de humo.

—El calendario guarda habitaciones confusas:

ahí la claridad se ha tornado herrumbre.

Ahí es posible la profanación.

 

Esta tierra ya no es de nadie ni albergue seguro. Este tiempo

ciego, —cripta donde yace la herida del cielo.

Me convertí en rehén de sueños: en canícula,

en el callado aldabón de cuadernos desasidos.

Lo cierto es que la rama del fuego va precipitándose hasta ser

ceniza. Hasta ser ese territorio de rodillas.

Le pregunto a los espejos, al desván, por la brasa en la espera.

Ninguna piel agoniza fuera de esta atalaya, de este escaparate

condenado a ráfaga. De este, —digo—, fragmento de piel.

Cumplo con la parte que me corresponde de la promesa:

renuevo el aliento página tras página, sin agotar la memoria.

Escribo entre los perros muertos en predios baldíos

donde yacen sus cadáveres y maleza acobardada.

 

—Un día seré libre en la travesía de las parábolas.

Un día volverá la hoja y el sonido a las estaciones de buses.

Un día quizás hablemos del olvido, del minuto en los poros,

de todo el tiempo en suspenso.

A veces abrimos el cuaderno de apuntes de la noche

y miramos el fondo infinito de la lluvia.

Después de todo, vivo para morir de tanta muerte.

O muero para vivir de tanto seguir vivo.

Un día alcanzaremos los afluentes: los cuerpos uno al otro,

sin llegar a la tarde. Tendremos una escalera de ramas,

y el reino que borre los débitos de la alegría.

 

Nosotros seguimos destrozados sin que la espera sea tránsito.

Aquí la edad y tu nombre empapados de cuerpo

con sus bocas cerradas.

 

 

Del libro: «Penumbra de la llama»,

©André Cruchaga

Imagen fotografía de André Cruchaga,

Barataria.