viernes, 25 de noviembre de 2016

TINTINEO DEL GRANITO (MONÓLOGO)

André Cruchaga






TINTINEO DEL GRANITO
(MONÓLOGO)




Saltarás sobre el punto en que la garganta cede, huella invisible del desertor
y los idiomas parlamentan en la conjunción de la voz ahogada
y encontrarás palabras llenas de natural encanto
como poeta, catequista, político honrado, visión crepuscular
y te espantará el recrudecimiento de la gripe
en las estaciones abiertas a todos los impulsos
abiertas a medianoche con sus sonrisas de días templados
para llegar jadeando casi a la puerta de la izquierda
Aldo Pellegrini




Cuánto más aprieta la sintaxis, más se abren las tierras baldías, las bocas visibles de la desnudez, las sombras que uno lleva en cada hombro, “Nada es extraño a los ojos cuando ya el musgo es propio de los imposibles./ Nada más duro que caminan sobre la espina horizontal de los litorales./ Nada más cierto que el pájaro de granito abrasado por la boca”…en cada poema, por cierto, uno sortea alambradas ante la materia que se nos gasta en las manos. A veces sólo quiero esclarecer las totalidades que me rodean, a riesgo de desintegrarme. Es claro que el poema acaba por contaminarse con esos ruidos uy golpes del polvo, con la salmuera a la orilla de los párpados. Es claro que uno soporta múltiples desollamientos, justo es decir que hay una carga existencial enorme: y es que uno no puede sustraer de la memoria, de todo eso andado que en definitiva es lo que nutre la esencia del poema. Son mis emociones e intuiciones las que entrañan el poema, por eso a menudo se percibe personalísimo. Y no es, necesariamente, que tenga carácter confesional. También uno conversa con las otras palabras, no sólo las de uno. El mundo en todo caso está hecho de cotidianidades, tantas como le poesía al poeta capitalizarlas. Ignoro si en el imaginario la poesía es inofensiva, o hace movimientos de vez en cuando como una ardilla. Todo cuanto viene del tiempo lo recuerdo. La única ventaja que tengo es que juego con él. Juego en el remolino de cosquillas y parpadeos, a veces en la soltería estéril de las palabras, a veces en el santuario del musgo, torturando mis mojos y manos. A veces los dedos del páramo resultan inexpresivos, tortuosos, agrios, con esa lengua retorcida del desgano. Para no tartamudear estiro las palabras, otras veces se vuelven inasibles los umbrales de las ventanas, ese fondo crecido de las desviaciones de la conciencia. Todo es visible. Alguna vez se me tildó de hermético: toda poesía es expresión del alma del poeta y su psique. Yo dejo que las estrofas del aliento se unten de harapos, qué más da cuando el lenguaje está en las cosas, cuando el contrasentido, es justamente el sentido del pensamiento y a menudo de una moral. Yo me levanto y me olvido de las postrimerías. Solo escribo. Hacerlo es encontrarme cada día con mi persona, es platicar con mis demonios, es hacer vigente el poema como lo son las funerarias, los antros, las costurerías e inclusive las cantinas. Hay quien se ría de mí, hay quien diga que no estoy a su altura, hay quien diga y no diga e ignore las escaleras redondas de los manuales y los adoctrinamientos. El poeta busca. Busco platicar con mis orfandades, con mis labranzas y con las ponzoñas que están allí, aunque no sean visibles. El poeta se cuida del peligro que suscitan las muecas. Si acaso me gustan los absolutos, esos son los que acontecen en las funerarias. Si acaso alzo mi voz, es sólo para darle sentido a las ´silabas tónicas, o al tintineo del granito en mis sienes. Estoy consciente de que soy un poeta náufrago y que la angustia anquilosa mis tristes osamentas. Pese a todo, escribo. Estoy consciente de las limitaciones y posibilidades que encarna: en tierra de páramos, uno corre el riesgo de no segar la cosecha. Razonablemente el mundo es así, pero cada quien lo puede embadurnar a su antojo de sueños o sucias lágrimas. Yo me quedo, mientras tanto, en el hacinamiento de mis abstracciones. Si alguien lo duda que se acerque a los estiajes de la noche y ordene su propio coctel de desamparos.