martes, 22 de noviembre de 2016

AL FILO DEL DESPEÑADERO

André Cruchaga





AL FILO DEL DESPEÑADERO
(MONÓLOGO)




…por fi llegó el día, la hora de las palas y los cubos.
No esperaba la luz que se vinieran abajo los minutos
porque distraía en el mar la nostalgia terrestre de los ahogados.
Nadie esperaba que los cielos amanecieran de esparto
ni que los ángeles ahuyentaran sobre los hombres astros de cardenillo.
Rafael Alberti




En los lenguajes abisales del tiempo, ignoro si la diafanidad está a disposición de las personas. Ignoro, además, si un ciego debe apropiarse de su propia máscara o de otra.. Cada quien desde sus luces, o sus noches aquietadas o furibundas —suburbios metálicos del pensamiento—, construye los retumbos del sobresalto. Cada quien, a su manera, siente de seguro el martilleo del alfabeto y sus enraizados goznes de reverbero. Tal lo expresado en el texto poético: “Llevo años juntando el laberinto de los centavos, y gesticulando porfiadamente;/ ocurre que debo caminar todos los días a través de extrañas mareas de meados,/ entre aguas de fuego provocadas por la miopía. Debo cubrir de noche/  mis miedos para que no se vean, pensar que son inocentes las páginas/  de los periódicos, articular toda la hedentina del futuro.” Al menos a mí, me aturden los senderos equivocados de las conjeturas, las hojas de las ventanas atascadas de hojas secas, casi una realidad asfixiante de sombras. Da escalofrío la polilla del desquicio, las mochetas escalofriantes de la levedad, siempre el contraluz por todos lados, como forma para adorar los agravios, los secretos de ciertas hermandades siniestras.  Uno quiere ver siempre ciertas fosforescencias, en realidad se necesitan candiles para ver la oscuridad, se necesita otra humanidad, otro horizonte, pero hay que cerciorarse que los mismos no traigan muchos ruidos. “Debo caminar lejos, muy lejos de aquí. El tiempo también es piedra de calígrafos.” Quizá deba urdir otros abrevaderos, quizá quitarle lo pañoso a la realidad y luego ciertas arrugas, limpiar las manchas llovidas de los espejos. Quizá necesite de una nueva armadura para que las ficciones no me horroricen tanto, quizá deba quitarle los estreñimientos a las fábulas y a todas esas insolencias que nos dicen que son verdades. Menos mal ando vestido; babea el calor de las palabras, la gota de oscuridad reclama por su hollín, el modo de escribir mi poema es caminar por todos estos desvaríos, darle colorido a los declives del hedor, a todo lo maloliente. En mis pupilas cabildea el antaño de los poyetones. Entre la bruma y el fango, las lágrimas engusanadas del zumo. El poema no es sólo esteticismo tal el gusto de don Juan Ramón: el mismo está lleno de impurezas, de esa piel tiesa de las aceras, del deletreo encendido del zumo, de las almas tuertas y pensamientos verosímiles. Desde antes de existir supe de todas estas nostalgias, de las antigüedades que se agarran del pellejo para escuchar las interioridades. Hay voces infinitas que dejan sus huellas en mis oídos. Todo, menos aceptar la caries dental del alfabeto. Todo, menos una cruz de tierra en mis ojos. Todo, menos ese perro que se hinca todas las mañanas para hacer el bendito. Uno se multiplica de imágenes subiendo la escalera. Todo acontece en el ojo del presente. Me da vergüenza, pero la dignidad es la única máscara que yo tengo a disposición, en esta diafanidad de disfraces, por cierto. La dignidad como trinchera. Todos los días huyo de la maldad; mis pies no soportan el sinnúmero esas ondulaciones, los manifiestos destinados a la orfandad. En la travesía del poema, intuitivamente uno se hermana con la oscuridad y con todo aquello que eternamente nos conmueve. Cada quien se inunda de ello según le convenga. Siempre combato al filo del despeñadero, y de ello doy fe en cada poema.