jueves, 10 de noviembre de 2016

ETERNIDAD DE LA HOJARASCA

Imagen cogida de la red





ETERNIDAD DE LA HOJARASCA




Siempre la hoja de niebla hundida en la hojarasca, el hastío y esta distancia
de balbuceos, como golpe de hambre en la extravagancia de las semanas.
Alrededor de la vigilia circulan oscuras simetrías de relojes,
ojos desolados como la intemperie, como la escritura dura del dolor.
Lentamente todo se va completando en la cara: los sueños y el contrapeso
de la madera, la sal honda, imborrable de los ojos.
Hay pupilas demasiado humanas para que se zambullan en la hojarasca.
Algo me dice que uno no se puede albergar en medio de las sombras, ni ahogar 
a hurtadillas los bolsillos, ni autenticar el frío de las manos.
(Desconfío de mis vísceras después de que se llenan de impotencia; desconfío,
por cierto, de la emboscada de los ardores, de los párpados extravagantes
de los disfraces, de los patrios vacíos y sus ganas de columpios.
Aprendo del verdor de los peligros y de las ganas de gritar palabras soeces.
Todas las sombras terminan por quebrar mi pecho: resulta extraño reírle
a los mapas y balbucear reminiscencias.
Es extraño morder inconscientemente los anhelos. Rozar la desnudez esperada.
Vaciar toda la desesperación en el guacal de la angustia, conquistar el asco
de la ceniza, sombrear de azul lo que uno recuerda de la infancia.
¿Cuánto de humano gesticulan los puntos cardinales? ¿Cuánto de espíritu tienen las calles, 
o quién se goza de la farsa de la muerte?)
Me aferro a todos los absurdos que propicia la hojarasca, y al viejo  morbo
de lo cavernario: en mis recuerdos, cada hoja es un ataúd de zapatos.
Barataria, 09.IX.2016