viernes, 11 de noviembre de 2016

DIARIO ÍNTIMO (MONÓLOGO)

André Cruchaga





DIARIO ÍNTIMO (MONÓLOGO)




Oigo un río seco lleno de latas de conserva
donde cantan las alcantarillas y arrojan las camisas llenas de sangre.
Un río de gatos podridos que fingen corolas y anémonas
para engañar a la luna y que se apoye dulcemente en ellos.
Aquí solo con mi ahogado.
Aquí solo con la brisa de musgos fríos y tapaderas de hojalata.
Aquí, solo, veo que ya me han cerrado la puerta.
Me han cerrado la puerta y hay un grupo de muertos…
Federico García Lorca




No sé si al final, cada uno de los asombros se convierte en danza, o si es suficiente esta tirantez convulsa de la realidad. Vivimos tantos desaliños que de pronto albergamos esos desasosiegos en el confín de la conciencia. Todo poema en cierto modo, es una confrontación con todo eso que nos provoca pruritos diversos. Digamos que cada momento engendra esos pedazos del rompecabezas que de continuo nos abate. Uno sonríe, por si acaso, ante los dientes que envisten el aliento. A medida nos acercamos al cierzo se humedece el alma, pero también, cuando la noche arrecia, quienquiera puede desear tener a la mano un ascensor, o una rama para aprender el pulso de los pájaros. Yo siempre tengo sed como para ver con cierta ansia los caminos. Ningún país es el paraíso, salvo el país de las utopías. La verdad es que a uno le enseñan a pensar disparates, servirle de escalera a la oscuridad: veo desde hace ratos contusión en las rodillas y en los paraguas y en los misales clandestinos. Nadie es nada, después de todo. Nadie si le agregamos una buena dosis de ingenuidad. Yo siempre me imagino un país jubilado de los errores y horrores. Cualquiera se harta de ciertos estoicismos, de la piedra del insomnio. Cualquiera se harta de ser auténtico y honesto. La historia es sólo un candelabro hecho de excrementos. Siempre camino sobre algunas aceras de dudosa ralea y sé que en su interior hay espejismos e hipertrofias y caricaturas. En realidad no hay nada nuevo en el mundo, quien lee, avizora. Uno, por desgracia, debe volverse coleccionista de recuerdos, abrigo de cerraduras violentadas, amigo de ciertos teoremas. Alguna explicación de la miseria encuentro en el guacal del vacío. Ante los excesos góticos de hoy en día, me quedo con el espejo y algunas lágrimas que gotean como un torrente de peces. Otras veces, me quiero explicar todo desde el almanaque, o desde el cuaderno escondido de los cuervos. A veces me da por soplar velitas y dedicarle todas mis oraciones a San Antonio del Monte, al País, al niño de Atocha, al Corazón de Jesús. Frente a mí, está el tapial del viento, y el limonero consuetudinario de la queja, la cruz de las tribulaciones, la corbata del asco respirando junto a mis costillas. Lo terrible es que a medida avanza el tiempo uno se llena de espectros y de tantas putrefacciones. Quien sabe de intemperies, desea darle una lavadita al crepúsculo, pese a toda la impotencia que se apodera del alma. De seguro muchos creerán en los milagros y no en las razones que nos dictan de manera contundente los pañuelos. Llegará un día, lo sé, que una fuerza diferente administre la vigilia y las mitologías asimétricas de lo caduco. Siento todo lo transitorio en mi cuerpo, las aglomeraciones de lo inauténtico e inacabado. Se me ocurre que da más réditos tranzar con la mentira. Los absolutos, me parece que sólo le corresponden a la eternidad y a esos instantes reticentes de la muerte. A estas alturas de la noche, me son indiferentes los verdugos y los golpes de pecho. Los imaginarios acaban en la oscuridad como las lámparas. Si hay algún desvarío en mí, es porque todavía ando náufrago.