jueves, 22 de junio de 2017

DUREZA DE LO POSTRERO

Imagen cogida de la red





DUREZA DE LO POSTRERO




Cada vez son mayores las distancias de los ecos sepultados: entre la respiración y la impaciencia  el ruido de bisagras desgastadas por el tiempo fenecido y ese tenue vegetal de pájaro desnudo en medio de cuerpos desangrados la tormenta ya es un débil recuerdo solo un rastro de pez en los párpados o un gris cóncavo en el centro del despojo ante el polvo nos asedian huéspedes: los trenes abatidos del cierzo y el guijarro corpóreo de los estambres no sé si todo dura o desemboca en el río de frío de algún espejo que declina en el umbral ante el latir del absoluto el doblez del barro y su extensa pulcritud de residuos en realidad nada queda de los años sino el candil de los remordimientos y los viajes ahogados en la garganta parece que la memoria libra muchas batallas sin sentido:  hurga más allá del horizonte más allá de la hoja caída disuelta en el vacío

Todo lo deshace la tierra aunque uno dure una eternidad: ninguna inclemencia es benigna y menos entre ídolos y lianas y las aguas oscuras de los sueños después uno se da cuenta del por qué tienen sentido las funerarias…
Barataria, 2017

miércoles, 21 de junio de 2017

NEGACIÓN DE VACÍOS

Pintura de Omar Barquet, cogida de Pinterest






NEGACIÓN DE VACÍOS




Todos los zaguanes se hunden en el bostezo de extraños umbrales
y en el titubeo que retumba de miopías. Al mismo tiempo se niegan
los senderos cansados del vacío: uno se harta de los cementerios prolongados
del sueño, de lo irremediable que resultan ciertas laceraciones,
de lo amargo del eco que aprieta el paladar,
de lo odioso de las cruces de fuego en la humedad inevitable
de una lágrima. Hay distancias y relojes que uno desea olvidar.

En los úteros convocados, el calostro sin país, salvo el caracol de la congoja,
esa miseria generosa e insolente que rompe las arterias,
los charcos de silencio y desesperación, las calles sin evadirse y su torrente
de parábola de muerte y su insonoro candil de vacíos.

Al pie de tantos ojos sin nombre, los amarillos torrentes de los taladros,
o esas rejas donde despierta el alba.

Ya de los trajes de herrumbre y sed me desangro en el costado.
Ya de los engaños, una tropa de lamentos y muchos caminos destruidos.

Desespera la brasa del amor, se abren en espiral los sonambulismos.

La vida, ayer como hoy, es un chorro de desamparos entre paréntesis;
no se encienden las señales, sino los cascos de hedor y asfixia,
el grito sin tregua como un caballo de ecos tendido sobre las vértebras.

Me resisto a los andamios del asco y tal, Miguel Hernández,
sólo quiero quedarme con la Esperanza, con su llamita de agua encendida,
y su rosa de júbilo, así sea sobre la piedra y los nudos que trascienden al cardo.

Me niego a ser mamífero en la soñolienta pizarra de los zopilotes.
De un lado, los dientes y su arista de pórtico nutrido;
de otro, los maniquíes y sus cartílagos de poliéster y los altares de oración,
la ruta cercana a los disturbios del hambre, en punitivas voces de antropofagia,
o en lechosos evangelios que subliman la súplica.

Me niego a los bautizos taciturnos de las osamentas y al territorio
monocorde de ciertas homilías, a los neumáticos ahogados en el aliento,
al galope de bulimia ennegrecida:
uno lleva a flor de piel el cordero de la vigilia, la virginidad que atraviesa
cobijas y nos seduce en los paralelos de los muslos.

Hombre o mujer montan en el oficio del trópico y transfiguran su cuerpo
en ventanas inasibles, en nombres donde se incineran cadáveres,
en cascos de derretidos litorales o en morgues nauseabundas.

En la vida civil se ven las municiones de neblina y la práctica de la acupuntura
para entrar al mundo verdadero de la memoria.

Me niego a morir siempre en medio del saqueo en la estampida de la ciudad
dividida, o amordazada, o quejumbrosas de onomatopeyas y grafiti.

En la esquina, los incesantes martillos en extrema avidez.

No puedo responder a cuanto me entristece: las ansias conyugales
del escombro, la escoria en perpetuo movimiento de la historia,
esas mareas pobladas de errantes aguas, el presente de indefensos crucifijos.

Ni siquiera el ajo o el vinagre hacen lo suyo.
Ni siquiera esta caverna húmeda de pájaros y cóleras perpetuas.
Ni siquiera la tolerancia que no deja de ser un vilano indescifrable.

Ya cuando nadie padezca de sonambulismos, podrás sonrojar
aunque sea en otoño, en medio de esas otras bocas del tiempo. Y reír.

Y reír en primera o segunda fila.
Y reír en los rincones infinitos del espejo.
Y reír enseñando lengua y dientes.
Y reír del amor y sus búhos lechosos.
Y reír.
Reír.
Barataria, 2017


martes, 20 de junio de 2017

DESPROPORCIONES

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DESPROPORCIONES




Sobre el soplo de las invocaciones, las cámaras del éxtasis en la tormenta
de cobija de todas las desproporciones que cruza la leyenda de la desnudez.

Uno a uno los sofocos de las palpitaciones y el suicidio a los balcones.

Es rara la fosforescencia de los alelíes entre náufragos.

Siempre pululan disueltos los trenes en la línea del trópico del deseo.

Todas las mercancías elevan el estrépito de la nostalgia: escribo más allá
de las adulaciones o del carácter utilitario (indudablemente la ceguera
es invisible e inmensa; resulta tan perversa como las cadenas,
o los disfraces que usa la razón para hechizar las muchas existencias.)

Juro que acaba en tedio el ojo que nos mira insistentemente.

Mi única diversión es pararme frente a los maniquíes de la deshora y ocurre
que ahí, se empoza lo inminente, los juegos que jugamos en el desastre,
el esplendor criminal narrado por los héroes,
el horror que tiene su propia vocación en la vida nacional.

En la legión del combate suenan los tambores de los difuntos y su pasado.
Pronto se hará un compendio de toda la neblina, incluyendo la polilla
acumulada por los monumentos.

Y todo esto, para velar el propio llanto, o el ocio de amantes secretos.
Son tan abominables las desproporciones que uno acaba por no enumerarlas,
ni hacer que se castren las vallas publicitarias,
ni ser firmante de las esquinas solitarias de la noche, densa y promiscua.
Nunca dejamos la fascinación por el despojo, tampoco por el verdugo
herrumbroso, empecinado en la ráfaga o la espuma.

Cuando bajamos a los sótanos de los vertederos, nos damos cuenta de la risa
oscura y agónica de lo horrendo: las fotografías son esos residuos del vacío;
la historia, la misma que me narraba mi abuelo.

Envejecemos en los prolongados pañuelos del desuso,
sin devolver los saldos en rojo de la oferta y la demanda.

Resistimos al caballo de la garganta,
aunque sólo nos quede el esqueleto del desagüe, o ninguna inocencia.

Siempre pienso en el reuma seminal de las semanas y su alfabeto agrio.

Frente a mis ojos desfilan las frazadas decapitadas del aliento,
y los alcoholes pútridos del avasallamiento.

Algunos ciegos en su impasibilidad descifran el trasmundo de los genocidios;
otros, con avidez acribillan el sinfín y su templo.
Y otros más amurallan las palabras hasta conquistar la servidumbre.
Y los que quedan, caminan entre las sombras corales de los bisturís.
Brillan los oficios ruinosos de la zarza.

Hieren todas las sustancias del zumo y el polvo y la ceniza y la farsa.

Los antros trabajan en su propio teatro y nos dan su dosis de agua oscura.

Abren los cementerios sus tempestades y nos hiere el cuchillo del luto.

Los retretes parecen bestias sedientas en una mesa corrompida,
acaso porque la  complicidad nos ha colonizado hasta el punto del hedor.

Tarde o temprano las solapas se tornan autómatas.

Los peñascos del delirio solo tienen cabida para candelabros.
Todo es inquietante en un mundo de carceleros y no precisamente de epifanías,
de estados mentales envilecidos,
o de soñolientos cánones para mercancías.

Ante la innumerable beatitud por la carcoma, lo obtuso prevalece
como argumento hasta que se entona al unísono el vómito.

En la deshora resulta patética, hasta cierto punto, la propia sobrevivencia.
Ninguno se salva de los bramidos del rebaño en calles dislocadas.

La niebla es un ataúd irremediable.

Al cabo, alguien será pez humedecido por una lágrima…
Barataria, 2017

lunes, 19 de junio de 2017

OFICIO DE LA MEMORIA

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OFICIO DE LA MEMORIA




Al otro lado de la pared, los jeroglíficos titubeantes de la deshora,
o esa artificialidad de envejecer en las pestañas, o esa persuasión en extremo
de ciertos maniquíes que rondan desmesuradamente alrededor de la mesa
y el aliento, o algún candil postizo humeando en el hollín acumulado
de la sonrisa más aviesa.

Todo es incesante como los huesos que se resbalan en la mano.

La barba en remojo de los que se hospedan en los huecos imaginarios
de las ojeras, en el repliegue de cansancio de los tantos y tantos desvalidos.

A ratos uno examina todas las rutas de la intermitencia, traduce y endereza
las palabras, recuerda los escalofríos,
las anécdotas un poco raras del país que amanece en la limosna y la congoja.
No son monedas esas sombras que arrebatan la luz y el delirio,
aunque a algunos les divierte la proximidad tóxica de las hipérboles,
el rebosante umbral de arrugas de los cementerios,
o la simple alegoría de cabalgar en el anonimato aun con tropezones.

(En cierto modo hay fantasmas en cada una de las evocaciones:
cada uno resume la tiranía de las fotografías,
el tiempo, tal vez, de aquella rama de luz que nos apremia, o arrebata.)

Siempre estamos a merced de la memoria y sus criaturas: sangran
entreverados los recuerdos testamentarios de la hoja caduca del camino;
anochece muchas veces en el momento menos oportuno,
cuando cambian de cobija los cuerpos que ceden a la intemperie y al deseo.

Todo ahora se descuelga de pechos babeados por soguillas de ojos invisibles.

En medio de la muchedumbre, el refajo extraño de dientes junto
con la vestidura del sofisma, hacen del tiempo oscuros lamparones,
o juego de grandes nebulosas.

Mientras las baldosas se roban las pupilas, no hay colirio para humedecer
lo insospechado, ni más argucias para levantar cortinas de humo.

En los días de audiencias y discursos cualquier imagen revela la gloria,
hasta el punto de sepultar los infortunios.

(Pero la levadura del corazón es otra cosa. Otra cosa las cucharaditas
de éxtasis, los desnudos marchitos de la lengua, la ponzoña en el paladar.)

Cada quien escruta la cobija de sus designios.

El sueño se prolonga en la gota de sudor que cuelga de los hombros.
La sed, en cierto modo, la desvanecen los espejos.

Caducan las palabras en el poniente de la ceniza, en los juegos vacíos
del tiempo,  allí la rotación de los dinteles y de la hecatombe.

Arde el mundo de la memoria con su parto de hipos y chasquidos,
Arde en cada una de las solapas mutiladas por el viento y lo pétreo de la noche.
A veces resulta insólita en la enajenación de lo inmundo.

Dentro de cada palabra, los oficios de la deshora y el puercoespín de sal
de las semanas fúnebres del rostro y sus ocultas erupciones.
En la calle aborrezco la confusión del tizne y las colillas y la forma maltrecha
de los párpados, el útero de culpas junto a mi almohada de sabor revuelto.
La puerta del tránsito adquiere cierta solemnidad.

A veces el frío suele ser júbilo.
A veces es solo amargura la ropa ajustada de los relojes.
A veces el universo es solo ese viejo beso atravesado en la garganta.
A veces es solo la rata aguzada que atraviesa los techos.

Sí, a veces nos toca morder las poluciones  con la certidumbre de destemplada
palabra. Procuramos entender de rodillas los eclipses.

De vez en cuando, también, queremos cambiarle el nombre al Paraíso.
Luego procedemos a la calma de la brasa.

Y absorbemos las humedades del tabaco y su horizonte huérfano.

Ante el arrebato, me echo a reír en el espejo torrencial de mis hundimientos.
Un bocado de huesos crepita en el gusano convulso del sinfín.
Barataria, 2017

domingo, 18 de junio de 2017

GRIETA DE EBRIEDAD

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GRIETA DE EBRIEDAD




En el hangar donde comienza el pulso naciente, los líquidos ajados
del sueño y ese fruto colmado del crepúsculo y la cópula urdida en jardines
desvencijados, entre la resina y la niebla de los cuerpos que ascienden.

Cuando se abren las hojas del despojo enceguecen las carpinterías.

Un sinfín de piedras se clava en las esquinas del vértigo;
y sin embargo, no palidecen los objetos doctrinarios del vacío,
ni escasean las más lúgubres imágenes que auspician los maleficios.

Entre los matorrales que palpitan en el sollozo, está la tenacidad metálica
del sueño,  y el nombre absoluto de la sombra que desnace
alrededor de las líneas marchitas de la ceniza.

Nadie sabe, por cierto, de la sequedad infinita de las semanas,
de la melancolía que viven los párpados en lugares donde la nieve
es una lámina de feroz desnudez.

Yo lo sé porque he sostenido el frío en lo corpóreo, hinchado de gemidos,
carcomido por ese caballo de rituales mudos y desfallecidos.

En la boca comulgan diversos arquetipos.

Arde el largo cuchillo del frío y su tenacidad de estatua sombría.
Mi cuerpo se rebela frente a la memoria abierta del infinito: siempre hay
cierta demencia cuando se arremolinan todos los recuerdos.
Supongo que el ansia es una especie de fuego sonde oscilan huesos
y linternas hoscas de colillas.

(A menudo el vaivén de la hoja del viento no cabe en las pupilas de la linterna,
ni este costal de enfriados pálpitos, ni los ahoras encarnados e inevitables.)
En la noche vuela la ceniza como corazones desvencijados.

Cada quien está hecho de músicas agónicas y de evangelios apócrifos.

En algún lugar nos sorprenden los sueños de los muertos, siempre los sueños
totales, reunidos y al descubierto.
Todo nos pasa hablando como una lluvia de pañuelos.

Nada se extingue en cuerpo que desea, aunque esté moribundo.

Allí los peces y sus persistentes poluciones. Allí el alud de estribos
y acaso, también, la sed abatida del suicidio, la orfandad cegadora,
donde todo lo van modulando los pájaros insomnes de la piedra.

Tras el telón de las conjeturas, se incendia el paisaje y su Edén de palabra
incompleta, y su redondez de candelabro lascivo,
y su plegaria de pómulos impasibles,
y sus líquidos pasteurizados y sus yaguales de ardua escupidera.
Nuestro tiempo nos muerde hasta dejarnos amoratados.

Cada quien lo sabe cuando destruye la sed y los viejos inventarios de la luz.

Me resulta imposible este abismo podrido de infinitos, frente el mercado
de pulgas que comulga con mis ojos: la cobija es una fotografía sin ropa.

Lo es también cualquier artificio de la lengua, el territorio de las concavidades,
la manía de acercarme al barco de los ombligos sin pensar en la noche.
Uno cada día regresa a habitar un cuerpo y se ahoga en lo inefable.
En el aniquilamiento, el refugio son los cementerios, aun cuando el ímpetu
sea ya calle desierta, sitio  en blanco y negro de las degolladuras.

En el ojal del estertor se ven las agonías y los lugares de aquella desnudez
de la albahaca, las proximidades al confeti,
o las azoteas del escombro con todo y su absurda exterioridad.

Cierto es que tras bambalinas y sus alrededores se hospeda cierta sospecha,
algunas jugosas y admisibles desnudeces, algunos pedernales labrados
por los sueños más inexplicables.

A mitad de los predios baldíos, el estiércol y su súbito sonambulismo.

Así es como uno le toca el fondo al despojo y a los juegos del espejo
en la memoria y al colorido desfalleciente de la atmósfera.

Total, si algo recuerdo, es esta grieta de ebriedad perenne, indecible
como las telarañas, extraña como los bostezos adustos del mundo que vivimos.
Barataria, 2017

sábado, 17 de junio de 2017

PABELLÓN DEL PURGATORIO

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PABELLÓN DEL PURGATORIO




Como el espejo a mitad del ojo del pájaro, las algas agujereadas por el agua,
el caballo de bastos sobre los dinteles de las ventanas,
todo el corazón al juego del tiempo tal la piedra inmóvil lanzada al vacío,
o el gemido alrededor de la azucena del sexo, trepando a los dedos,
entrando a la pupila del ombligo, quemándose el juelgo,
y los días bestiales incomparables del viento en la cerilla de itinerarios
caducos, o en el cascabel gigante del grito.

Por eso, entonces, uno se harta de tantos resumideros retorcidos
en el cuerpo de un hormiguero, en los terribles juegos del desenfreno.
Cada amargura provoca variedad de esfínteres, el aullido de las esferas.
Alrededor ruedan las monedas ostentosas y tortuosas de la tortura:
Alrededor degüellos y tristezas, el reptil sobre el muro de piedra, la falsa
vehemencia y los sollozos infatigables de las máscaras.

Se ríe uno de la melaza carbonizada en la boca, y de los poros abiertos
de los ruidos, de la descomposición obligada de las sombras
y las banderas; se ríe uno de los meaderos públicos y del Papanicolaou
que prolifera con audacia y lujuria.

(Pero el amor es a ciegas en un país que se divierte de la repugnancia.)

A veces tengo la impresión de ver engarabatados los anhelos en vitrinas,
la nata de la leche como un fetiche germinativo,
las raspaduras prolongadas del tacto, la lengua resbalosa de los tendederos.
Es cierto, hay gente que se ríe del mal ajeno y se vuelve intérprete maléfico
de tantas manos confundidas en las agujas de las semanas.

Sí, hay gente que se ríe de los enredos y desenredos, se ríe de la fricción
que provoca la náusea, del tarado y del tartamudo,
se ríe del encanto que le provoca una bacinica, de los baños del olfato
en lugares impúdicos, de los enmohecidos  tapices de la saliva,
o de los vahos que provocan las hondonadas.

Al final cada quien silba donde quiere y sacrifica sus infancias, o su espejo.

Con la poquita agua en el pocillo, lavamos el universo: los ojos que naufragan
en las aceras, cuando las uñas pulverizan el arrebato más sublime.

Debo suponer que en un momento hasta la fantasía es agujereada
por el reflejo centesimal de trenes dilatados por los cadáveres
de los durmientes de ese otro mundo al que deshojamos cada día con severidad
de proxenetas. (Sé por lo demás que suena insólito, pero es ineludible decirlo);
es ineludible la piedra de los diálogos y monólogos,
el silencio estridente de los fluidos, la palabra sobornada en las bisagras.

Es ineludible la sangre que derrama lentos silencios, o el abandono.

Es ineludible la espina que se empina en el respiro, profunda, tenaz, hiriente,
como la propaganda ensordecedora del rumor.

Hay gente que ríe simplemente. Hay gente que llora simplemente.
Algunas sólo deslían las moscas en los retretes de la plaza púbica.
Yo me río de ver reír, aunque no sepan por qué ríen.
Se me hace sueño la piedra de niebla y noche que muerde la luna.

Un abismo se desliza en mis zapatos incrédulos de amorosos jadeos.

Río ante las ojeras del aire: los hilos de agua caen de los ojos,
y bracean alrededor de los pómulos.

Me río de la imposibilidad de revocar tantos mausoleos, de la caries
a borbotones que acumulan las puertas, del frenesí suscitado por golpes,
por las barras shows donde el mundo confabula,
o desvela su propio sueño.

Después uno tiene que lidiar con todas esas obsesiones y resistir
a las tocaditas rechinantes del oleaje y a sus tripulantes devotos de excesos.

No importa. Yo río sobre el desván de la tierra, de extremo a extremo
como en una rígida romería de auditorios suicidas.
Barataria, 2017