domingo, 22 de enero de 2017

FIEBRE DEL SUEÑO

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FIEBRE DEL SUEÑO




El soñador embalsamado en su camisa de fuerza
Rodeado de utensilios efímeros
Figuras que se desvanecen apenas formadas
Su revolución celebra la apoteosis de la vida que declina
La desaparición progresiva de las partes lamidas
La caída de los torrentes en la opacidad de las tumbas
Los sudores y malestares que anuncian el fuego central
Y finalmente el universo con todo su pecho atlético
Necrópolis fluvial
Después del diluvio de los rabdomantes
René Char




En el oficio de la palabra, a menudo casi todo tiende a ser metáfora. En “Espesura del ocaso” no sucede lo contrario. El poema se ajusta a tu símil, “como un bostezo”. Siempre está presente la realidad del país, realidad que para otros posiblemente no lo sea.  Si sé que a través de la palabra poetizada, se pueden abordar grandes ficciones, la ficción de la patria, por ejemplo. Es el Vía crucis permanente y sin linternas, el más sepulcral de los atropellos. Y no siempre se ven. No siempre se leen. A veces son sólo instantes de tempestad, pero ahí hay gritos y lapidaciones. Sí que las hay. La opacidad del esplendor nos acompaña, nos alfabetiza el polvo, el hollín de la historia. Hay menudencias que se tornan negocios de bajas raleas, vallas publicitarias que ignoro si aguantarán el paso de los años, la saliva de amarillas linternas, las tenazas para golpear las palabras. En el común de la hojarasca, hay presencia de sombras, que son las verdaderas sombras del “bosque” aludido por Perrault, las verdaderas trampas que muerden la boca. Algunos ríen con generosidad genuflexa; a nadie se le ocurre pensar todos los combustibles y salvajadas que hay allí, antes y después de tantos sepelios. Antes y después de anunciar los estornudos, antes y después de empeñar el alma. Digo que hay un clientelismo en la trastienda de las campanas, de los candiles: siempre hay una sensación de ahogo cuando la duda o la mentira nos ahogan. “En el aliento helado de la niebla, las ventanas todavía persiguiéndome:/ la historia allí, habituada a la barbarie. Y los intrincados brazos/ de las estatuas. La noche es pétrea en su rodaja de cielo. / Los ojos de las lápidas y los sarcófagos, murmuran frente al nudo del vaho./ Tal como son las cosas, la oscuridad es densa en cada ahogo, en el pez / de las manos, en la semilla que da pie al árbol./ Uno, de a poco, va como el símil que parpadea cuesta abajo, clamando/ por los recuerdos, o por otros imaginarios./ Ahora están concentradas en la conciencia todas las dilapidaciones./ Hartas son las palabras oscuras y cansadas de todos los fantasmas condensados/ en las luciérnagas: duelen los ojos de tanto expatriarse.” Uno enronquece de arrugas y de adioses. Siempre lo supe, desde luego. Claro que se vive encadenado sin cadenas, entre sordos pudiendo oír, sin boca habiendo tantas bocas, sin muertos cuando todos los días están presentes y nada cambia. Uno vive entre vivos cuando en realidad todos estamos condenados a la muerte. Uno cree que al amanecer también se transparentará el espíritu, pero no es cierto. Sucede que uno indaga en las pulsaciones de la ceniza, sucede que uno vive en el envoltorio de féretros que construye el país. Sucede que la luz nos llega en pedacitos de pánico. Aquí toda la existencia y sus contradicciones posibles, aquí lo incomprensible que resulta la inhumanidad. Aquí se legitima lo ilegítimo, “la racionalidad” es mueca del absurdo; resultan inmorales los malabarismos y esa sensación de pretender que veamos la lucidez desde un quinqué. La fiebre del sueño, no el sueño que otros sueñan desde la embriaguez del poder. Los mecanismos de sobrevivencia ocultan a menudo los desequilibrios, porque hay una experiencia humana de por medio que desea, pese a todo, seguir no en los absolutos, sino en ese camino de la claridad, sin escamoteo alguno. Con la palabra, entonces, acudimos a la alegría, pero también a la tristeza, no lejos de aquel poema de Garcilaso en el que el sujeto se queda rememorando las prendas de la amada, no sin cuestionarse al final, si sólo fue treta. En cierta forma, la esperanza que se nos ofrece es una treta, mientras se consolida lo aparentemente beneficioso. A uno lo sorprenden esos rostros diarios de los absurdos y la sospecha. A la desnudez le damos brochazos de migajas. Desespera el enanismo de las enredaderas y los brazos que no alcanzan a abrir las braguetas. Hay anteojos terribles sobre los espejos. Quizá la deshora sea la maravilla de este mundo.

sábado, 21 de enero de 2017

PLENITUD INACABADA

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PLENITUD INACABADA




No hay vino más ebrio que el secreto
No hay mayor maravilla que la de saberlo no compartido
Y aquel que hace morir su vida tras
Su víspera sin remordimiento con consciencia plena
Yo te envidio asesino hermano mío de sangre
Por todo este tiempo mudo reviviendo tu crimen
Por ese refugio en ti de escarlata y de gritos
Ahogados
Por ese teatro palpitante en que toda casa se transforma si tú
En ella te encierras
Louis Aragón




Todo es extraño: la realidad que no es la realidad aunque se nos presente como tal. No es real el sendero que tomamos para caminar por los ríos líquidos de la historia. No es real, por cierto, el trajín en el cual nos vemos envueltos en el día a día. No lo son los pensamientos que emanan de esa cotidianidad cuando la misma está contaminada de posturas, imposturas, muecas y simulaciones. Salvo la voluntad del inconsciente todo es dudoso. ¿Quién se fía de quién? ¿A quién creerle?  Ante cada situación, nos encontramos con el ladrillo, la pared, o el muro y, a veces, ese muro es toda potestad la potestad que nos sostiene del poder omnímodo. Aquí no funciona la omnisciencia, si acaso el yo inmerso en la genuflexión. Sólo soy mínimamente libre cuando escribo, cuando le sonrío a los gusanos del ombligo, cuando del golpe hago mis propias deducciones. En la profundidad viscosa de las escaleras no se ve el infinito de una lágrima, ni la felicidad, ni la costra que recubre los incisivos, ni las consignas patrióticas que atraviesan el pecho. Siempre estamos crecidos de alfileres y hedores. Nunca los pies y las manos nos alcanzan para tocar el mundo. Siempre hay distancias más densas que las sombras y las osamentas, éstas se han erigido como templos, como basílicas de felicidad, lo cual tampoco es real. Siempre es extraño reír en medio de la zarza, abrir las aldabas de alguna lencería, darle golpecitos a la neblina, escribir de rodillas en los capiteles de unos senos núbiles, acariciar la mansedumbre del cierzo, atisbar el peligro en cada ronquido de tísico de los trenes, comer hasta morir de palabras. Siempre río a las pijamas irreales. Sufro duplicando mi sombra de demencias. Me afeito de bostezos, allí, donde el pódium, el atril, quieren urdir otros desatinos, no menos irreales que los deudos con chaleco antibalas. Es enorme la barriga de los sueños y todos los peldaños que hay que subir hasta llegar al ojo, o a ciertos esqueletos que cuelgan de las pestañas. Pareciera que todo está encallado. Salvo los guantes aglutinados del yugo. El drama de hoy será el de mañana: rehusarse a darle vida a la escena y a toda una maquinaria. Hay necesidad de endemoniarse. De desconocer el cáliz a la hora de las alianzas, de decir: do re mi fa so la…Igual, hay que caminar a la inversa para encontrar el camino. Hay necesidad de leer los pésames que dejan los huecos, la sed de la edad, el enceguecido réptil de las pulsiones hasta ya no sentir nostalgia por los orgasmos. Hay que subrayar las gotas de saliva retorcidas que quedan en el aire, los dispositivos para validar los sepulcros. Lo real, siempre es el barniz y no lo que está detrás de él. Lo real es jugar a lo real, desde la bestialidad hasta que la nostalgia se convierta en vértigo. Lo único real e importante es escribir las menudencias de este mundo: pensar el edén sin solapas, aspirar por Dios, a la amnesia y desacralizar la propia escritura. Así de real es todo. Uno enmudece en la taberna de la eucaristía. Uno enmudece de ceniza haciendo alarde de la flama. ¿Huye el cuerpo de los pensamientos, o los pensamientos son los que se engusanan en una tarjeta postal?  —Usted puede decir cualquier cosa, por ejemplo que estoy loco. Lo horrible no tiene nada que ver con los embudos, ni con los murciélagos. Hay allí una melodía de tragaluces, un sol de granito, un rincón paralítico de humedades, una embriaguez de ruiditos del tamaño de los dedos del crepúsculo. De todos los encallamientos, prefiero la fealdad de las murmuraciones, quizá cerrarle los ojos a las vestimentas, atrapar con mis manos toda la gruta de los desasosiegos hasta reclamarle al espejo su cobardía. Inmóvil de horas, me quedo en una migaja de renacuajos, a golpe de sonambulismo. Alguien estará queriendo huir de sus cansancios, dejemos que el tiempo nos alcance con su gran silencio de tosca modorra…

viernes, 20 de enero de 2017

MOVIMIENTOS INVERSOS

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MOVIMIENTOS INVERSOS




La luz de seguro debe ser la paja en el ojo ajeno. El cielo, la rama escarpada
de las indolencias. ¿A quién fía uno los espejos hechos añicos, a quién Midas 
revela sus pedernales, los roedores de los cuentos de hadas?
La hostilidad no es extraña para oídos toscos.
Bajo la penumbra amenazante de las piedras, las hojas calcinadas, nudos
de hogueras muerden las sombras del arco iris, todas esas formas
del movimiento del ocaso, toda la intensidad avivada de medianoche.

A menudo los imposibles cambian para convertirse en escharcha, caldean
sus embates climáticos, beben la sed del lecho hasta escarpar el suburbio.
En los anillos arbóreos de los maniquíes, los sótanos profundos del búho,
y el gris sobrio de las paredes. Y lo vulgar que tienen los entonces.

Hoy en día se puede alquilar la sobriedad sin ninguna timidez. Se le puede colocar 
techo a la tozudez, quitarle el musgo a la mala fe de los golpes.
Uno puede hacer que fluyan los estribos de las encrucijadas, los decoros
del tráfico, quizá los nombres de los pescuezos subyugados.

Nada es extraño frente a los cascos del azar. El movimiento es el mismo 
a pesar de todo: la fábula, las tijeras, el muro de contención de los sentidos.

Toda rosa en mis manos acaba por romper mi olfato. ¿Qué rescato del amarillo 
de los eclipses, de los crujidos de la poesía? Quizá nada.

Sobre este espasmo de miradas no pasa absolutamente nada. Cortejan
los cuchillos su afilado aliento; aterran los objetos en plena oscuridad.

Ninguna excusa puede justificar los desastres de la memoria, ni embellecer
con remedos la boca, ni dramatizar todo lo hostil que posee la miseria.
Barataria, 2016

TODAS LAS ASFIXIAS REPRIMIDAS

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TODAS LAS ASFIXIAS REPRIMIDAS




Sueño de la siesta: un lento éxodo de nubes bajo el tejado. Y el instinto
de conservación, mis dedos crispados en una cuerda.
Vacilante, descubierto… Como si ya no hubiera necesidad de un nombre
para estar perdido. Escucha la luz pacientemente reunírsele. La luz,
pacientemente, le absuelve.
Tú, inmóvil en el puente de hierro. Mirando otro relato. Mirando con
mis ojos. Inmóvil. Mirando el tiempo inmóvil.
Me crucé por la calle con la risa de un ciego. Las nubes, los acantilados,
el mar: apretados contra su pecho. La música comienza en las ventanas…
…Y retrocediendo sobre el tablero infantil. La ausencia de sujeto rasga
el sueño de todos. Perder terreno. Cazar un pájaro en vuelo.
Jacques Dupin




Hay dolores reverenciables y estremecedores de principio a fin. Dolores como las circunstancias históricas del tiempo en el ser humano. No siempre la palabra cubre la ignominia; no siempre la palabra es humanidad plena; no siempre uno alcanza a desmenuzar el aliento y enrollarlo después en las concavidades arrebatadoras del grito. Cada descenso constituye una hazaña, cada cueva es un sopor entre la vegetación de la piel. Sólo toca descreer y arrimar las sombras a los sombreros; solo queda apoyarse en las mochetas de las ventanas. Los ahogos vienen drenados por los espejismos y por esas realidades oscuras de los túneles, los aposentos, la ceniza sobrante de las colillas, los bolsillos ciegos de la miopía, los rostros amortajados de grises inclinaciones. Procuro recordar aquellas aceras cercanas a mis sienes, amarillos insectos mordiendo los calcañales, paraísos disecados o deshechos en el hocico de alguna alcantarilla. Quiero retornar a mi alma sin los golpes del gusano de la muerte, allí donde también Dios muere, descalzo y sin abrevaderos. Duele por lo demás toda la cabalgadura y la temeridad de sentir que Dios es profundo en mis costillas, que vos, (quien seás), recóndita trepás al árbol y luego bajás en la soledad petrificada del granito. Yo también desciendo al hirsuto corazón de la ficción, al bebedero del cuerpo, al lecho donde ahogo mis ojos. “Pasados los bostezos vienen los horrores irrestañables de la castración. / Llaman las culpas y los carros fúnebres: uno apoya el desánimo/ en los dedos de la saliva, en los codos del pulso, en el polvillo / de la temperatura: las alas o el reloj siempre están en mis desencuentros,/ desperezan los demonios mientras estiro mis canillas./ En el suburbio de mis calcetines, las roturas todas del aprendizaje./ Me harto como toda la gente de los ojos, me harto de las costumbres/ y sus paredes aledañas; el caos no es mi único recuerdo,/ sino el chillido de los acantilados, las fotografías de familia, el rostro/ que me roba los suspiros: yo, náufrago con mis juguetes.” Es cuestión de morirme en la lucidez de los espectros, supongo. Profanar tiene sentido cuando jugamos a los cementerios, cuando la parodia o la lujuria nos piden el falaz engrudo de la esperma, los posibles abandonos del poeta, esa jerga penosa de morder los pezones, bajar a ritmo del odio o de un violín, del bien decir sin fracasar. Escribo desde el moho de los naufragios: un poema es el arrebato de esas horas, constituye el paréntesis pornográfico de la memoria, todas las asfixias reprimidas, las indigestiones que provoca la tristeza. Quizá el poema sea la dignidad materializa, la máscara con la que se desvelan los amaestramientos, o todas las deudas que nos deja la orfandad, o toda la alegría suplicante. Frente al poema desciende el tiempo, es probable que sea la mesa ilusoria, o la radiografía que patalea en su vergüenza. También allí chamusco mis pálpitos, muero herido de Dios, muero de furia, muero de vagina y pesadillas, muero de aleteos, muero de caras, muero de despeinados orgasmos, muero de espinas y muertos, muero de anulaciones, muero de fuego y luz. El vacío es el último descenso de las hondonadas. Me seducen los matorrales de saliva y espuma, el cuchillo de los cuerpos contritos. Debo entender que en el camino fundo abandonos y oscuridades y rasguños. Nunca sé después qué pasará con el poema. Nunca sé qué utilidad tiene lo bestialmente amoroso, ni el fondo de mi garganta, ni los sostenes vinculados a mis obsesiones. Escribir implica alguna especie de corcoveo con los propios demonios. Ya me he acostumbrado a las huidas, pero también a las manotadas de ceniza que me deja el firmamento de las palabras. No sólo quemo aquí todas las sombras, sino también entiendo mis andanzas. Todo el idioma se convierte en tendedero de carcajadas y martirios. Hagámosle también, un monumento a la agonía. 

jueves, 19 de enero de 2017

TERRITORIO DE LA DESMESURA

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TERRITORIO DE LA DESMESURA




Para descubrir la existencia de los extasiados filones
en las móviles profundidades de tu cuerpo
mis dedos son varitas mágicas.
Insólitas serpientes de la cólera
mis muebles se odian en mi dormitorio
y sus grandes batallas inmóviles recuerdan
las de nuestras manos las de nuestros labios
las de febriles vapores que brotan a medianoche en los puertos
las de mansiones que invisiblemente se rajan de alto en bajo
cuando los pasos de una mujer demasiado bella resuenan.
Michel Leiris




Desde los interiores de la nostalgia uno aprehende todos esos temblores del cierzo; desde el poema siempre, ese vasto territorio de las sombras y su luminosidad. Busco, allí, en cada rincón del aliento, de la madera, de los clavos, de los alfileres, de los patíbulos, de los platos, guacales, cornisas, el cielo de las bóvedas a media tarde, mañana o noche. Alguien me escucha, lo ignoro. Salvo el poema, no la moldura, sino el río de adentro y sus abisales teoremas. Nunca se dónde estoy. Tampoco hacia dónde vamos con este emporio de saliva y hedores. Me imagino que siempre es tarde para mi calma. En la deshora del poema están escritas las lápidas del tiempo, los cipreses nauseabundos de mi escritura, las aguas de Heráclito azuzando mis sentidos. Escribo desde las paredes de mi infancia: es decir, la escritura como memoria, los tiempos idos y venidos de la vivencia cotidiana. Platico con las calles. Platico con mis engaños y los ajenos. Olvidos y delirios forman mi escritura. Rezo por el eterno espíritu del poema. Es Lázaro el eco del escombro, el polvillo nocturno de la carne, las bocas que me amanecen en la siega. Nunca sé la hora en el fósil de mis poemas: “Descendemos hasta la soledad redonda de una lágrima, la sombra del pájaro/ se hace transparente, como la luz que oscila obsesa y en sigilo./ Estalla todo el despojo y envuelve el horror de las exclamaciones./ Alguien nos corta la risa con sus letales manos./ Me hundo en esos pedazos que atraviesa el ahogo: los equívocos, la madera/ inacabada, los explosivos tetelques que uno encuentra en los epílogos./ El poema, después de todo, constituye mi propio sarcófago./ Total es el mismo terror de todos los días, Dios ahí, muriendo/  en su propia eternidad junto al hombre, junto al rufián que predica los desiertos.” En los dientes de mis poemas también subyacen mis agonías. Pienso en todos los infiernos posibles; hago visibles mis propias hogueras en medio de un círculo de lodosa sal. Escribo, desde luego, a partir de una infinidad de presentimientos. En el fondo resulta así: el grito, el cuerpo, las bragas del alfabeto, la trinidad sin cansancios sobre mi mesa. Luego viene cierto sosiego, la tortuga voraz en el tórax, las colillas inmóviles de la tristeza, el infinito y sus dramatismos. Un poema suele tener gusto a ala y a trenes. Así viajo en su íntima metalurgia, en sus brazos de solitario cuerpo, en su ombligo de cántaro, en su escritura de pájaro. Existo en la medida del poema, muero y convalezco. El poema es la pulpa de mis sueños: la placenta de mis sueños, la agonía descubierta en su juego de contrarios, el tendero de tinta del misterio. Dejo para después la armadura, pues jamás respondo a los agravios, a la insania y al sonido silencioso de la mueca. En medio del temblor de ojos, el sentimiento primordial del poema; el poema constituye la fuerza de la realidad, la vivencia de todo lo perdido. Las calles pavimentadas están ligeras de equipaje como el asombro de las mitologías primordiales. Mi mundo existe desde esa interioridad y no suplanto nada ni a  nadie, sino que asiento mi condición de drama. Supongo que la desmesura lo lleva a uno por territorios insospechados: el mundo es demasiado para ignorarlo, aun vislumbrando todo el despojo. He soportado día a día el sabor de las ausencias; quedo a merced de los parajes indisolubles del lenguaje, a ese milagro de entrar a los absolutos de la realidad. A veces me da por gritar desde el cofrecito de mis intemperies, ese lugar ciego y punzante de los hocicos y roedores de la muerte. En la turbulencia de mis ojos, una lágrima solamente, un puñado de pérdidas: mis sueños amortajados en el silencio.