domingo 19 de febrero de 2012

CÁNTARO SUMERGIDO


En presencia del aire carcomido, los tiestos quemados y desteñidos,
del adoquín sobre los huesos, artificios del poder en candelabros:
somos extrañas gotas del alambique solitario, aguas reventadas
en el pétalo de la saliva, al servicio de la ceniza o la alegoría.
Fotografía de André Cruchaga





CÁNTARO SUMERGIDO




Conozco los vacíos que dejan las iglesias en los ojos, las palabras
agonizantes, endurecidas en el agua, los designios cada vez mayores
del cántaro roto de la sinrazón, sumergido en el fluir de la memoria.
En el interior del pozo, el fuego dilatado, líquido de pavor;
el sonido desangra las bisagras del insomnio,
a veces en el quicio de la puerta se coagula la angustia,
la garganta absorbe el grito de los trenes, las manos hundidas
en el sueño, el espejo que siempre es un salto mortal sobre la hoguera.

(En el espantapájaros de la muerte, la vida nos engaña,
o es otra manera de latir con algún desenfado: ¿hacia qué hondura
nos hundimos, gris arcilla en el ojal del traje último?
Hemos sido los tristes de siempre, jamás escapamos ni huimos
con nuestros ojos agredidos, de este mundo sumergido en la respiración
de los calcañales, cuellos sordos en el sepulcro.
El barro cada vez se perpetúa en la conciencia, sombra crecida
en el alma, nacida aquí del reloj debajo de la roca.)

En presencia del aire carcomido, los tiestos quemados y desteñidos,
del adoquín sobre los huesos, artificios del poder en candelabros:
somos extrañas gotas del alambique solitario, aguas reventadas
en el pétalo de la saliva, al servicio de la ceniza o la alegoría.
—Intentamos evitar las monedas gastadas de los pañuelos, la sombra
del cántaro roto, sin pegamento en la humareda anónima de ciertas
liturgias, concebidas para la faena de las estatuas;
en el tragaluz de alacenas gastadas, humea el subsuelo sin restañar
el taller de la risa, el consorcio de la lluvia, las palabras ardiendo
en la gente, el azúcar de la sábana.

Todo es al caer la línea del horizonte sobre la piedra despierta del duelo,
simple añicos el tiesto del futuro, la cabeza abajo, hipotecada
al subsuelo como el pensamiento en el anaquel de algún epitafio.
Al peso de los párpados, en la boca del búho,
el eco húmedo de la campana subterránea, el semen pulsante
de la ebriedad, la audiencia del albedrío en los escarabajos del despojo:

(Vos y yo, achicharrados en la ceremonia secular del olvido,
empozados en la última alforja del día, sin impedir la trastienda
oscura que hace de la voz, suicidios a destiempo, —que nos ocupa,
con hipoteca, hasta ser en paralelo, la sombra del señuelo,
ese vívido fondo de las sombras, el abismo en cifras del harapo.
La intemperie tiene extrañas latitudes: existimos en el sonido
de la breña. En la ceniza del pecho, las erratas de la brasa, la herida
en su diluvio de estertor, el zumo de la piedra cansada de ojos,
—tus ojos y los míos—, envejecidos de dureza y pesadumbre,
definitivos en el dardo de la oscuridad. Cierto.)

Cada vez duelen los despueses de la brújula: en el cántaro sumergido
de nuestra humanidad, sólo está el hueco de los tabancos,
la sombra y las mismas preguntas del péndulo, la limonada
sin azúcar de las ventanas, allí el cuerpo largo de los tropezones.
Para salvarnos, no es suficiente dejar de morir, en medio de la maraña
de la hojarasca, vomitar las moscas del subconsciente,
sino, hacer creíble la luz, sacudir las llaves del delirio y correr,
como un niño, sobre los rieles esenciales de las aguas que fulguran
en el pulso, saltar de la duda al fuego de la verdad…

Barataria, 11.II.2012

viernes 17 de febrero de 2012

MAPA DEL PORO EN EL ESPEJO


Cada día las pupilas descubren el asombro en rostros diversos:
en el mapa de los sueños, la luz lanzada del espejo,
sobre el vendaval de luciérnagas, el blanco de la sombra
del poro en la ventana cautiva del reojo: frente al tiempo,
la descarga solar de los peces, la historia de las manos en el vaso
convulso del cono de leche en el estío.
Imagen tomada de mis Wallpapers.net





MAPA DEL PORO EN EL ESPEJO




Toda la geografía de la desnudez en el altar del espejo, —himno
del tiempo enredado en la hora ceñida del suplicio.
Para ver las paredes del pálpito, me interno en el rumor
del espejo, en las manos infinitas de la transparencia
que me provee el viento largo del aliento, —el asombro, de nuevo,
es la ciudad donde habita el universo de los paraguas.
Cada día las pupilas descubren el asombro en rostros diversos:
en el mapa de los sueños, la luz lanzada del espejo,
sobre el vendaval de luciérnagas, el blanco de la sombra
del poro en la ventana cautiva del reojo: frente al tiempo,
la descarga solar de los peces, la historia de las manos en el vaso
convulso del cono de leche en el estío.

En el desagüe del mundo, hay ausencia de pájaros: la luz
es insuficiente, cuando la nostalgia disuelve los objetos del espejo,
las sombras destruyendo el pálpito, la piel en su rasgado abismo;
al poro existe el espejo evaporado,
la retina adusta en la sed absoluta de los tejidos del aliento,
los sueños que atraviesan la embriaguez del alma,
el cristal de las palabras entregado al hangar de los espacios que,
de pronto, se tornan pesadillas, cantos que los sentidos no siempre
interpretan con acierto. Hemos hecho mapas y puentes
para que el sueño, en su mundo paralelo, perviva como elemento
del día, acompañe el sonido del poro,
con la fuerza de la voz y el deseo, con todo el magma de los paralelos.

(Un día sabremos, si la libertad de expresión, es en realidad
camino, o simple tajuilla en los pasos del día o la noche;
sabremos, —vos y yo—, si es otro de los tantos estratagemas
que se hacen por decreto…
A menudo pienso que no tenemos ninguna salida: no sé, realmente,
si el conocimiento puede quemar la conciencia,
o lo puede convertir a uno en ceniza indeleble, en pira de extraña
vigilia. La soledad pare vientos oscuros.)

Por más que lo neguemos, siempre hemos sido escoria del poder,
extrañas formas de viento en la ventana, caminos quemados
el uno al otro, desconocidos, extraños, sospechosos; nuestra caries
nos mete en peligrosos designios, en cauces de agua fatigada.
Siempre estamos repitiendo con insistencia las atrofias del poro.
¿Habremos de salir un día de estas endurecidas estampillas?
Quizá en medio de nuestra fragilidad, optemos por escribirle una carta
A Santa Claus, y hacerle una limpia a los espejos…

Barataria, 08.II.2012

miércoles 15 de febrero de 2012

SOBRE EL PAPEL, LA TINTA, LAS PALABRAS…


En cada foja hay lámparas de tinta, —las palabras insistentes;
en cada palabra, —el puerto preciso para volar sobre la fuente
que yergue a las estatuas de la memoria;
en cada tinta, —la ventana perdida del alma, las jirafas celestiales
de los sesos, el caballo desconocido de la embriaguez,...
Imagen tomada de Miswallpapers.net





SOBRE EL PAPEL, LA TINTA, LAS PALABRAS…




Sobre el papel, la tinta manchada de las palabras, el sorbo de la nada
en el abandono, el largo camino de moscas sobre las piedras.
Siempre volvemos al mismo papel y a la misma tinta:
las aguas del recuerdo con sus intermitencias, aquí la luz
repetida de los litorales, la almohada honda del océano, casi
infinita en las llaves del índigo. (Las palabras emergen como una brasa
alada dentro de los días a veces intangibles del relámpago.)
Respiramos con el corazón deshecho del mertiolato en la llaga,
y desafiamos en reloj de peces, el fuego,
el papel de la madera en la caligrafía de la nostalgia;
mordemos, de pronto, la flor de hielo a nuestros pies, la bruma
del aceite comestible en la sartén donde humea el calor como una pipa
recién aperada con nubes de tabaco, barcos de humo, rieles
aéreos dan la sensación de volar en el corazón del Nosotros.

En cada foja hay lámparas de tinta, —las palabras insistentes;
en cada palabra, —el puerto preciso para volar sobre la fuente
que yergue a las estatuas de la memoria;
en cada tinta, —la ventana perdida del alma, las jirafas celestiales
de los sesos, el caballo desconocido de la embriaguez,
Lautréamont en el País de los muertos, vivo como el alcohol rutilante
de las ciudades, los puertos sin bruma perdidos en las inglés,
del parche líquido de la lengua,
a la hora de lamer el petrograbado invisible y desafiante del pubis,
sumido en el cristal oscuro del musgo, con el rostro al toque
de la cama, reconociendo las flor desbordada del mineral del sueño.

(Ante cada palabra, hay cielos de sombras infinitas:
las veo venir, deseadas y deseantes, en las manos no cabe el árbol
del alfabeto, la sustancia maldita que las forma, o la divinidad
que las resguarda de ciertos predadores,
azores con guantes y frac, gánsteres como bailarinas góticas,
Lolitas de la noche, bebiendo el carbón líquido de las osamentas.)
Ante cada palabra, es ininteligible la túnica de la polisemia:
de pronto el lavabo o la bacinica, se yerguen como monumentos
de la imaginería, —de pronto la hornilla, sólo es posible a través
del olfato. Vos y yo, descargamos la furia de la tinta en el guacal
sacudido de los poros, siempre nos vamos al extremo de la yesca,
le hacemos nudos al yute de los brazos, masticamos el muérdago,
hasta convertirlo en el té para aliviar el insomnio.

Un día, ahora, endurecemos la tinta para dejarla indeleble
en el cuaderno, sin aspirar, desde luego, a que se convierta otro
evangelio apócrifo. Por si acaso, matamos a mansalva las palabras;
aunque a veces, las convertimos en el frijol mágico del desorden,
en simple objeto de transacción de los sentidos…

Barataria, 07.II.2012

lunes 13 de febrero de 2012

EL VACÍO A LA CARTA


No hay lugar seguro, sólo la carta del hollín pegada al paladar,
la niebla desparramada en todo el espejo de la calles,
y el juego peligroso del albur, en manos de los prestidigitadores
de turno, los que rompen con la cópula desde la infamia.
Imagen tomada de Miswallpapers.net





EL VACÍO A LA CARTA




Me nutro de los rigores del ala, a la altura del sabotaje del tiempo;
vivo entre olvidos comestibles y el vacío que desprenden ciertos
manteles de tortura, los diversos objetos de la conciencia que rompen
finalmente con el propio sosiego. La luz en el territorio del sobresalto,
la lágrima desbocada a merced de la sed de todos los días.
A veces cada instante es un martillo en la tristeza: bajo la cama
cuelgan los cuartones de la noche,
el sudor de un blues, raído por los guantes de la avidez;
salta a la vista el territorio de la hamaca, las escaleras vacías
del pájaro, con un chillo de saliva, la herrumbre de los muertos
habla con sarcasmo, así aprendo que la felicidad la corroe de a poco,
el destino, la culpa donde agonizan los muros,
el terraplén caduco de la leña, el enredo de los recuerdos
como la asechanza de la caligrafía en los tapiales de la ciudad.
Me doy cuenta que el vacío produce los vahos más inciertos:
cae el rocío como un largo silencio en las sienes,
embriaga el espesor de la garganta en la hora tendida de moscardones.
Lo único visible es el hueso descarnado al pie del desfiladero,
el seno sajado por el moho del cansancio,
los ojos a quemarropa del vaso vivido de la tormenta que supura
a la diestra profunda del absurdo.

(Fundido el estribillo carnal del sexo por el césped convocado
de las palabras, —bajo la oda o el madrigal— el dístico del entusiasmo
en sonidos, los rostros hundidos en la humedad de la boca;
la lira del viento, que con el ojo, consume el despojo, la caída
a las aguas, severas y postreras del alma
donde la inmundicia se deja ver a golpe de hormigas.)

Pero no sólo es el retrete el que está a la vista de la carta, sino,
el nicho el frío, cegadas lámparas de su propia pedagogía.
No se necesita de un oráculo para entender el charco de sal
en las pupilas, la pipa servida en el plato de la sobremesa,
el gato negro visible en el cielo irreal de los delirios; hoy es suficiente,
divisar el aullido, siempre mortal en todas direcciones,
siempre pegado al vértigo del calendario.

No hay lugar seguro, sólo la carta del hollín pegada al paladar,
la niebla desparramada en todo el espejo de la calles,
y el juego peligroso del albur, en manos de los prestidigitadores
de turno, los que rompen con la cópula desde la infamia.
Con todo y el cansancio oscuro del polvo, con todo y esta correlación
de fuerzas impuras, hay quien espera dar su última caída,
sin caer, en la depredación del mareo, —enterrar la demencia—,
sino en otra tierra más pródiga…

Barataria, 05.II.2012

sábado 11 de febrero de 2012

CREPÚSCULO CON PIEDRAS


No sé, ahora, qué nombre tiene tanta joroba, los gérmenes sudados
del alma; por cada suburbio circulan juguetes malignos,
historias que uno aprende escritas en la cópula de los cementerios.
Imagen tomada de Miswallpapers.net




CREPÚSCULO CON PIEDRAS




y el pez de la memoria deslizándose, yéndose
por palabras perdidas, con su rumor de niño.
ANTONIO CARVAJAL




De nuevo el crepúsculo con su rictus de piedra, hundido
en la voz, opaco como los ojos en medio de la neblina. Bajo el tiesto
de los ecos, qué noche nos vigila hasta estremecer las sienes,
a veces la poca quietud de la medialuz, mientras no nos cunda
el sobresalto de la bala inminente o la gravedad de la ceniza,
cegando párpados, derribando el techo, o los dientes hundidos
en el resplandor de la sal, sin opciones más que la piedra oscura
de la losa erigida en cama, la última estancia de los sueños.

En la incertidumbre nos acecha el óleo de la muerte: el miedo
nos pone su brida, nos hace gemido en su anchura;
ahora, Patria y violencia están sincronizadas, perdimos
el equilibrio de la savia, el regadío por la cultura de la violencia,
el portento por la sombra amarga:
es irremediable esta vendimia de salmuera, somos ciervos
ante el día oscuro: desde el tatuaje, la arteria rota y la lágrima,
nosotros aguardando en la madriguera del óxido, en la gaviota
desangrada de los sueños, como simples tiliches de arcilla.

(Allí, con el tacto inevitable, vos y yo nos desangramos: la lengua
hunde los silencios en su hechicería; los dedos derriten el estertor
del césped, te palpo y renazco en tus garras sedientas.
Allí en tu pecho, cae la luz cerrada, pese al resplandor mortuorio
que nos acecha, a esta fluctuante turbación de dientes,
que con su insania nos anhela para hacernos descender a lo impuro.
Toda esta respiración yerta nos hace sangrar en demasía:
alguien nos roba el aliento, aúllan las campanas, en qué tragaluz
nos ha metido la violencia y no la Paz,
la piedra del antro de la inmundicia, las aguas negras del horror.
De pronto no tenemos tiempo ni siquiera para el olvido.
Entre una tragedia y una elegía, hay aromas fúnebres: nosotros,
¿nos salvaremos del torrente de este jardín en tinieblas?
Sobre la roca, la inmensidad del silencio. El polvo de la agonía.)

No sé, ahora, qué nombre tiene tanta joroba, los gérmenes sudados
del alma; por cada suburbio circulan juguetes malignos,
historias que uno aprende escritas en la cópula de los cementerios.
Tampoco la casa es refugio seguro cuando la pólvora cunde
a raudales, o el corte en frío es tan poderoso como un tanque.
—Tras un largo silencio, pienso también en la oscuridad que produce
el cansancio, —tiempo mío y tuyo, insoportable, insostenible
en pañuelos, complicado para la alegría, aferrado a la miseria.
Como una brújula en caos, esta película de terror que lame
las sienes, crónica al fin, del agua hasta el cuello.

Barataria, 03. II. 2012