miércoles, 22 de noviembre de 2017

INVASIÓN DE LAS COSAS

Imagen: Pinterest






INVASIÓN DE LAS COSAS




El espejo, de pronto, y su obscenidad;  la imagen lasciva, perversa
del rostro cotidiano: (la memoria no me deja escapar de tanto parto
genocida, de la ficción doliente que nos destruye con absoluta
frivolidad; toda la oscuridad cierne sus dientes: la noche fija
de los muebles arrebatados, el rapto de la felicidad, el éter de la sangre
sobre el césped sin ningún indicio de erotismo;
palpita la obsesión por los Ángeles: la sábana aletea en todas
sus transpiraciones sinuosas.)

Nadie escapa al fogonazo de la orina en las calles.  A la estrechez
del plato de comida de la semana, al fuego inflexible de los difuntos
en la ventana, a tantos días de zozobra.

Nos harta el diario trajín de las cantinas, la axila del aullido
sobre los alelíes, el escenario de las calles sin escrúpulos, ni escaleras,
para salvar los pies de la fanfarria del cieno.

Las ventanas se miran con la pestaña postiza del ojo artificial;
esto incluye cierta dosis de trompetas,
y fósforos de éxtasis para ver a medias y de rodillas el abismo.
Nos inventamos los racionamientos de energía para que prevalezca
la pusilanimidad de los zapatos;
desnudamos las palabras para desacralizar los prostíbulos.

Me come la lágrima en este tórrido alfabeto: me come la diafanidad
de los peces, la alfombra carcelaria de la desnudez, la herida
de los crucifijos, el orgasmo a quemarropa del sigilo y la hilaridad.

Me come la falta de antisépticos bucales y la modorra del humo
en los relojes, la sequías en los escondrijos de la piel, las décadas
de tristeza en mi almohada,
el petate roto de las sílabas, la espina dorsal torcida en los tobillos,
el agua al cuello de las campanas,
las verjas dolientes de los muelles sin resuello ni alicientes:

(me embriago de sombras y habitantes extraños cada vez que la calle
me reclama, —cada vez el cuerpo y la mente son posesas
contradicciones en un olfato de asfixias; cada vez Heráclito se equivoca
en la bienaventuranza, y en cambio emerge el destello
de la arbitrariedad, el cuentagotas del viacrucis,
los focos oscuros de las moscas,
el tacto a falta de  ventilación en el claustro de los cosméticos,
la prehistoria de los artificios en los candiles,
la canela convertida en falso olor, los huesos de las clavículas,
los meses gordos del pus,
la alacena voraz de las vacas flacas, la pesadilla de las ignominias.
Cada vez soy menos cierto en esta turbiedad del desenfreno;
cada vez me falta azúcar en la oscuridad,
cada vez es mejor haber dicho anticipadamente todos los adioses
para no esperar la última hora perturbadora del carbón.
Hoy me invade, desde su claustro de intemperie, la liturgia
                                                               [de mi propio   matadero…)
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

martes, 21 de noviembre de 2017

INFINITUD DE LA ESPUMA

Fotografía: Pinterest





INFINITUD DE LA ESPUMA




Sobre las aguas, la lengua amarilla de la espuma, el olor de los peces,
los cuchillos del azogue, el ombligo blanco de la luna sobre
el papel de los cabellos dispersos de la brisa.

(Ahora me viene a la memoria, “El lugar sin límites” de José Donoso,
el aserrín de incienso en la boca, los sollozos abiertos
como una montaña cayendo en el ocaso, la claridad amarga
de los meses subiendo en forma desmedida hasta las aspas de las pupilas.)

Nos hemos acostumbrado al sostén de los litorales desiertos,
a todo lo efímero que nos nombra,
a ese destierro diario al que nos avienta el filo de la muerte;
a ratos nos conmueve la sal derruida de las sepulturas,
el infierno de las preguntas, la bocina del eco,
el camión despoblado del reloj,
la respiración temprana de las cebollas y los ajos,
los sobacos entumecidos en la invocación,
todos los dientes postizos del calendario guardados en la fosa nasal
de la Esperanza, el carburo apolillado del desayuno.

En este ir y venir sobre la espuma, —las aguas nos quitan los pasos
mientras los perros ladran en senderos de ceniza,
las semanas de humo enrolladas en las pupilas, en el tabanco
de las cejas, en el bolsillo barrido de monedas, en la caja de pandora
de las bocinas, donde desmaya el mar sus esquinas azules.

La infinitud, a menudo, nos roba el gozo y los días postreros
de los peces; nos roba el azúcar asoleada de las gaviotas,
la espiga de la ola, el muelle levantado por los despojos del mar;
nos roba la sábana: sangra como viento de caballos,
muerde con sus anillos de grietas.

(Ahora me vienen tantas fragancias inútiles:
los sueños que se perdieron en las palabras, en el zumbido
de los atrios, en la oscuridad ceñida al sabor de las frutas agrias.
De hecho, en cada rama de agua florece la sal adusta de la noche,
la puerta rota de la voz,
el ruido que hacen los labios extendidos en el pálpito:
siempre es así, después de todo, cuando el dolor se vuelve sordo,
cuando los clavos perforan la garganta,
y hay un nudo de dientes en la oscuridad cotidiana. Siempre es así,
cuando los deseos se convierten en brazaletes de guijarros,
y el juicio es capaz de enterrar las raíces.
En la infinitud de la espuma, rememoro el pie de la madrugada
y los estornudos del calendario con todo el eco salpicado de juguetes
y caricias, con el relincho de las páginas en blanco.
Con toda esta vigilia es difícil conciliar el sueño: salpica el desamparo
con sus alambradas, azota el golpe envolviendo las ventanas,
la almohada desdibujada por los fangos del suspiro,
el alma rota, sin brazos como un mendrugo en los vertederos.)

Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp

© André Cruchaga

lunes, 20 de noviembre de 2017

CERTEZA DEL ESPEJO

Imagen Pinterest






CERTEZA DEL ESPEJO




Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta…
Dylan Thomas




La niebla nos cobija como una brújula desollada en el costado;
nos come la zarza desde el nudo de los inviernos: de cabeza a pies
somos náufragos, señuelos del azufre: sólo nos alumbran
los caballos de las sombras, la embriaguez del golpe,
los juegos sin inocencia de la política criolla.

Escondemos las palabras transparentes en espejos nublados
de pulsos y botones atados al número ciego de las llaves.

Es patético el pensamiento bajo sombreros de tul: así se confunden
las grietas del paisaje,
los días rotos de las cacerolas,
el ansia del gotero como un ornamento de cuidados intensivos:

(Ahora resulta que la ignorancia tiene título académico
y se nos vende en trocitos el canibalismo: los jardines artificiales
de la carcajada: hay hasta manuales para retornar a la prehistoria,
al fuego con hojitas de guarumo,
a la chamiza de las sábanas sobre el aliento. Delante de nosotros
está la carreta y no los bueyes; la conciencia cercenada del ala,
todas esas cosas que hacen a la corrupción, un montículo
de techos derruidos y brebajes insólitos.
Nunca se sabe cuándo llegará la carcoma de saliva de los perros
a nosotros; pero llega: arde el resplandor de las soledades,
el rocío ojeroso en las pupilas, aquel monólogo de las sillas
sin espaldar, la tercera edad de la genuflexión orgásmica,
el calendario avieso de las efemérides,
la respiración con candados y colillas y frigoríficos para preservar
el disfraz de todos los días para que nada se  malogre,
el calentamiento global del hambre: las sondas ideológicas
de la devoción, el tifus del poder con íngrimas túnicas.)

Arrecia el campo de batalla sobre el asfalto. Hay gozos de profunda
estupidez; feligresías de obcecados rascacielos
en un País de tatuajes consuetudinarios, en un País sofocado
por el azogue de la hondonada y las tijeras sesudas de la noche.

¿Hacia dónde nos lleva la intriga, el tráfico de influencias, la obtusa
aplicación de la ley, la audiencia nocturna de los gánsteres,
el aire tragado en cucharitas de plástico?

—Duele la caries del País,
duele la alegoría del motate y el torogoz dibujados en la cartulina
de los actos protocolarios,
en las luciérnagas inasibles del sueño,
en la joroba degastada de las ideas, en la tortilla quemada del agobio.

Duele la condición de circo de los relojes, la nube mimética
de los tomates, el desvelo transversal de los güisquiles,
los inodoros ecológicos sobre la tumba de las luciérnagas.

Duele el filo de la cárcava anillada con chupamieles para el álbum
fotográfico; duelen las paredes oxidadas de la penumbra.


Ante tales certezas, cada habitante es una duda frente al habitual
tatuaje de la noche. En cada ir nos agobia la duda del retorno…
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

domingo, 19 de noviembre de 2017

ESCOMBROS

Collages de Fran Skiles. Pinterest.






ESCOMBROS



Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse: 
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia…
Gabriel Celaya




Cada vez este País en menos cierto. El terror y la impunidad
no tienen nombre, tampoco son necesarios los milagros para salir
de estas aguas de alcantarilla.
En el estrépito de las casas, las aves migratorias.

Sólo la sal depredadora brilla en las axilas; aquí perdió
la dialéctica su propia placenta.

Arde la sangre con sus flechas fantasiosas, el magma del huracán,
el ventarrón mudo de la agonía, el disfraz alumbrando el subsuelo.
No hay lugar seguro para restañar los sueños, ni limpiar
la respiración en medio de oleajes sinuosos;
sólo existen tiempo y espacio para exaltar las Sumas tribulaciones
en este campo soterrado de huesos.

—No hay otro espejo, que la amenaza siniestra del hollín
con sus tapiales oscuros: aquí la cárcel es la ciudad o como si lo fuera,
en el misal de la ceniza, en las aguas del desorden.

(De pronto uno quiere renunciar a este País donde huyen
los pájaros,  a esta naturaleza fúnebre del polvo;
aquí arde el aliento de la escoria en cada acera,
en las calles desordenadas de la bisutería,
en la fiebre del engaño y del degüello.
Cada cuchillo procrea lágrimas y futuro: tocamos el filo en cada
zapato; en cada conciencia, el miedo es otra trapo del sigilo.)

Vivimos encerrados en el resuello de las migajas: migajas de todo.
No puedo amar a un País que sólo deja desposarte con la miseria,
con el tatuaje de la destrucción del torbellino,
con la expropiación de la alegría.

A diario servimos la neblina en la mesa: rezamos para alimentarnos
de fantasmas; en el ocaso, la luz se convierte en blasfemia;
en la oscuridad intensa, la boca respira las cruces del día.
En la ley no caben los descalzos, ni el cadáver que construye
a diario el vejamen, ni el castillo pintado de arco iris por los niños,
ni el ojo que pueda ver más lejos ciertos laberintos.
Cada escombro es un cuerpo que balbucea su propia senectud.
(Las falacias nos sirven de sombrilla y los aplausos de piñata:
hemos caído en la pasión por los disfraces,
en la pelota dominical de las diversiones. El oficio es sajar la Esperanza,
hasta que la extenuación sea la tierra contundente de la miseria.
No puedo amar a un País que hace del abecedario un remedo,
un circo, una pocilga, un largo callejón de ruinas.)

Detrás de cada cuerpo hay músicas siniestras, entumecidos bosques,
un País cercenado, entrañas putrefactas, costillas delirantes,
amaneceres en pozos macabros, bartolinas donde el fuego
no da tregua: muertos cansados de morir en las pezuñas,
aguas lentas mordidas por el semen de los perros:
todo está aquí en esta locura de País que tenemos,
menos por supuesto, la alegría  de la risa, menos la ventana,
sino el escalofrío que repta por los poros.
Tiemblan las ojeras en los escollos abisales de las tumbas.
Del libro “TRASTIENDA”, 2011 (Inédito) 120 pp
© André Cruchaga

sábado, 18 de noviembre de 2017

OJOS PARA CADA DÍA

Fotografía: Pinterest






OJOS PARA CADA DÍA




te revelo
que el mundo es una graciosa mentira inventada por el
buen humor de los mártires.
Aldo Pellegrini




Hay ojos y párpados para cada día, manos apretadas en lo oscuro; en las sienes, la claridad de los días grises, la respiración que emerge de la tormenta  de los meses. A punto de abrir los abanicos del agua, las sombrillas,  la explosión a bocanadas, el ciego interrogatorio de la piel, los cuerpos anteriores al fuego, el guante del contraluz en el tiesto del musgo, la boca, las bocas inmóviles, la ropa iluminada en la plantación del destello, palabras contra el desamor, el nosotros sin excusas, la lengua sin manchas, plumas blancas del ave en la paciencia del horno del murmullo, la hamaca verde de la saliva en pos de la panadería del cuerpo,—nosotros que no sabemos de razones, ni de mar al unísono, sino de mareas a punto de reventar toda la espuma del mar, de saltar sobre el trapecio del ardimiento, trepando a los rieles del cielo, allí, vos, los sueños, cada instante insólito, estrella tutelar de la rosa del reloj colgado de las sienes, ¿cuánta alegría cabe en la constelación de un solo día, en el tabanco o el altar, en la escalera o el retablo, en el saco de yute, en la alforja ennegrecida de la herrumbre, en la sarna de la sal, en el sol estrujado en las estaciones, en la respiración de la acuarela que nos mira, en el pañuelo que de pronto pierde los pespuntes, sin pezones de cierzo, sin poemas apacentados en las manos? —Hay claridad y sombra para todos los días: lo supe cuando la salmuera rompió nuestra ternura. Vi partir la estrella intacta de las caricias y aun su primavera, creíamos entonces, que todo era resplandor, pero no, también los días se visten de rostros ciegos; ahora tenemos la evidencia: los pensamientos y la mirada interior, sajados por la turbación del viento. Si al menos supiéramos los niveles del frío, si quitáramos el quejido de lo subterráneo, tendríamos un jardín rojo en nuestras miradas, una forma diferente de la mirada, un afán de sabores sin corromperse en el vinagre. Tenemos, desde siempre, ojos para cada día: para vos, para mí, para que crezcan las espigas, las poluciones del amaranto derramado en la boca, intacto el espejo del jadeo, el fuego del caracol calentando las bocas, el árbol acumulado en el olfato, la espiga de las palabras bañada en los capiteles de pájaros sedientes de vuelo, con una sola melodía desposada sobre la estantería de los inventarios del azúcar. Cada día acumulamos destino a nuestros zapatos: así, tenemos mundos para cada instante, así acumulamos litorales, siempre a tono con los párpados. Nos afirmamos o negamos: la vida, después de todo, no es otra cosa, sino una constante de ritmos y crepúsculos, una razón para latir cada día en la alucinación de los calcetines. (Sé que el desamparo hizo sus estragos desatando noches extrañas y ciudades cuyas calles sólo eran aptas para ser habitadas por los muertos. Con todo, crecen abedules en el pecho y también, una voz profunda que te llama.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

viernes, 17 de noviembre de 2017

HISTORIA DE LA RÁFAGA

Fotografía: Pinterest






HISTORIA DE LA RÁFAGA




Aquí están alineados
cada uno con su ofrenda
los huesos dueños de una historia secreta
José Emilio Pacheco




El ojo insoluble, petrificado en el taburete marítimo de las olas, el animal que soy en el delirio de las sombras, pupilas de la raíz al ras del suelo, la memoria quemante de la tormenta, paraguas flotando en el pecho, girasoles de hielo lamiendo las calles, este amor terrible de brasas en plenos pájaros de sombrillas, a merced de estos ojos que miran agónicos, silban en el azúcar sexual de los parpados; vos me hablás con el tic tac prohibido de los relojes, ponés las rosas de tus manos en el umbral del candil donde apenas veo el tabanco, la carrera del mapamundi del aroma, misteriosos poros en la efervescencia del cuerpo, en las redes de la saliva del desfogue, ansias del algoritmo de las reincidencias. A esta fusión, se entrega ahora la sed, los tentáculos firmes del orgasmo, el registro de la sábana en los poros, el humo del aire real en el nido donde se nutre la garganta de ahogos. Para vivir más en el castillo de la luz de tus pupilas, la espina dorsal de la lengua con sus redobles, la puerta en la mecedora de las luciérnagas, la noche sobre los hombros del pan, al nivel del vaso de los senos donde se bebe el agua quemante de las axilas, las ansias clavadas en el arpa del ombligo, sin más respiración que el relámpago en el aliento; dentro del pecho los ecos febriles de los molinos de viento, la luna ahogada en el terciopelo del azúcar: me disemino en todo, y es todo, por supuesto, el cuerpo en los dominios del velamen, marcado por la fisonomía de los espejos, la palabra en todas las palabras de la ráfaga, este nombre tuyo girando en la isla del iris, ardiente hechizo donde la sangre atraviesa las atarrayas de las pestañas, esta realidad demasiado real del cuerpo. Aquí todo y nada. La pirámide del atributo sobre la lanza, el combate del hambre en la colmena del relámpago, la voz que toca el riachuelo del torrente y supone oír melodías al borde de la piedra donde el ave hurta los sueños de los tobillos, la calle robada de la felicidad, encima del corpiño que vuela como una llama de anticipados objetos, anillos que preceden a los poros hipnotizados: flama y cuerpo en el árbol de la sed hacia el estío del instinto, lámpara al fin del calendario imposible de olvidar, amantes animados que se reconocen en el agua, en la fruta fugaz de la ola, en el aerosol del espectro de las hadas, en el alero petrificado en el bosque con sus códigos de piel diurna. En la carroza del sinfín nos reconocemos, nos vemos de párpado a párpado e interrogamos al mar, sin abandonar lo que significa la fogata de la sed, el tumulto de entregas en cada parpadeo del mapa. (Siempre fue real la desnudez del país en nuestra desesperación. El espejo destrozado del frenesí, la sábana cárdena rechinando entre los dientes, la dureza de las sombras perseverantes del caos. La impunidad y el cinismo no nos dieron tregua, pero aprendimos a lavar nuestra piel empolvada de tanta historia.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito)
© André Cruchaga

jueves, 16 de noviembre de 2017

FANTASÍAS DEL FRAGOR

Fotografía Pinterest





FANTASÍAS DEL FRAGOR




…piezas de la fatiga final, desnuda, que gritan y que son
peores testigos de algo que ni mis lágrimas borrarían.
(¿el miedo?)
Roque Dalton




En el fondo del pozo de las luciérnagas, hay espectros forjados de deseos, anillos encarnados en el infinito de las alas, y hasta vendavales de ojos, colgando de las palabras que escribo. Sobre las raíces, el musgo devorado por la noche, la ternura a punto de ser un candil ínfimo carcomido por el collar del balastro de los días de la semana confundidos en el lápiz sedoso de la flama del candil, el cirio tocado por las axilas, el ventarrón del tabanco mordiendo las alas con el hollín a quemarropa del ramaje de los dientes: ahora nos prolongamos en la avidez de la herida, en el altar siniestro del colmillo, como esos ruidos sordos que hacen los troncos de los árboles cuando caen en el vacío; las entrañas desgastadas de tanto copiar olvidos: el fuego desvela los fondos más aviesos, más tiernos, los ojos más densos convocados por el aliento; la porción de lava extrema en las costillas, que luego se torna en crujiente espejo, crepitación nunca vista de alfileres oxidados en el trasmallo que el tiempo ha ido haciendo en la cuajatinta del extremo de la piedra, en este cielo donde vivimos a pesar de todo: días funestos, afiches, slogans, vallas publicitarias, moscardones en ojos desahuciados, mientras las aguas transcurren con cierta sinuosidad, con ese negro profundo de la herrumbre hecha de tanta intemperie, sobre el nido deshecho del pájaro, sobre las manos contagiadas de la brasa destruida del calendario. En las aceras no cuentan los itinerarios, ni el pie ulceroso ante el resplandor, el desvelamiento de la destrucción: el labio súbito del carbón frente a tantos rostros que dejaron manteles vacíos, soledades y tristezas como un solo río sospechoso, sin desagüe, asidas a cada vértebra, sobre el cartón cedido por la escarcha. —Vos, con tus cabellos negros sobre la lámina de la noche: la duda nos asalta cuando las manos se ponen yertas, frías bajo la desnudez de la respiración,  hojas grises del viento voluble del aliento en medio de la neblina del latido, cerrados líquidos girando en el rostro. —Yo, por si acaso, río en medio de tantas pestañas postizas: engañosos entrecejos del relámpago en el junco de la conciencia; es sano reír sin analgésicos, mojado con las aguas del fingimiento, llevando dentro, por si acaso, bufandas inefables, otras mordidas más sutiles en el alma, otros cuerpos encendidos. En su inmensidad, la piedra seguirá siendo piedra, —nosotros, aunque lo ocultemos, lentas lágrimas de esta claridad giratoria y antojadiza. Nos acercamos al centro del basalto, —yo, vos, partes oscuras del braceo de los peces en aguas que nos beben los párpados, en esa sed ronca de los túneles en la deshora del vértigo. (Si algo nos queda del fragor y su fantasía prolongada es la negación de nuestras propias indigencias y esa tenacidad poco solidaria de los remordimientos. Y ese sentir que ya no somos, aunque mi abecedario huela a tu cuerpo y toque tu rostro marcado por los miedos.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito)
© André Cruchaga
Fotografía: Pinterest

miércoles, 15 de noviembre de 2017

SILUETA DE LA SOMBRA

Fotografía: Pinterest





SILUETA DE LA SOMBRA




En la destruida alcoba de tu ausencia
pisoteados crepúsculos reviven
sus harapos, morados de recuerdos.
Carlos Pellicer




El tiempo de danzar en medio de la luz ha llegado: suéter, cigarros y fósforos, me acompañan. A las orillas, abrojos, secas espigas cubiertas por el hielo; cruzo la garganta de los puentes y tantas casas de madera al borde de las riveras del rio y la montaña. Camino entre maniquíes, y profundos miedos, abollados desfiladeros al lado de campanas horizontales, planicies de lenguas, diluvios de saliva en los furgones, del ímpetu casi mecánico de los establos, donde reses y caballos muerden el Dow Jones de las monedas devaluadas por la crisis global. No es extraño caminar entre paredes y aceras anónimas: olvidar la propia identidad, quemar las fronteras para volver al nomadismo; entre el tumulto del frio danzan los números en rojo, los calcetines vacíos en oscuras palpitaciones, —después de todo, mi País sin sábana, así da igual cualquier intemperie: da igual no tenerte, impúdica, desnuda, mordiendo el desván de la luna en el cuarto creciente del aullido, saltar sobre la barda y remar a golpe de ventanas, y empujar las luciérnagas sobe el césped del calendario, a menudo tan fuerte como los golpes que propicia cualquier cataclismo. Nuestra gota de esperanza se pierde  en la piedra de la lágrima rodando en las escaleras o los ascensores del horizonte, en los muslos que ahora han dejado de ser el rocío del alba y se han convertido en un sollozo de dientes que nadie entiende, sino en la terraza estremecida de la angustia con sus analgésicos. ¿Desde qué esquinas o aldabas te yergues? ¿Desde qué tambores desolados me invocas a la hora en que todos duermen, en medio del ruido sin descansar de la calefacción, dentro de pequeños cuartos arrancados a la ceniza? En la saliva hay platos rotos sin pesebres: fermentos de insaciables patos, nubladas ventanas sin jardines. Alrededor nuestro, la suculencia de ciertos restaurantes: las propinas que de pronto se han vuelto salvavidas, muelles, farmacias, desde donde se pueden izar otras banderas; con todo, se agolpan mis pupilas en tu desnudez, embarcadero de mis aguas, definitiva esperma a la velocidad de los paracaídas, al tiempo vertiginoso del ansia que nos toca vivir, —que nos ha tocado vivir, cuando solo tenemos una brisa de malos augurios, arañas trepando en el hollín de los tabancos, con tropezones en ayunas. Después de todo, no sé si es luz o viento el que silba en los ijares de la tierra: en la goma de masticar, vamos perdiendo sed y aliento, y aproximándonos a ser otra materia sin medida, otras oscuras ruedas colgando de las crayolas del aleluya, de ciertos escapularios hundidos en lo ignoto de la sangre. Lo demás ya lo sabemos. (Nunca fue fácil andar ciegos y huérfanos; antes del tiempo, ahora de la geografía. El mundo nos borra con sus cansancios y odios. En el interior de la memoria, sólo quiero hundirme en vos, acercar mis manos al borde de tus muslos, pulsar el cielo y detenerlo en la claridad de tus ingles, robar como tantas veces la ciudad del fuego.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

martes, 14 de noviembre de 2017

DESPROPÓSITO DE LA VENTANA

Fotografía: Pinterest






DESPROPÓSITO DE LA VENTANA




Y el fiel de la balanza desorbita
la celebrada forma de su vida.
Carlos Illescas




Este sinfín de la ventana me transporta hacia lugares insólitos, cada árbol es distinto en los labios, charcos de pétalos en las manos, la niebla con sus atributos de abecedario como el aliento en medio de la página verde de los pinos. Frente al paisaje, la luz gira alrededor de los pilares de las pupilas, —gira, digo, como una boca precipitada en el fondo de la antesala de tu vientre. (Todo es así de simple cuando hundimos los dedos en el pozo de la certidumbre, cuando nos sorprende el estupor de los cabellos convertidos en ceniza. Cada quien va cabalgando con sus propias noches, en las raíces del grito, en el sueño gastado de tanta herida; seguramente agonizamos de tanto amor; sobre lo que la memoria nos permite, el enjambre de tinta recóndito en la hondonada del deseo; pero también morimos  entre paredes oscuras, entre devorados ojos, agrios esfínteres en las calles por donde caminamos cada día, sin más alforja u odre que los propios ensimismamientos.) Miramos fascinados, sin embargo, todo el terror de las semanas; antes hubo una actitud diferente ante el pantano incendiado de las axilas; cavamos tierra, le dimos al patíbulo su propia máscara, —ahora nos desvanecemos al lado de los sueños, hinchadas las encías y los labios, la resina del eucaliptus en la foja del cuaderno, la bestia de las pestañas decapitada a mansalva; luego desemboco en el azúcar de tus pezones, cada vegetal de las palabras toca tus poros; el ojo pervierte la vigilia, la desnudez endurecida de los aluviones. Ante cada parpadeo, la sombra inexplorada de los relámpagos, las aves de corral disueltas por el ruido, ―el miedo es un destino que produce frío, igual que aquel cielo rojizo de la primera vez, igual entonces al delirio del escondrijo. Desde aquí veo pasar la canela de los deseos,  bajo la misma mirada de los días que jamás claudicaban, y que ahora, son fuga en el rascacielos de los poros,  en el césped donde se hornea la hoguera, el lamido inolvidable de los puntos cardinales, la casa con brazos de fondo, esperando la temperatura de la tierra. Casi a diario nos salvamos del naufragio, entre espejos y aguas, aquí el deshielo del zodíaco, el camino suelto del viento, el tafetán de la saliva, la gracia calcinada de la paciencia, la complicidad absorbente de la carcoma. Estamos rodeados, pues, de sombras innecesarias que cubren nuestro lecho: nos salvamos del oleaje, pero persiste la tormenta con sus manos de amanecer: ningún mundo es mejor a ese regazo. Nos salvamos de la mueca del pudor, para extraviarnos en la lascivia de las aguas termales. (La perplejidad me mira con palabras repetidas de espejo. Nada se borra cuando la llave es una ventura perenne de estremecimientos, cuando la ventana acrecienta las palabras de tu cuerpo y me deja en el cuenco de las manos el aroma de tu cuerpo.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp.
© André Cruchaga

lunes, 13 de noviembre de 2017

MEMORIA ENCUBIERTA

Fotografía: Pinterest






MEMORIA ENCUBIERTA




Desde la sombra inmóvil, la almohada
brinda a los dos, sumo acorde humano.
Jorge Guillén




Es la lengua la que llagada quema los párpados, sombra del alquitrán en el hierro forjado de los relámpagos, ríos ocultos, subterráneos después de morder la garganta en el abismo de unas manos ocultas. Digo que amo el césped anegado de lengua y tiempo; sobre la sábana el barniz quemado del vacío, el venero de la bóveda, el cuentagotas de la polea del cielo, el techo con sombreros hasta avanzar el minuto en las sienes, el nudo de los pies sostenido en los puntos suspensivos, los semáforos al término del orgasmo, el vino perpendicular sobre el césped, a punto de repetir la velocidad del infinito, el gusto y el disgusto del vaivén, la corrida a media asta de los brazos; aquí en la boca, el sexo;  tu sexo, sintiendo las manos cumplidas del sonrojo, la condición sin agotamiento de la existencia; elegimos cualquier butaca para sostener el sombrero del ansia, las paredes de la casa reforzadas con suspiros, la audacia de la esta embriaguez plena. Siempre el incendio nos llegó hasta el cuello sin ataduras y simulaciones, torrencial la puerta desnuda del fuego, el vértigo de la sombra, el ruido de la hoguera: entre silencios, delincuencia y cadáveres, ocultamos los instrumentos de la fogata, la religión, el delirio, la angustia. Decidimos, desde luego, abrir las puertas del hambre hasta consumir todos los afrodisíacos, los ojos del circo, el terror de los perros callejeros, la crueldad de cuanto nos rodea; nos poblamos de sueños y vértigo, a veces de cinismo, el lobo en la imaginación del deseo, el desenfreno hasta la pulmonía, la risa al borde de la locura, el vómito en la lascivia, en lamer el racimo de dedos en la marea más alta de la noche. Bajamos al inframundo de los deshielos. Solos anduvimos en el sobresalto de poros y ojos,  con el único traje que tiene la desnudez, sombras escondidas en el vaso de nuestros ojos, escondidos en la fuente del árbol del sonambulismo, en la sangre bebida del aire junto al muro devorado del cuerpo, transformado en memoria. Ahora desmenuzo el calendario que cambió el arco iris de nuestras bocas, nuestras miradas, la velocidad con que la flor crece y muere, el tatuaje a caudales del grifo, la resina acumulada en el espejo, la carne tuya salpicando mi alfabeto, negros párpados en la úlcera de las manos, —vives en el musgo de mi cuaderno, condenado al ocultamiento, a cierto silencio de piedra, a caminos fermentados en acuarios; vives plantada en mis glándulas, dosificada por mi memoria. (Avanzas en mí cuando transcurren noche y día. Crece la tibieza de la cobija sobre las quemaduras imposibles de borrar. Llueve de manera recurrente en el cuerpo. Al final, todo es recuerdo, excepto la almohada.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga

domingo, 12 de noviembre de 2017

HONDONADA DEL ESTERTOR

Imagen cogida de la red





HONDONADA  DEL ESTERTOR




Como una rama en el bosque al paso del hormiguero
El relámpago primo del hada en los hilos telegráficos
Juega al amor detrás del seto
Si yo digo Bressac es para dar al lector un sentido más lúcido
De ese juego de manos su esclavo el pararrayos siniestro
Jorge Cáceres




Las fechas del calendario son hondonadas de vida, torbellinos de la muerte diaria que vivimos en los huecos de la sed; hay ríos destrozados por el sexo de las campanas y otros sonidos, por los ojos deliberadamente abiertos en el trayecto de las palabras, por el estupor del beso cansado en la boca fría  del paisaje que se esfuma en las manos del silencio, o en los ojos ardiendo de luz, espadas de soledad del tamaño del cansancio, hay en esta sed de ventanas rotas, lámparas a destiempo del futuro, sin decoro esta sed de brazos, dueña de la sed. Casi al borde, la sombra, el ala mordida del ocaso, el cierzo del cuerpo en el hastío, el césped de la sonrisa sobre la piel del tedio, ah los lentos caballos de la rocas, la libertad a secas de los dedos, el horizonte vestido de azar, latiendo en el pulso de las sombras, a las doce campanadas de la alucinación, siempre sombra a imagen del páramo, alambiques vertidos en la yerba, como frutas inhabitadas del cielo. Al paso de las pestañas separadas de los ojos, la escarcha del último apetito, los objetos en blanco y negro de la aurora, la ducha del tiro al blanco de la penetración, manjar por cierto sostenido por los gritos del estertor, amor como el almidón inagotable de cualquier imaginario, lámparas líquidas en la agonía de la cópula, abismos de doble muerte en la boca, sábanas donde cae toda la ebriedad del cuerpo, las imágenes dispersas del café espeso, fascinantes dominios de la desmesura alada de dos cuerpos en las esquinas inverosímiles de los poros, del calor espeso del sexo. —Nos ahogamos en esta locura de azúcar, en la tortura alada del aliento, al punto donde la marea llega hasta la garganta, y el espejo del vértigo atraviesa la vellosidad del enjambre, los veleros hilvanados de la lengua, la siembra transcurrida en la  cara  de los desvanecimientos del espejo y el vuelo, en el resplandor de la mirada acostumbrada a la multiplicación de los milagros. Desde el suspiro, el tiempo saliéndonos de los poros, traspasando la luna roja del espejo, las sílabas de las pupilas abiertas a las ventanas donde abrimos la esquina de los rincones del alma, el mundo hipnótico de los sonidos, el semblante cóncavo del pecho, el témpano de calor de nuestro propio mundo. Aquí perdimos la mirada cuando la lluvia se lanzó sobre nosotros, cuando escribo en el poro terrestre del abdomen, cuando el labio se vuelve terrestre ante el paisaje, bosque de aguas, tanta adversidad, no obstante,  en nuestro pecho, mundo de espasmos alrededor del hambre. Tanta tempestad detenida en los párpados. (Sobre el pecho, alguna vez, la esperma irreprochable de la lluvia. Ahora, pálida la brisa de aquellas planicies; punzante la incertidumbre del solsticio.)
Del libro “MOTEL”, 2012 (Inédito) 170 pp
© André Cruchaga