miércoles, 2 de noviembre de 2016

ATRIO DEL GRITO (MONÓLOGO)

Imagen cogida de la red





ATRIO DEL GRITO (MONÓLOGO)




Avanzaba a lo largo de una calle ancha y continuaba
en otra angosta y más oscura, que olía a orines. Esa angosta calle escalaba la
ladera. Caminé frente al muro, piedra tras piedra. Me alejaba unos pasos, lo
contemplaba y volvía a acercarme. Toqué las piedras con mis manos; seguí
la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los
bloques de roca.
José María Arguedas




Uno de cierto, quiere escribir o si fuese posible perennizar las tantas fugacidades de la vida, escribir la serpiente de los escalofríos, desposar el miedo a los crepúsculos, masticar los jardines de granito sin que decrezcan los ensimismamientos. Hay tantas furias y grietas y tormentas desmoronándose en las sienes, horcones de remotas túnicas, estanques negros imaginándonos. La historia no deja de ser un costal de huesos en el sudor que provocan los analgésicos. Pienso en las infancias. Siempre son extrañas las infancias, desde los incensarios bautizados con sollozos, desde los vastos atrios del grito, o desde el tartamudeo de los guacales en las aceras. Lo efímera acaba por perennizarse: es extraño el silencio y todo lo que va muriendo en nosotros. Son extraños los mausoleos y los esqueletos que taladran el aliento. Son extraños los trenes que uno recuerda cuando roncan en medio de los cementerios, cuando desde algún sitio uno ve en retrospectiva los rieles olvidados. La vida es esa sucesión de instantáneas, con flecos de ventanas mojadas, con mochetas de indiferencia en los ojos. Una vida es todo ese día interminable de espejos, inexplicables, por cierto desde la antigüedad de la conciencia o el raciocinio. Ni quiera la tumba de los sueños es gratuita hoy en día: hay que pagar por estar vivos, por transitar en medio de los horrores, por la risa. Todo tiene razón de ser cuando se piensa en los zoológicos o en los ceniceros. ¿Qué hay del otro lado de los almacenes oscuros del tiempo? Quizá pésames y huesecillos retorcidos, saliva e imposibles que juegan a los vacíos. En el fondo nos imaginamos diversos paisajes. Heridas en deshielo, imágenes a lo mejor estériles. El pesimismo no es algo que emerge de la Nada. Hemos tenido años de incesante escarcha, graznan frente a los espejos las exhaustas ojeras del granito, las venas rotas del fuego, la boca condenada al gemido, o al delito desgarrador de lo inconfeso. Uno se harta de pelajes y apetitos, uno se harta de la voracidad de la zarza, de la sombra encendida de lo tórrido, de la medianoche que acecha los sueños, de las miradas de hierro que penetran en el alma y envenenan el aliento. Sin duda cada quien se alimenta con sus delirios. Cada quien malgasta su sed en el ansia de los absolutos, cada quien destripa la ceniza que lo devora. Yo veo la radiación de la maldad a pocos pasos. Veo caer puertas y peldaños y ojos y conciencias. Veo lamer la sal de púas del rebaño, el puñado de espinas alrededor del aliento, la mudez de los espectros en medio de las aguas, los calcañales rotos de la ternura, el camino marcharse de nosotros, hacia el escozor de las paredes pintadas con grafiti. En la pobreza de mis espejos, los extraños lavabos para el pánico. A veces, sólo me limito a caminar sobre la vía pública de las grietas. No hay escrúpulos ni papel higiénico, ni ventanas explicitas para cegar de una vez por todas, la oscuridad. A veces uno llora junto a los grifos de las mortajas, y forcejea con los zambullidos definitivos de las aguas oscuras de los sueños. Ante el ojo tirita el costado del mundo y los horrores disfrazados de arco iris. No sé hasta donde son verdaderos los misales, y el fuego infraganti de la astucia y el puntapié tirado al tiempo. En algún sitio se endurecen los extravíos con cierto verdor de musgo u ombligos. Doy fe de todas mis rodillas imaginarias, de los mares que se erizan frente a mis ojos, de los bocetos de barro que horada el viento. Doy fe de los centímetros de aliento que se disuelven en las horquetas del calendario, pero también, de los cascos que irrumpen en el entrecejo.
Barataria, 01.11.2016