miércoles, 16 de noviembre de 2016

“QUISIERA SER FELIZ DE BUENA GANA”

André Cruchaga





“QUISIERA SER FELIZ DE BUENA GANA” (MONÓLOGO)




Ese paisaje se hiela menos sobre el espejo
que sobre las uñas de los muertos
que han de resucitar
con los dedos convertidos en flres
en flres de agonía y de salvación
Luis Buñuel




Durante parte de esta tarde y por esas casualidades de la vida, me he encontrado con un hermoso texto  (inmensamente entrañable) de don Ciro Alegría, en el cual cuenta las impresiones que él tuvo de niño, teniendo de maestro a César Vallejo. La vida es sumamente reveladora. Cada día nos vierte imágenes de diversas naturalezas, como la de Vallejo, encantadoramente adusta. Yo tuve las mías entre calles y estaciones de ferrocarril, entre tempestades y locura, aprendí algunas cosas en la escuela: resulta que a veces la escuela enseña el luto del espíritu, y el miedo a las ventanas. “(Es duro afirmarnos en la sobrevivencia, sin que uno haya despejado las dudas,/ o ese martirio de los recuerdos que no abren en definitiva las mañanas./ En realidad, todo queda en ese sentimiento de fuga./ El sentimiento nos afirma o nos niega. ¿Qué de raro tiene la negación/  que nos arrastra? Este tiempo que nos baja con gritos de espinas. (...)” son demasiados los recuerdos, como el despojo del alma, los pensamientos, las alegrías, las tristezas. Nada queda después, aunque se quieran aprehender esos suspiros. A veces finjo puertas y ventanas y ese olor a habitación desordenada y esos espejos sordos y ciegos frente a la mirada ahorcada por el tiempo. Levita la memoria en sus campanadas de vuelo, qué nos sobrevive sino a menudo la nostalgia, las estrofas de bocas, versos luminosos del jadeo, sinalefas de tortuosa libación. Supongo que el tiempo es una enfermedad perenne en los ojos, concurren develaciones e inocencias. La vida es la primera y última altura que trepamos: luego todo es ventura y desventura. ¿Acaso alguien logra la plenitud? La vida es un tren de dolores, más allá de los espejismos que alguien pueda vivir. Hay todo un abismo de hastío y vigilias, de desfallecimientos, recuerdos y nostalgias. Uno se nutre de enjambres de salmuera y de realidad tan ciertas como el abandono, o la renuncia. ¿A qué altura diseccionamos las sábanas y liberamos las aguas del fragor, para que el pálpito eleve sus fuegos? Solo sé, ahora, de los desfallecimientos del alma y los silencios. La blasfemia, deleznable, quedó atrás como la rosa de barro inevitable en mis pesadillas. En el fondo, ya me he olvidado, también, de lo inevitable. Me acosan las dudas y los remordimientos, las semillas encorvadas sin dar fruto. Debajo del diente de luz, la bruma que agujerea mi aliento. Las semanas se tornan inalcanzables y oscuras. Ante el arrebato, únicamente las exhalaciones y los brazos yermos sin responder. Ante mi mirada absorta, el vídeo de cuanto ha pasado, la ternura tácita de lo transcurrido. “Debajo del escombro, las dualidades siempre existentes: /los setos y las válvulas de la memoria, el aire roto en el aliento”. No sé qué decir frente a lo que ya no florece. En el umbral quizá el sollozo, quizá la libertad. Todo acaba siendo ataúd, o coágulo manifiesto. Me queda, entonces, escuchar solo los latidos del viento y borrar la sordera del infinito, atreverme siempre a las alas. Fluye toda la sangre en lo corpóreo del poema, en esos ijares con preponderancia de puerto. Respiro bajo el peso del mundo. Pero sobre todo, como dice Vallejo, “Quisiera ser feliz de buena gana” y continuar aprendiendo los diversos nombres que tiene el designio.