miércoles, 1 de octubre de 2014

HUÉSPED

Imagen cogida de la red




HUÉSPED




Desciende ahora hacia el horizonte
donde alguien desaparece
quizás la viajera
su fuga deja sobre el vidrio deslustrado
sólo una lluvia de violetas negras
Jean-Louis Bedouin




ha llegado la sombra hasta este instante de ciudad desierta los ecos que a ratos cobran vida la estación rebelde del olfato haciendo suyos los vacíos que el delirio ha devastado huracanó sábanas y memoria mordió los ventanales del pálpito hizo del tiempo ocupadas esquinas océano toda aquella invasión de piel en manos y pupilas (pero no cabemos en el enjambre del paraíso) uno debe renunciar a los infiernos el nosotros siempre es una quimera que nada tiene que ver con las mitologías de pronto uno mira las hondonadas del mundo los muchos paraguas que hurgan en invierno ¿sirve de algo el tiempo en las bocanadas de aire que avientan los objetos sobre nosotros?  esperamos tanto tiempo en los invernaderos sin siquiera pensar en lo irremediable: no hay absolutos en los pelos del alma en una palabra dijimos toda la muerte hoy desearía abrazar el pulso de aquel albedrío y deshacerme de todos los tiliches desdogmatizar por ejemplo la resistencia de las espinas heredadas hasta entonces mi conciencia estará tranquila de pronto siento en la espalda la astilla de barro en mis harapos toda la tortuosidad de la noche en la bicicleta de mis huesos oxidados cruzo el paladar del ascua con la marea rancia del aserrín (la puerta los pañuelos el ala) el altavoz de la fiebre de mis años la indigestión del miedo y las paranoias las cuartillas de pólvora que se alzaron sobre nuestros ojos los violines increíbles de los moscardones: ha sido sin duda la muerte más extraña que he tenido la muerte más silenciosa y definitiva el reloj del caos en mis noches de tinta acribillada la clandestinidad me dejó miserables barrios orgásmicos la cris de los sueños solo me recuerda la ceniza la escalera un poco incierta de las pestilencias con su torpe cerradura de herrumbre ni de rodillas puedo invocar aquella botella de mar los años de luz de la alegría todo aquello que conocí tenía luz trepaba al pan de la brisa su voz colina entre sábanas faro en la estrofa de la madera (sobre la mesa) ese nunca podrá ser ya el borbotón de consonantes sobre las baldosas ni la hogaza de cierzo salvo el hollín inalterable sobre el espejo de algún cardumen de lágrimas hoy deambulo largas sombras de litorales mudos roncas arenas en el dialecto de la sal ¿qué puentes se aferran al ángelus de las semanas? ¿qué caminos no envejecen en el aliento? un crucifico quema al espantapájaros de mi pecho un grito calcinado ronronea sobre el taburete del horizonte al término de la colina el anfiteatro del tejado solo el esqueleto de la página quizá unas palabras desvanecidas a través del encaje del ánfora allá en la torre de Babel mis emociones iletradas arrugadas de caminos secas como un pilar envejecido si algo ha quedado después de todo en la habitación es la gota curvada del silencio (esa larga penitencia de los vitrales en el fondo de la memoria)
Barataria, 29.IX.2014