miércoles, 9 de diciembre de 2015

APRENDIZ DE VIGILIAS

Imagen cogida de la red




APRENDIZ DE VIGILIAS


A  Ioana Haitchi,


No sólo es abstinencia sino la necesidad de estar despierto ante el recelo
y la peste: existen hoy lugares desnudos y salobres donde la escritura tampoco
sirve de mucho, ni siquiera para la primera plana de los periódicos;
uno, apenas, pasa un trapo mojado para limpiar las migajas del cuerpo,
y las cucharas de plástico, y las cacerolas de peltre.
Resulta que este aprendizaje de vigilias se ha tornado témpano, y nos come
el alma, los goznes, tal, el paisaje suculento para cuervos.
¿Despertar? Siempre estamos despiertos en esta ciénaga, en estos sueños
de henchidos piojos. (En el delirio uno piensa en el paraíso perdido
y no en palas, ni azadones, ni ataúdes. Vivimos amordazados hasta las ingles
por el musgo, por la amenaza. Pulsan los anzuelos del desvarío.
Tal vez un día toda la pestilencia caiga al vacío.)
Uno escribe esperando que después de la tormenta se limpie la oscuridad.
¿Qué boca no será noche en los días venideros? ¿Qué desnudez encontrará
cobija antes que el frío carcoma con gritos y alaridos la otra cruz violenta
de las ojeras? —Éste no es film del cine Cannes, de Moscú, Berlín, de Morelia,
o de El Cairo: el poder también se mide por los deltas de la bruma.
En el río imaginario de la garganta, todo es tan real como el aliento del ciprés,
y sus derivados cimientos. ¿Es posible, pregunto, evitar la castración
de la conciencia?  Ver el ojo de la sombra sin necesidad de lentes binoculares.
A veces, en la órbita de las posibilidades, la fatalidad posee nombre y apellido.
Barataria, 29.XI.2015