viernes, 27 de noviembre de 2015

QUEBRADA LUZ

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QUEBRADA LUZ




Me quedo aquí en la antología de la noche viva, a la vieja espera de los mapas.
La luz tiene el sabor de las paredes encaladas, y también de los malabares
tropicales del paraíso: en la mansedumbre de las curvas, el litoral simétrico
de la promiscuidad, o la muerte penúltima de la mesa vacía.
Siempre los viejos murales de alguna autobiografía, las hondonadas del aire
sobre la tierra, esta luz que me recuerda con dolor algunas manos, calles,
exequias del color de lo real. El cuerpo y los caballos de fuego, solo sostenidos
por la brida de contención del inicio y el final.
Asumimos esta quebrada luz con el puñal en los poros y el salivazo ancho
de la muerte, y los tiliches a capricho de la esperma, y el vendaje despedazando
el silencio: uno vive intoxicado por innumerables vertederos;
y sucede que el cualquier parte hay arenas movedizas, oscuras arrugas
y universos terroríficos como la conciencia.
(No sé si exista algún jabón para lavar la miseria, o una pócima para teorizar
acerca de la vida, una almohada que haga suya la ternura, no el ojo feroz
de un barrote en el pecho. Ahora, —y como siempre— se mata sin piedad
la inocencia. ¿Dónde estará el último fuego?)
En los huesos, el ciprés y la puñalada de la indiferencia. Meses de sombra.
A través de voces salpicadas por la escoria conocemos los bordes de los tapices
que cubren las ondulaciones del zodíaco. Nos corroe la oscuridad, mientras
la luz, —casi imaginaria y huidiza—es súbita facción de lo lejano…
Barataria, 17.XI.2015