lunes, 16 de noviembre de 2015

DESVÁN INDELEBLE

Imagen cogida de la red




DESVÁN INDELEBLE




Yo no llego de visita a esos lugares pantanosos del tiempo: a diario los transito.
Quizá a algunos los deslumbre la ventana oscura donde levitan las arañas,
quizá otros sean turistas de estas calles y sus aguaceros consuetudinarios,
quizá nadie se alumbre con estos desvelos,
ni hurgue en el cordón umbilical
del oscuro foco doméstico carcomido por el polvo húmedo de la historia.
Por cierto, en el cordaje de la hoguera, la memoria y su delantal indescifrable,
los rostros y sus gargantas tenebrosas, el cianuro en el paladar,
las vísceras y su vejamen de lunas.
No conozco otro desván a la carcajada siniestra, ni otra mano a la que sostiene
el machete, ni otra memoria a la exasperación del filo.
Ni otra eternidad a la del chorrito de agua cayendo del tejado sobre la cobija,
ni otros dientes oscuros a la del candil y sus trocitos de humo,
ni otro aire al sofoco que producen las castraciones.
Sobre el ojo del día, el ojo de la ciudad y sus inclemencias, la epidermis
y sus gérmenes. (Cada ráfaga es la expresión del tiempo: me colmo de todas
las aguas, pero también me cuido de ciertas noblezas e infiernos.)
Alrededor de la excomunión de los amantes, el nudo ciego del kerosén
y sus argollas de fuego. Encima de las negras pasiones de los andenes,
la confabulación de las alcantarillas y su bajo mundo de petates sucios,
y su vieja consigna de sarcófago:
al final la única artífice de lo indeleble es la entraña y el pulmón de la página.
Barataria, 06.XI.2015