miércoles, 4 de noviembre de 2015

HABITANTE DE LA DERIVA

Imagen cogida de la red




HABITANTE DE LA DERIVA




Ante las estaciones uno está a merced del viento, es decir, a la desorientación
en este infierno entre tempestad y torbellino: uno muere justo cuando la lengua
deja de obstinarse a la boca; allí, en el cántaro que sobrepuja en el lodo,
la voz descuajada y la gota de salmuera donde palidece el tránsito.
Nunca son necesarias las despedidas cuando falta luz a la región del alma.
Cae la podredumbre errante de los tejados,
las noticias incoherentes en el desayuno de los políticos, la artificialidad cuando 
se habla del hijo pródigo, o de la semilla buena o mala.
Lo menos incoherente entre las libélulas es la ceniza; otros, se rasgan vestidura
y conciencia, hasta el punto de inventar razones. (De pronto hasta los aleluyas
son imposibles para cantar desde la seducción de sus ataúdes.)
Unos, no le encontramos rumbo a los repartidores de semita y melcochas;
a otros, apenas les alcanza el barniz consumado en las tapiales, o muros.
Con suerte, son visibles las últimas tormentas del año: la carroña que habita
los sueños, los osarios anudados a la arcilla,
las aguas carcomidas a la altura de la barba, esta suerte de sombra y orilla.
Sobre el pedestal del insomnio, no existe invernadero de luciérnagas,
ni claridad, ni rumbo: los gemidos aletean en cualquier dirección, también,
la pulsación de ciertos pájaros, —pájaros ahogados en los rieles del humo—,
los caballos sumidos del aliento. La espuma cuyo río se evapora.
Justamente el sollozo nos hace huéspedes o jinetes de sordas ciénagas.
Barataria, 2015