sábado, 4 de abril de 2015

ALBAS DEGOLLADAS

Imagen cogida de la red




ALBAS DEGOLLADAS




En la defunción de las palabras, ese otro planeta donde relampaguea la muerte.
El alba, acaso, sin una pisca de raíces y profundidad y placenta.
(Cada quien ha roto, cercenado, mutilado el grito del cierzo, ha asesinado el sexo
de las estampillas y desgarrado el pan en minúsculas partículas. Alrededor nuestro
 los cangrejos en miniaturas, y ese pedazo desgreñado de sol en las mañanas. 
Y ese brebaje de puertas sin ojos y ese perfume apretado de genitales.)
Uno siempre tiene que estar teatralizando los sueños.
Quizá renegar de tanto sudor en las axilas; quizá de agonizar invocando seres
extraños: ángeles, arlequines, oráculos, relojes que no dilaten la profundidad
de tanta lejanía. La desnudez siempre es como el mundo de la demencia.
En la alforja del pálpito no se pueden guardar tantos días con mecates,
ni sostener los desmedidos bolsillos del miedo.
A cambio de nada degollamos el alba; y sin embargo, lavamos con salmuera
los pañuelos de la historia, los pies que siempre recuerdan las ausencias.
¿En qué covacha de sombras cabe la esperanza sin hacer analogías patéticas?
Dentro del vacío de las cacerolas, el castillo de naipes pintado de arcoíris.
Sólo nos queda el excremento de animales disecados.
—Vos lo sabés cuando la piel roza el asfalto del calendario: siempre el filo
conmueve en lo indefinible. Después de todo sólo nos queda entre manos,
la uña del semen y los lavatorios de curtidos dolores….
Barataria, 28.III.2015