sábado, 22 de octubre de 2016

SOBERANÍA DE LA CARCOMA

Imagen cogida de la red





SOBERANÍA DE LA CARCOMA




La palpitación de las cornisas es así: de a poco la polilla carcome el resplandor
y solo queda la escupida de saliva sobre el tráfico.
Es tal la soberanía de la carcoma que no hay árbol ileso, ni alma sin sombra.
Muchos se ufanan del ceño fruncido de la historia y de sus comensales voluntarios 
y de sus menudas exquisiteces.
Ya hemos hablado de cuánta  dignidad tienen las monedas, de cuántos fuegos
la mano invisible del viento, los pétalos amarillos de las sombras,
las aguas escondidas del aliento y su cancionero de torcida herrumbre.
A menudo solo hay que aceptar esa voz negra que sube desde el subsuelo
a los lóbulos, del estiércol a la calle, de las raíces acurrucadas hasta el pájaro.
(Uno sabe de ese juego de aves de rapiña: afuera están todos los peligros,
el miedo al golpe en la otra mejilla, los pormenores del frío escarbando
en las cuatro paredes de las cicatrices, o en las lavanderías de la intemperie.
Desde siempre, entonces, nos embarcamos en esta turbiedad tratando
de convencernos de que no pasa nada, de que el vómito no infesta las ventanas,
y que a los genitales nunca les llega la desesperanza.
Es terrible huir. Siempre estoy huyendo de la hospitalidad de los periódicos.
Comprendo la ansiedad que se posesiona de uno en los puertos.
En un día de vértigos el infinito resulta deplorable como el sol muerto de la sed.)
La lluvia es innecesaria cuando llueve en demasía en el cuerpo: la desnudez,
⎼⎼ Dímelo a mí⎼⎼, es historia balsámica en el éxtasis redondo de la carcoma.
Debajo de cada calendario pantanoso, una viga de moscas cohabita
en la cajita de fotografías de la memoria: a veces se impone la locura…
Barataria, 20.VIII.2016