domingo, 16 de octubre de 2016

ARDIDA DESNUDEZ

Imagen cogida de la red





ARDIDA DESNUDEZ




Hay calles donde crece como el césped, la desnudez sinuosa del vómito
y el semen: esqueletos donde se fermentan las eyaculaciones,
y bisuterías, al decir de la gente de todo tipo, relojes, falos, caracoles.
Uno aprende a sacarle provecho a las indiscreciones, a las asfixias propias
del  asfalto, al muñón de los disimulos en los retretes públicos.
Cualquier obscenidad uno la puede lavar con jabón de cuche, o espantar
los mosquitos con las bolsitas de plástico de la perversión.
Todo mundo disimula los oídos de la noche.
Las historias anónimas maduran en aquellos lugares abisales propios
de los reclusorios: en el flujo de las horas, la escarcha de las ráfagas, el deletreo
de las infamias junto con el rastro negro de la miseria.
Vos sabés de todas estas oscuridades. La ira resuella al igual que la pestilencia,
y esos alientos mortales de víctimas y victimarios, de extremo aferramiento
a los matices y al silencio sin deletreo de la memoria.
A menudo la usura invade los sudores del cuerpo.
Nunca es aleatorio este duelo gutural o de dientes para morder la solapa
de los encajes, el consagrado verde del ombligo, o el azul de un mundo voyerista 
hecho para flotar en la herrumbre de los juegos de la barbarie.
Vos siempre alcanzaste la ventana mojada de la desnudez;
yo aprendí a leer los caudales de desesperación, el tiempo infiltrado pareciendo 
una eternidad, cuando en realidad es un solo instante, un horroroso espejo
de oscuridades, un momento de posteridad para volar vilanos.
Por desgracia, la muerte, no es simple orgasmo, sino también un desafuero.
Barataria, 14.VIII.2016