viernes, 21 de octubre de 2016

MONÓLOGO (FERVOR DE LAS PALABRAS)

Imagen cogida de la red






MONÓLOGO (FERVOR DE LAS PALABRAS)




La mirada que te mira contempla el crecimiento del naufragio y su sombra
empezada ante tus ojos sin saber nunca en donde y cuando termina la
profunda latitud inferior de su ceniza contempla los sonidos vagabundos
de los hombres los caminos en fias de sonámbulos los pájaros en fistas de
mirajes o en tumores del aire la mujer que lava la vidriera de los pulpos y
mañana las cascadas en magnífio estado y el oso como regalo de miel.
Vicente Huidobro




Señales hay muchas para leer la realidad. Cualquier puede ver el  horizonte. No hay nada sobrenatural en escribir poesía: el poeta es alguien sí, que a mi modesto entender sabe leer e interpretar su tiempo. No es un adivino en la acepción clásica del concepto. Padece igual o más al resto de seres humanos. Pero también es cierto que la poesía tiene mucho que ver con la filosofía. (Esto lo digo como mera digresión. Seguramente los expertos, los estudiosos, los especialistas, sabrán explicar mejor esta situación.) Yo sólo aspiro a escribir todos los días. Trato de platicar con el candil o con los relámpagos, procura sentar a la mesa, mi voluntad, mi deseo de explicarme, dispersar la niebla, morderle los calcetines al reloj, buscar la verdad en la boca, evitar el viaje enmarañado de las telarañas. Nada nuevo y sin embargo, leo los años cumplidos de los laberintos, los dientes postizos de las calles, la vieja aritmética de la transparencia, quizá el bien que nunca es del todo visible y de pronto es hasta huidizo. El poema es la humanidad, es decir, retrata esos conglomerados, medita, los humaniza. “No me sirve el espantapájaros disperso de la saliva, ni siquiera este mundo/ con la sombra de tu nombre: sigo aquí extendiendo esa sombra de la espera,/ hecha opacidad mi dignidad, hundida en el vacío tantas madrugadas./ Cada vez me resulta inmensa y distante la estrella de la buena suerte.” Hay una hoguera de alas en la memoria, a menudo, difícil de controlar por parte del poeta; uno busca espacios iluminados, en modo alguno ser Nostradamus. Yo juego en las calles desde mi infancia con la infancia: escribir es recobrar esa conciencia con el conocimiento de la adultez. Si alguien levanta polvo con su escritura es otra cosa. Durante las mañanas, me congrego con mi conciencia, más allá de todas las alimañas que merodean la vida cotidiana. Es probable que uno escriba desde lo maloliente hasta la alegoría. Uno se acostumbra a caminar entre vehemencias sordas, entre los absurdos de la sordidez, desde la amargura o embriaguez de la ternura. Desde mi sombra el esbozo de luz de los espejos, los callejones al costado de la memoria, los riesgos siempre de la escritura y el bagazo a deshora de los ruidos. Un poeta hasta donde sé no es un ser sobrenatural, bíblico, etéreo. Vive continuamente en medio del fuego, y niega los trapos de la indiferencia, camina sin tener excedentes pecuniarios. Un poeta es alguien que tiene a la diestra la palabra y humedece las calles de significados. Digamos que uno le abre la compuerta al subconsciente y que es el ojo quien advierte los almácigos. La respiración sin duda es un destino: la polución de los escapularios también es un destino, lo es esta terca manía de las palabras, el fuego orgánico del aliento o la herida. Alguien lo toca a uno desde cierta otredad, alguien en lo indispensable para transitar las calles, este avispero que necesita respuestas. Nunca he tenido nada que no sea voluntad. Uno a veces es objeto de risa, y también desespera en lo interminable, en lo perfectamente inmóvil, frente a cada extravío: al final es el poema quien constituye el juicio final, las marcas que nos deja la intemperie. No, yo labro la tierra con mis propias manos y hay noches y días con bocas y manos. Nunca me sentado en mesa que no sea la de la esperanza. Procura trabajar con las palabras, eso es todo, porque las palabras lo nombran todo, porque las palabras trajinan, porque las palabras viven, porque las usan los desconocidos, los enemigos, los limpiabotas, los cortavidrios, las putas, los ladrones. Las palabras escarban en medio de las ciénagas y establecen su propio reino. Aun en la máxima sordidez o exabrupto, el fervor de ellas: huelen siempre a tiempo y a balanza, la eternidad quizá las petrifique, les dé siempre un valor de videncia, una inocencia de remanso, la luz siempre de los sueños, no de mercancía.