lunes, 10 de octubre de 2016

JARDINES ABISALES

Imagen cogida de la red






JARDINES ABISALES




Debajo de las semanas, las arrugas apiladas del paraíso. Todos los ruidos
abiertos de la espuma del subsuelo: los fermentos y su audacia deshabitada,
la agonía al momento de romper las armaduras,
los aullidos de las largas distancias de las sombras, voraces, metálicos,
como el chillido de un pájaro trepando la pared.
A menudo todas las siluetas se reducen a libélulas, a vecindad porfiada.
Uno se asoma a la puerta ante la respiración sinuosa de sombreros y gusanos,
ante el aliento en desbandada del hambre y sus descaros.
Quizá sea verdad aquello de las mazmorras y su próspera indiferencia.
Ante los muertos, uno sale a tientas a la calle, casi como acercándose
a un prostíbulo, donde se leen las páginas amarillas de los periódicos.
Alrededor de ciertos automatismos emergen del subsuelo ciertas manías,
la de morder por nombrar una,  la arcilla de las catacumbas,
la de contar los minutos en el candelero, la de embobar las aceras
hasta el punto de ver rotos los bultos de la resequedad, el sobrepeso del golpe,
la horqueta abierta de los jardines abisales, el corsé de saliva 
en los amanuenses irrefrenables, el hojerío ficticio de las palabras.
Al mediodía uno ve las mareas hasta donde llega la hinchazón de las campanas.
Alrededor de cada mano, las oleadas de bolsillos, disimulando su atropellado deseo, 
el mismo, el de siempre, el que nos recuerda el grito.
Luego de las tantas reverberaciones de la paciencia, uno acaba por ser objeto
biodegradable en la gran urbe invisible del silabario…
Barataria, 08.VIII.2016