jueves, 13 de octubre de 2016

EXTRAVÍOS (MONÓLOGO)

Imagen cogida de la red




EXTRAVÍOS (MONÓLOGO)



El espectro conocido por las tempestades como un caballo afiebrado
Aporta arbitrariamente su celeridad en los ojos del crepúsculo
Estamos bloqueados por los remordimientos
El ataque de los remordimientos con voz de noche y lobo moribundo
Alerta sonámbulo fulminado tus argucias llegan demasiado tarde
Cultivador de metamorfosis en oscuros domicilios
Como refrenar el fuego mensajero del populacho
Y recoger los actos olvidados en el camino
Vicente Huidobro




En esta acción de perderse uno, de reincidir en esos extravíos de la historia, hay herrumbres, faunos y bosques; hay arlequines con pájaros en las manos para simular otro mundo. Cada vez la turbiedad canta y se declaran zonas, geografías de emergencia nacional: sólo para resguardar el confort, mientras se cubren los espejos rotos de los simbolismos. No puede ser orgullo nacional consagrar toda una vida a masticar epitafios. Aquí, los ríos son mucho más profundos que los de José María Arguedas. “Un espejo o una cruz reducen todas las miradas postreras de la fugacidad./ Vuelve el áspero ijillo de las cenizas reflejadas en la conciencia./ ¿Quién puede desasir la tanta confusión de los diptongos y desnudar / de una vez por todas el frío secular de la desesperación y el nudo ciego/  de las manos? ¿Quién puede dejar de ser marioneta suplicante en medio/ de historias cansadas, o féretro entre tantas histerias y pestañeos?”  ¿Nos salva, acaso, escribir todas estas “iluminaciones”, las oblicuidades amañadas en el rictus del poder, en el despojo de nuestras alegrías, en los regresos siempre a las inclemencias del granito? Cada quien es el rostro que lleva en su conciencia, los deshielos que sufre después de quitarse el disfraz, las trampas de las vendas, y esta intrincada extremaunción de todos los días. Hay semanas indeterminadas como un enfermo crónico, hay aflicciones inducidas, como los amores siniestros, como un tren que nos arranca de tajo la melancolía. La verdadera cara del país es la penumbra, las anticuadas vestimentas de la realidad, las personalidades administradoras de la indiferencia, los delegados para colocar pedacitos de trapos en la historia, o esos pedacitos colgarlos de las telarañas. Es cierto, uno debe comprender que no existen los milagros: hay que ser ingenuo o demasiado perverso para creer lo contrario. Muchos se gastan la vida produciendo para otros la tristeza, o la muerte ajena, o algunas sombras definitivas como la de las moscas. No veo nada diferente a la desesperación; cada quien usurpa bienes y fotografías inexorables. Hablo de nuestro tiempo  y del desdén al que estamos sometidos, hablo de los balcones con preámbulos de ceniza, hablo de toda la esperanza defraudada, de lo único que tenemos si acaso, algunos como el recuerdo. Hablo de morir porque ya se agotó la belleza, los rostros reconocibles, la escritura cierta, los cumpleaños sin pelajes. Hablo de las personalidades que nunca se ven, de los invisibles, de los que antojadizamente nos muerden los calcañales. Hablo de los ojos que han perdido su temeridad. Hablo del grito que cruza los lóbulos y de los perros que mean las estatuas y defecan a juzgar en los alrededores de la mesa. A uno solo le queda morderse minuciosamente las arrugas, en todo caso rascarse las ojeras, dudar del bostezo y los afrodisíacos, procurar con cortapapel la inmortalidad. Yo no sé cómo quererte, le digo a la poesía después de todo. No lo sé después de tanta fidelidad absurda, no lo sé cuando mi actitud es sólo de olvidos, de ascos y obscenidades. A veces, por ejemplo, quiero distanciarme de las palabras, pero no encuentro otro refugio, otra manera de tararear los absurdos, las frasecitas bonitas que nos dicen. Soy feliz, después de todo, respirando todas las dudas que nos deja la respiración, los argumentos que nos promulga el frío. Empiezo a escribir siempre por donde menos me lo imagino. Detrás de las semanas la locura es oficiosa. Amo todos los movimientos de cabeza para decir sí, todas las hojas que caen así como con desmayo del árbol del aliento, tal voluta de ceiba o humo de cigarrillos baratos. Ya me he acostumbrado a no entender nada de la humanidad; a veces simplemente enfurezco junto a los murciélagos. Con todo, hay lugares fascinantes como los patios alígeros del otoño como una estatua olvidada de sus cansancios. Me gusta, en verdad, lo pintoresco que somos los seres humanos sobre todo cuando no ocultamos lo prosaico del veneno.