lunes, 24 de octubre de 2016

ESPEJOS DE LA DESHORA

Imagen cogida de la red





ESPEJOS DE LA DESHORA




Hay ciertos espejos que envejecen como la deshora en el vientre negro
del papel quemado: ni siquiera los convalecientes gozan de buena luz cuando
la ceguera arrecia como una rabiosa tormenta de deshielos.
Sobre algunos ruiditos de esperma el piojillo inerme de los trastos viejos.
Frente al frío tirita la humedad de las habitaciones, los pensamientos íntimos deshaciéndose en la nada. Las equivocaciones y sus ansias de verdad.
Pienso en la rueda de los relojes y si un día tendrán alas inocentes.
Las ruedas de prensa son otra cosa: nunca tienen sentido, o el sentido está
en lo estático, en ese decir tanto y agravar las horas en menoscabo de aquéllos 
que ya se lavaron las manos, en la antigua sombra de una bacinica.
Otros jadean en la penumbra del vaticano.
Otros y otros y otros y otros ensayan su vida después de la muerte.
Otros y otros y otros y otros duermen invocando las enseñanzas de Zaratrusta.
Y otros cierran los ojos para ver los imposibles.
Quizá un día canten su esencia en el subsuelo todos los ataúdes.
Antes de absorber todas las deshoras, es preciso contabilizar los ojos ciegos
y la saliva que fluctúa como mercancía para infancias tristes.
Desde el telar interior, uno sabe por dónde flamean las costuras y las viejas mañas 
de desenredar el pecho con un poquito de espera o paciencia.
Todo zumba debajo de las aceras y el asfalto: las voces de unos y otros,
la neblina de sed que arrecia sobre la garganta de las palabras, la soledad
alargada con aplausos, el dolor siempre que nos desvive en su roto invernadero: 
invoco por un segundo la obviedad de las cosas…
Barataria, 2016