lunes, 1 de agosto de 2016

METALES CIEGOS

Imagen cogida de la red





METALES CIEGOS




Nos confunde la órbita oscura de las luces ciegas de la soledad: el fósforo
sobre la piedra calla, como la pluma del aliento que se desprende
de las esquinas de los metales, de la fría cobija de los andenes y su paraguas
de zozobra. Suda el cadáver inmóvil cuando cruza el sudario roto
de la lucidez, cuando bracea los límites de escamas de La sospecha.
Uno no sabe a qué atenerse ante el callado ahogo de los excesos ardidos
de opacidad, ni qué contradicción es la más racional dentro del laberinto
del excesos o espectáculo: después uno sólo ve el tartamudeo
de la lozanía, y su menguante de mudanza fiera.
Llegados al punto ciego ─no obstante─ de lo insensible, la confabulación
sigue como el moho de los resortes en la boca,
como las axilas insólitas del traspatio: ¡cuánta dolencia destapada!
Tantos días de semana llenos de tiliches, que es imposible escupirlos.
Tantos, quizá, entonces, degollados. Tantos lavatorios y jorobas.
Tantos, acasos y estrías y crímenes, en el costado. En la habitación del sinfín.
Sólo alumbran las jaulas del espejismo en su fiera rotación.
Aprietan los espejos con su envoltura de cuchillos.
Para entender este fuego cruzado de metales, me disperso como una mosca
en medio de la penumbra. Como el ijillo en lo inmóvil del esqueleto.
Mientras siguen los cadáveres con su locura, me oigo en el escapulario.
Acepto mis ojos ciegos,  ahora sobrevivientes de muchísimas mareas…
Barataria, 2016