martes, 16 de agosto de 2016

ALTO OFICIO

Imagen cogida de la red




ALTO OFICIO




Altos inviernos los que se ciernen de adioses cada día. Las calles de la ciudad,
y su puñado de horas comulgando con este oficio de salmuera,
ahí donde la desnudez se cobra todos los sueños. A menudo caminamos indefensos, 
en medio de la alambrada que muerde la saliva, cerca del sombrero mortuorio 
de la sonrisa. ¿Dónde queda mi escritura con tantos cansancios?
Debo seguir reconstruyendo mi dentadura; galopa la tinta como un pájaro
incorregible a lo largo de la garganta.
(Mañana, o no sé qué día, me sentaré a la mesa junto con el público.
Mañana o no sé qué día, el poeta y su red y el río, las duras aguas en la brasa
de la escritura, la hoja del puñal dentro del cordero, el duro pavimento
de la espina, la limosna cansada de los ciegos.
Mañana o no sé qué día,  el infinito hurgando en las larvas de lo hosco.
Mañana o no sé qué día, los pulmones siempre abiertos, sin ningún misterio.
Mañana o no sé qué día, en el ataúd, la gallina de los huevos de oro.
Mañana o no sé qué día, acaso el galope de tinta en las regiones más oscuras
del ojo, esa otra agonía de los que nunca duermen y saquean el tabanco.)
Escribo sobre los jirones enlutados de las ventanas.
Escribo desde la mano de nadie: sólo me sostengo de las ramas de mi fuerza,
y festejo con banderas, las colillas deshechas del miedo, los dedos del viento.
El poema pone la rosa de miel en mi boca, la tierra y sus aleteos de pecho.
Todo sin saberlo, las municiones y la ráfaga de luz del cierzo
Barataria, 2016