martes, 30 de agosto de 2016

GOLPE DE PÁJAROS

Imagen cogida de la red





GOLPE DE PÁJAROS




Los pájaros de la lluvia
picotean los trigos de los charcos.
Juan Larrea




Es cierto, en una y otra cerradura hay vestigios, miserias, esperas, sonidos. Hay una gota de mi llanto colgando de la rama de la indiferencia: un cristal de sal muerde mis cabellos, a veces tienen forma de alas los vilanos, o las plumas que secan mi cara, el harapo sordomudo del tintero. Cada día proliferan los asesinos y escasea el superávit; me resguardo en la solapa de la cresta de los pasos a desnivel, allí, donde las espinas inicuas, enervantes, tiran sus panfletos.  Hay golpes de pájaros como la soledad de los brazos, sin decoro, sosteniendo lo irresistible; en la desnudez nocturna de la espera, la boca parpadea de piel como una hoja arrebatada por la infancia. Cuando cae el río del cierzo sobre la mesa, las descargas desenfrenadas y diabólicas de los minutos: todavía duermen los analgésicos en el mingitorio seductor de lo sulfúrico; sobre el deseo animal de mis ojos, la campana despereza su evangelio para ensanchar feligresías y limosna. Después de todo, los pájaros se asoman a los postigos, a ese amarillo mortecino de lo extraño, al ronco crujido de la luz en desbandada. Tal el agua o el olvido, la sangre agitada de los ahorcamientos, el columpio peregrino de la saliva, el cielo olvidado de las brújulas jugando a rasgar los poros. Cabalga el péndulo del sexo en su llanto de reloj peticionario; soplan y caen los epitafios de las plumas, el paracaídas en plena zafra, las bisagras de las sábanas o los pañuelos, el paladar hondo en las tumbas arrasando con todas las quemaduras de las pústulas. Siempre el magnetismo detiene mi desenfreno, el ahogo de la tierra invisible, los estornudos y su muda solfa, el nómada gris de los prostíbulos, las bocas mordiendo los rascacielos de esos pedacitos de carroña del hambre. En medio de todo ese golpe de pájaros, los largos interrogatorios de las salpicaduras de los zancudos; ese volumen migratorio de los pétalos sobre la isla geométrica desdentada del ombligo. Me uno a toda esa pirotecnia de las jarcias y la piel, al mundo suburbano de los hangares, a ciertas fosforescencias procreadas por los abanicos del metabolismo. Ya he visto lo suficiente para entender este trópico de disfrazados paraguas y tombillas; el tabaco verde de la desnudez gotea dentro de pájaros   sumergidos en el horizonte de danzas degolladas. Cada quien muerde el ojo de la brasa y sus posteriores derivaciones. Mientras trepa el vapor de las aceras, es necesario quitarle las espinas al follaje, saltar sobre los viejos susurros, morder la dureza húmeda de los párpados y los ovarios. Uno se harta de duplicar los jirones del papel empaque cegado de las lágrimas, el escalofrío de los candiles sobre el techo, la agonía de caer en la frondosidad de cobijas de un hospital. Claro, hay que apresurar los pies, para cogerle el ritmo a la mortalidad, morder la bestia del rumor y las oblicuidades de la tribu. Me he vuelto, en cierto modo, consultor de cuchillos, de alfileres, de ostias, de ajos, de cebollas, de fragancias como las del viento en su trama de no tan claro alfabeto. Ahora pienso en todos los caminos de Homero, en los dioses funestos de piedra y martillo, en los dioses que se robaron toda la alegría. Yo un humano cualquiera, copulo en mi propia herida: sobre el pecho se abre el territorio mineral del semen, las excavaciones de la muerte, las herramientas abruptas de la ternura. Al museo de las entrañas le extraigo la botella de mar de los suplicios. Todo acaba pobremente en el incendio de la sed: la prueba la tiene el puñal de caballos sobre el aliento, el surco de huesos en donde camino. Al final, no hay nadie, sino la puerta oxidada de la perpetuidad. Respiro y me largo como una campana de ceniza.
Barataria, 31.VI.2016