domingo, 28 de agosto de 2016

CANDIL DIURNO

Imagen cogida de la red





CANDIL DIURNO




Aro de plata para los niños pobres. Ráfaga de martirio.
Hostia de leche blanca. Vientre flotante y fecundo. Bajo tu influencia concebimos y fornicamos los poetas salvajes.
Isaac del Vando Villar




Muerdo los calcañales del candil, en el lugar donde otros tropiezan con el aliento. En los caminos de adelante siempre están las muecas de las sombras, el olor a lejanía del horizonte, el azufre de los relámpagos encima de la nariz. A cada rato se muere la voluntad. La luz fatídica de los cofres y comensales, el nudo abultado de las nubes. Junto al aliento despoblado, el espolón de las espinas rozando la saliva o ese árbol torcido de los anhelos, o la madre condenada a tanto dolor. De pronto, dejo de entender la claridad, subo y bajo colgado del tul de tantas miradas, unas generosas; otras aviesas. A veces en la cuerda floja de las semanas no caben tantas cabezas atormentadas: en el dintel de la ventana, la pérdida de mis ojos, el goteo de la carcoma en la almohada. Allí, arrimo mi candil a la habitación donde pestañea el ojo del sueño. Frente al caos, uno se nutre de malos entendidos: en la orilla de las manos la cacerola y la cebolla, lo profético del aceite y el culantro, la notoriedad de la buena suerte y tantas cosas que aún no se pueden explicar; en todo existe una especie de autobiografía de las cosas: siempre resultan curiosos los lamentos, los talentos de la paleontología, o las raspaduras de los alegatos en ayunas. Dentro del cuenco de mis manos, fluye el tema de los patetismos, los caracoles amarillos como piedrecillas colgando de la garganta, algún libro que me recordará la escritura. Creo que cada cosa tiene su propio azar. Me quedo estupefacto ante la partida de nacimiento de las eyaculaciones, de los incendios que tornaron en ceniza mi hamaca, de los perros y gatos que deambulan alrededor de los candiles. Sí, la soledad, digamos, tiene sus propias instantáneas: no me crean, total sólo soy tentativas; siempre quiero escribir cartas imposibles, escapar de las pesadumbres, no darle más concesiones a lo venerable; creo que necesito un pájaro para leer jeroglíficos, un sólo pájaro para leer el orden sobrenatural, varios comienzos para nadar en las aguas de las escenas que ejecutan las marionetas, un solo tropezón en ayunas para no olvidarme del dolor en las mañanas. Todo mundo tiene la razón: mucho drama; hay que pulverizar o incomunicar a los demonios, morder el celofán impar de la amargura, darle algún purgante a los abrazos y a la tristeza,  también a la inexactitud de las tumbas y los féretros, a las palabras demasiado desgastadas de la fidelidad. Uno no deja de ser perseguidor de cloacas y albañales, de subsuelos y telarañas, de alguna tijera que pode los pasillos del aliento, o el frac engomado de la indiferencia. A ratos, cierto, me vence la racionalidad. Entonces alucino frente a mis desteñidos arcanos; nunca es fácil transcurrir siguiendo la trayectoria del hollín; resulta horrenda la sinrazón, o la razón temprana de las posibilidades. A veces dan repulsión los despeñaderos al igual que los albañales o las alcantarillas; ahora, sólo imploro a lo diurno, a los añadidos que tiene el miau miau, el ding dong, el cof, cof, el  chisss o el sniff, sniff y todo lo extraño que resulta el orgullo nacional en la boca de una morgue. Me da por apenas entender los mareos de mi idiosincrasia, la saliva forzada de lo improbable, lo inútil que resulta pretender una antología de todas las amorosas respiraciones de la geografía. Un sollozo no es diferente a la perversión de las palabras: ojeo la obesidad del candil, mientras siguen los ruidos de la calle…
Barataria, 30.VI.2016