sábado, 20 de agosto de 2016

ADIOSES INSEPULTOS

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ADIOSES INSEPULTOS




Ni en el féretro irrevocable de la memoria y todos los olvidos, esta suerte
de los adioses insepultos: uno siempre guarda en las grietas de las cerraduras,
el delirio de alambique de la memoria.
Por más tierra u océanos, o fronteras, estremece el badajo amarillo del desvelo
en sus socavones de polvo donde cada gota de recuerdo perfora
ventanas, esa humedecida argamasa de tiempo y aguas e historia repartida
en pequeños bolsillos. (En algún sitio, converso con las paredes de los ataúdes;
derribo la panadería de los genitales, el galope sobre telarañas de grises,
el barro de la ternura de los viejos recuerdos.
Aquí siempre en la copa del sombrero todos los adioses dichos, la ceniza roja
de los orgasmos, la hojarasca toda en el hueco de mi aliento.
Aquí y allá errante el humo en las calles, las distancias solemnes del viento,
o de los inviernos; siempre las cicatrices y los huecos que acumuló el agua.
Ignoro si es bueno o malo, esta eternidad del luto.)
Cada quien camina, supongo, a través de otoños rotos y deshabitados.
Giran los candiles en el precipicio de las entrañas, debajo del insomnio.
Ahora sé todo lo que cuestan los recuerdos: un solo pájaro es insustituible
en la garganta, cuando el ojo del frío no borra los olvidos.
Siempre me ha tocado, después de todo, rasguñar la dureza
de las osamentas:  el agujero negro de saliva y procurar ser semejante
a los demás: quizá siempre esté aquí, aquel incendio atroz justo cuando muero.
En el abismo de mis monólogos, tu boca despierta el cuerpo de la evidencia.
Barataria, 2016