miércoles, 3 de agosto de 2016

FLUIR DE LA CONCIENCIA

Imagen cogida de la red





FLUIR DE LA CONCIENCIA



…hay más gracia para el hombre que la violencia de sus deseos.
Pocos lo saben y sin embargo todos quieren ser los últimos en ocupar el
lecho de la ramera
para gozar sus caricias de vendedora de collares en las ferias
hasta que el sol les cierre los ojos sobre el vientre.
Carlos Latorre




Se me ocurre que un poema es una oración de acedos desplazamientos. En cuanto a la noche, uno va mordiendo sus entrañas hasta quitarse todo el pellejito de las alas golpeadas en los muros de la historia. Y vuelve uno ya no a los acedos, sino a los asedios, a esa impresión de dientes en el papel de empaque, o en el peltre de ojos oscuros.  Trepidan las horas largas de las agujas y las esquinas irremediables de los sombreros, y el epígrafe del horizonte, y las impurezas de los ijares. Uno se encanece de letargos, de persecuciones y súplicas. Acudo, clamo a la misericordia y ahí están las ojeras como fieles penitentes de un prostíbulo, de un bar, o una iglesia, o de un montepío: en la rodaja de calendario vomitan los relojes. A veces es una película de terror. ¡Qué importa! Quiero ver una larga procesión de trajes negros, un chorrito de ventanas paralizadas. Quiero disimular el bostezo. Quiero un estallido de cohetes en mi esperma. Quiero un arcoíris sin pesadillas en el ombligo o en el jardín de una muchacha sin héroes. Quiero una sardina de urgente olor a mar misericordioso. Quiero una sombra agonizante para reírle de cansancio, hurtar alguna campana y darle vida a un blues saliendo de los cementerios, de alguna atalaya donde se reverencia el fluir de la conciencia, las leyes del mercado, los cargos de conciencia, los negocios a la luz del poder. Quiero unos ojos sin nombre ni edad, un invierno a domicilio, y puchitos de luz a la hora del desayuno.  Por ahora, no es cierto aquello de “a cada quien según sus necesidades” y yo en la parsimonia de mi desnudez. No, no es cierto. No es cierto. No es cierto. Noooooooo ¿Cómo sabe usted lo que yo estoy pensando? ¿En qué llaves hay manos inmóviles, manos que señalan, narices con pecas y bocas terribles. Uno quiere siempre echarle zancadilla al otro, sí, aplastarlo, deshacerlo, invisibilizarlo, sí, este es el verdadero amor. El amor y sus egregias expresiones.  Siempre hay circuncisiones fieras: a veces es necesario desenterrar los ligamentos,  el cuerpo cavernoso. El bautismo es otra forma de hacerlo. La melancolía que siempre nos condena a morir, la mesita de noche donde uno pone las lágrimas a descansar. A menudo uno quiere negar o afirmar tantas cosas: negar las distancias, las rodillas, el sollozo de niño sin pañuelo, con los mocos secándose en la boca. Cada poema resulta un atril despellejado donde ya no hay nada qué hacer. Un poema siempre es una sustancia viscosa, un poco parecido a esos fluidos íntimos que emergen a cierta edad y luego desaparecen. Es inútil, aun con su volatilidad,  siempre estoy tocando a las puertas del alfabeto, haciéndole señas que vuelva, que regrese, que se quede. Ahora mismo pienso que la domesticidad es para otras cosas: vaya el perro o el gato que cuchichea conmigo.  Vaya los empedrados y sus extraños pataleos. Al lado de la pared, la balanza de los estragos de los sueños. El hervor disuelto de la caligrafía, ay, a veces la gangrena, los calambres y tantas desfachateces destrancadas, y tantas palabras como para no agarrar un pedacito de universo, como para no celebrar el natalicio de los montoncitos de sombras de la tierra. Al final, es preferible lavarse las manos…
Barataria, 2016