martes, 5 de abril de 2016

SOBRESALTOS

Imagen cogida de la red





SOBRESALTOS




En la lectura de los portones el termómetro de la conciencia igual que la lluvia.
Caen en trace los paraguas de las letras y el hierro petrificado de la intemperie,
y el gris mojado del ala del pájaro entre las manos.
(Uno sabe hacia dónde van las súplicas y las linternas, la piel de la noche,
el embudo arrugado de tantos náufragos. Claro, uno no se toma el atol
con el dedo, aunque la otra orilla de la garganta esté sitiada. Cualquiera puede creer 
que son meras sospechas. Y no, tras el último golpe uno se hace del ojo
pacho, porque si no, le derriban a uno la puerta.)
El arte de la política es una miserable ensalada, el mismo cuento con diferentes
francotiradores: la misma sed en nuestra apiñada geografía.
Cada quien anuda una piedra en el cuello.
En el coro infinito de la expiación, persevera el vacío de escaleras
para encontrar cobija. A menudo es inútil ser sólo sombra el paladar cuando duele 
la boca del estómago. Y no hay esparadrapos para cubrir la herida.
En los andenes de la congoja, la condena propia y ese más acá del ojo sumido
en el abrevadero de sal de las tapicerías.
Sobre las lápidas derruidas de la trama, las continuas hipotecas de la esperanza.
(No es rumor ni simple percepción la marea rota de la tormenta
que nos arrastra hacia las oxidadas vigilias del lucro.)
Sufrimos el aullido irremediable de los tantos vinagres del fuego.
Estamos entre secretas carpinterías cortando el sonido de la madera…
(Ignoro si en los costados se pueden leer los remordimientos, o al menos el viento
con sus ojos expansivos. Al menos el aliento y su posible polilla.)
Barataria, 2016