viernes, 19 de junio de 2015

EPÍSTOLA DEL RETORNO

Imagen cogida de la red




EPÍSTOLA DEL RETORNO




En algún lugar, al amanecer, el horizonte colgado en el dintel del tiempo.
Desde el espejo los regresos y el camino andado: las esquinas del país manchadas
de fantasmas, algún anciano en mi sed de niebla.
Nada es al azar la limosna de la asfixia, ni “El Libro de los seres imaginarios”,
de Borges, ni Marcel Proust, ni Anacreonte.
Al evocar lo andado en la crónica de los desaparecidos, uno relee la trama del teatro
con la singularidad que lo haría San Juan de la Cruz o Heráclito.
Pasada la tormenta y después de hurgar en el calendario, el cadáver de la puerta
y sus jirones de telarañas que juegan desnudas en los ojos.
Nadie nos reivindica en el puñado de polvo de la noche, ni siquiera la diadema
del lupanar, o el crucifijo aullando en los mercados.
Uno siempre es viajero, diría  Nietzcche, por más sedimentos que acumule
el aliento en el toro negro no disuelto del fuego. El camino resulta ser variante
de los recuerdos devorados. O solo huella. O solo lágrima.
Sobre el polvo de la memoria, el equipaje amarillo de lo insospechado.
(Nunca sé si hay demasiada vida o demasiada muerte, en este oficio hueco del reloj;
entonces miro la imagen en el espejo antes de claudicar.)
Es solo cuestión de tiempo —me digo—, para descubrir la esquina de los epitafios
y sus atajos de herrumbre y sus trenes de sombras y sus paredes de indiferencia.
Quien regresa, es otra muerte profunda como un monólogo…
Barataria, 16.VI.2015