lunes, 15 de junio de 2015

DENSIDAD DEL INSTANTE

Imagen cogida de la red




DENSIDAD DEL INSTANTE




Uno quiere morder los manuscritos del infinito con cierta premura. En el papiro
de los sueños, se leen los espejos que el tiempo nos dicta.
El flagelo de las sombras es otra adversidad entre las manos: nos parece
furtivo el pañuelo en este instante que gobierna la intemperie. El ojo oscila
entre rituales y sordos ecos. (La vida siempre hay que enfrentarla cara a cara;
con todo el imaginario íntimo de la brasa, sin las afonías propias de la saliva.
Siempre resulta extraña la pesadilla del polvo en los laberintos del sueño,
la piedra de la usura en el entrecejo, cuyo rigor muerde las semanas.
Arde la sinuosidad del instante en el atlas del umbral.)
Una vez la densidad de cada circunstancia deja de ser fuego, vuelve el rostro
de  ceniza a inclinarse en los espejos: siempre hay un momento en donde
los cuervos mueren sajados en las pupilas.
Hasta aquí, atravieso mis propios gemidos, los complejos rostros del abismo.
Ahí, en el mundo de las aldabas, la puerta atraviesa la garganta;
mientras hurgo en los anaqueles de las mochetas, un atisbo de polilla,
una historia que nunca rehacen los muertos, ni los condenados a ella.
Uno no sabe después de todo, si se pueden coagular todos los minutos,
el porvenir y las huellas del desagravio. Y si hay otra tierra prometida
a diferencia del paraíso que tenemos.
Ha sido de estremecimiento cada sombra en el paladar: sombra es la imagen
de barro que nos convoca; en el plato del rehén, el pájaro sepultado del alma.
Barataria, 13.VI.2015