miércoles, 17 de junio de 2015

BOSQUE DE LA TINTA

Imagen cogida de la red




BOSQUE DE LA TINTA




Al borde de la banca vacía se disuelve el libro del tiempo: la tinta deja
en los ojos, una tormenta de sombras invencibles: la historia que se rompe
en la soledad de la boca,
el espejismo que acaso nos anuncia nuestra inmolación, el cortejo de las barcas
que descienden hasta la última exhalación de los retablos.
La madera se aferra a lo inverosímil; mientras, adentro, se fundan
los imaginarios; desnudo como el pueblo abro mis sueños, mi estación de sal
con su embarcadero: atravieso las mamposterías y los jeroglíficos
de las encrucijadas, los pájaros de fuego que bajan hasta el pozo de la memoria.
Aunque siempre hay mudanzas, algo pervive en los trapos torpes de mi mano
que junta los clavos del arcano palabra a palabra.
Hay una historia viva en cada hoja: en los callejones del tiempo, la gesta
de la fábula o la leyenda, las distancias próximas a la ceniza.
Allí, reclamo el aleteo y los fragmentos de exilio de este mundo acostumbrado
a la pesadumbre de las funerarias, a los ahoras de arcilla.
(En este gozo sosegado, elijo el cordaje de la escritura y desafío la escoria.
La relectura secular del tiempo cambia de manera puntual clavo y madero;
diría que en cada camino hay cauces y preguntas: todo se anuda al aliento.
En el leve hierro de la tinta, juegan y perseveran las ausencias.
Nunca dejan de ser verdad los puntos cardinales invertidos de la congoja.
Todo nos abrasa, hasta las sabandijas que nos amanecen en el aliento)…
Barataria, 14.VI.2015