domingo, 29 de marzo de 2015

ESQUIZOFRENIA DEL ALHELÍ

Imagen cogida de la red




ESQUIZOFRENIA DEL ALHELÍ




En el bosque de la piedra y el gruñido, las ganzúas dispersas de la desnudez.
Es una desfachatez —me digo—, dispersar el azúcar de los trenes
en el columpio del alba. Siempre estoy interpretando la esquizofrenia del alhelí,
esa locura de sombras que rasgan el aliento.
Solemnes se precipitan las puertas del día, la escoria alada y los dientes
decapitados de la oscuridad. Por cierto, el escombro se ha tornado laboriosa semilla; 
en la tapicería de la noche, son impecables los comensales de peces.
Y ciertos los tejados con gatos en brama y aves migratorias.
Bajo el altar de sal de los mendigos, siempre el aliento metálico de las jeringas,
el esplendor inhabitable de la mugre, el tiempo desvanecido en los párpados.
A menudo es necesario desertar de las calles, (de todas las calles),
escuchar a los parlamentarios con sus persuasivos desatinos, almorzar junto
a la epifanía de los neumáticos consumidos por el voltaje del aliento.
¿A quién reinventamos en la almohada de la hoguera con las manos vacías?
¿Quién, después de todo, se levanta con decoro de entre el escombro que queda
impune en el traspatio del aserrín?
Para los días venideros, la mirada inexpresiva de las baldosas y horcones.
(Detrás de los sueños, hay una verdad insoslayable: el mundo con sus alambradas 
urbanas y el picnic para los lavados de conciencia.)
En la convicción del humo o la espuma están todas las revelaciones…
Barataria, 18.III.2015