lunes, 1 de febrero de 2016

MENOS LAS VENTANAS

Imagen cogida de la red




MENOS LAS VENTANAS




Salvo las ventanas, el petate húmedo de los sueños, la memoria en la calle.
En el purgatorio de la madera, el circo y las muestras soberanas del universo.
Un bostezo resume, —a menudo—, los cansancios de la noche,
esa isla de silencios donde gime peligrosamente el tiempo sin reparo.
En los ojos, la procacidad de la breña, las señales de humo de los sueños,
la áspera piel de los asedios.
(Crecen pacientemente las ventanas, en ellas los alhelíes de la ternura.
La certeza que no desfallece en ninguna orfandad, la luz respirable más allá
de los escombros. Entro del otro lado de las mochetas o del dintel.)
Una ventana resulta una suerte de infinito; ante su ausencia, lo inexistente
se torna verídico: me une la oscuridad desmedida y la última claridad del alba,
los rótulos colgando de las esquinas, la piel junto al fuego de los ojos.
Ante cada vértigo la ruptura de colores de las aceras.
Nunca es imposible sostenerse en las vértebras del caos, sin que la lucidez
se abra al vacío, sin que los clavos del presente nos griten en los oídos.
El espejo puede copiar los secretos, pero no la ternura: las tribulaciones quizá,
no la desesperación y sus cerrojos imposibles.
Hay nombres próximos al derrumbe. Hay abandonos como golpes de almádana.
Las ventanas, audibles, sueltan pájaros desde los rincones de la indiferencia.
Al final, el pensamiento, tiene la capacidad de los élitros. (Lo dicho o callado, 
viene de ese camino de ecos, del ejercicio de respirar frente a los sueños)…
Barataria, 13.I.2016