miércoles, 3 de febrero de 2016

LUGARES

Imagen cogida de la red




LUGARES




A veces pasa un gato sobre el tejado: queda la sombra o el ruido en una especie
de letargo, casi como una brizna en la ventana abierta, el maullido de herida
y relámpago, a la deriva en la escalera del insomnio.
En el mundo galopan sordas bocas y orgasmos en medio de la niebla de ciertos amuletos: hay aves de rapiña, también, en la sal de la almohada,
en el país imaginario donde todo es sombra.
Comenzamos con las llaves prenatales de las catalnicas o loros; (todavía existen —supongo— personas cálidas, sin las entrañas oscuras. Muchas resplandecen
en el paraíso de la inmolación, en las llamas del gran océano de las antípodas.)
Uno no puede fiarse de los espejos que cuelgan de los mingitorios, ni del rollito 
de ajos sostenido de la viga del tabanco, ni del espantapájaros del aliento 
alrededor de la decrepitud de ciertos burdeles.
Uno, en fin, no puede fiarse del historial de la realidad y los deseos: la razón
es sólo otro cadáver exquisito de la subconsciencia, entre tantos cadáveres
pálidos e ínsulas de atroces sartenes.
A la sombra desmoronada le suceden retorcidas bocas de cántaros y cuchillos 
de un grito inmenso. Sobre la mesa, los platos sucios como olvidados ataúdes.
Después de tanto caminar a la par de muchos sepultureros, uno termina 
muriendo de zapatos, de luz y de bisagras improbables.
Alguien termina sin ropa, mientras le quita un sorbo de esperanza a un grifo.
Otros huyen de este abismo después de cortar de tajo la yugular.
Barataria, 15.I.2016