miércoles, 24 de febrero de 2016

AGUJEROS DE LA HERRUMBRE

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AGUJEROS DE LA HERRUMBRE




Supongo que uno se lanza a la vida a perseguir olvidos, a escribirle apostillas
a la soledad. En ello, —supongo, también—, tropieza uno con los agujeros
de la herrumbre con ciertas necesarias cuadraturas, con esa memoria a plazos
de los empréstitos, —la vigilia nos hace pertenecer al mundo del recuerdo
sin decirnos a cuánto equivalen las impurezas, ni las pulsiones
de la inconciencia.  El tiempo es imperdonable, es imposible y torpe
en la intemperie: nadie espera que corroa tanto.  Nadie que sobreviva
a la entraña rota de los cadáveres insepultos, a ese otro lado de la historia.
(Uno cava cementerios como países y continentes. Son perfectos los despojos
en las tumbas, los vívidos y desasidos recuerdos, ese sonoro verdor del césped
que vuelve innombrables las sonrisas.
El brócoli a punto de perder el verdor de los minutos.
El duro polvo de la piedad apasionada en su horrible sombra dolorida.
Alguien pasará a la historia después del fervor de un orgasmo: alguien pedirá
tregua después de tantos días imposibles de arrebatos irrefutables e intrigas.
Uno lucha contra toda la rebeldía posible de las ventanas y el maldeojo.)
Tiemblan envejecidos los agolpamientos de la herrumbre: en el olfato descendido 
de los muelles, el color a quemado de los hierros, su forma cierta
y desparramada de látigo. La esquina trasegada del ojo.
—Jamás entenderé a ciertas conciencias cuando el trote es desigual y roto
en claridad, cuando ha vivido en el resquicio de las sombras.
En realidad, no me interesan los resoplidos del glamour, ni el newsletter,
a menos que fuesen un aserradero o, en su defecto, una carpintería.
Barataria, 2016