martes, 13 de octubre de 2015

VÉRTIGO INFINITO



Imagen cogida de la red




VÉRTIGO INFINITO




Sobre la última intemperie de la piedra postrera, los semáforos aferrados
a lo sombrío del tráfico: frente al pelotón de mendigos, el paraíso náufrago
del fuego, las cobijas desesperadas en el abismo de la muerte.
Harto de cuchitriles, descanso en la otra mitad menos asqueada de la avidez;
me desencuentro con lo burdo de las hernias, en lo íntimo el paladar roe
los vestigios de lo salobre, la estaca tránsfuga de la modorra,
cualquier bostezo amarrado al junco de la saliva. El nicho supura espasmos,
fluctúan los peces en el lagrimal del rocío, —en el cráter de la bilis, los ácidos
o la carcoma del páramo viviente entre los huesos.
En los lapsus de cada vértebra, el fermento del panal en el tacto: la lluvia
de zumos fluctuando entre las uñas, el espejo al gusto de las campanas.
Exaspera la ceniza en el hueco de los zapatos como otra sombra prófuga
del pulso: desde la piedra hueca del aliento, ya no sé el alcance de los vértigos,
ni hacia dónde nos quema el rostro la niebla.
Uno no sabe de la fiebre de párpados sobre los adobes, ni de las grietas
indescriptibles que deja el espejismo, ni las islas que sangran en la cópula.
A menudo caminamos desnudos como espectros entre paréntesis.
En el salto al vacío, terminan suicidándose las cruces y la sequía de pestañas.
Si el infinito es un espectro, prefiero hurtar el sigilo a tantos suicidas.
Ante las tantas señales de los espectadores del abismo, la avalancha de sal
sobre el litoral de suicidios de los brazos. Crece el desamparo como una paliza.
Barataria, 04.X.2015