miércoles, 7 de octubre de 2015

LA CALLE

Imagen cogida de la red




LA CALLE




Quiero decir estas calles que abrazan mis zapatos, tibias de huesos y manos.
Imprescindibles en la resistencia de la jornada como las pocas o muchas
palabras que aprendimos en la historia de la noche.
Para los juegos, los obligados adjetivos en el paladar, las excusas de siempre,
los oficios alargados de la rebeldía.
Nos abriga el árbol de los vacíos, las imprecaciones y los asesinatos, la queja
y el engaño y los espejos posibles donde el instinto golpea los monólogos
inciertos de los neumáticos.
Ante la palabra, las panaderías y esa sensación de sermón de la levadura.
Muy a menudo nos martiriza o conmueve esta puerta de corrosivas vísceras.
Nos martirizan los falsos monederos de las bocacalles profundas
y pronunciadas, las ventanas anárquicas de las cuevas, o la simple dialéctica
de lo despiadado que resulta el tiempo y su sentido contrapuesto.
En la secuencia del asfalto, todo lo desgaja el desaliño, la loza revelada
en el zapato, o la lengua de luz sobre algún escarabajo.
Fuera del asco reiterativo de cierto hedonismo,
el asfalto excede todo estruendo de severos hiatos interpretativos: enfrente
de los sumarios del aliento, las explicaciones de la superficialidad, los gritos
y asesinos a sueldo, el plano cartesiano en el relieve de los cuchillos.
La calle es solo el prólogo para entender la raíz invertida de los incendios;
ante cada extravío, entrevemos el salto mortal de la impotencia y su simbiosis.
Barataria, 29.IX.2015