martes, 27 de octubre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red




SEMÁFORO




De la lectura, paso a aprendiz de versos. porque ellos encarnan menos responsabilidad, respecto a la de un maestro (cuestión de afectos). Ante cada poema uno cabalga, más allá de las realidades intrínsecas, en las aguas de la conciencia: desde allí el acento de lo implacable eso que nos golpea hondo hasta horadar el aliento. Quizá esto tenga que ver con el poeta y sus circunstancias, el despojo y la hora cero en la que vivimos diariamente. Uno nunca sabe hasta cuándo la oscuridad —este desarraigo social que colma las entrañas— y el adviento, la luz, los sueños, no los vacíos y su sombra de mar, no el horizonte plagado de hienas. Después de la pantalla en blanco y negro del tiempo, me pregunto si todavía es posible el arco iris, si el derroche de salmuera es parte de la carcajada, o la duda. El poema, entonces, se torna implacable, contra esa bestia que muerde los calcañales. El poema no puede verse como contrición del alma ni de tratar pruritos existenciales; es inimaginable, después de todo, que a estos días exista el desamparo: uno lo siente, lo palpa, lo vive todos los días de diferente manera. Tampoco se trata de traumas ideológicos, o de hacerle una limpia al horizonte. Se escribe a partir de una experiencia vital, teniendo en cuenta además que la bendita objetividad conlleva el germen de lo subjetivo. De manera que son percepciones válidas en el poema. Puede no gustarme determinado estilo, puede que no sea reconocido en los grandes públicos del orbe de la Bolsa de valores; está totalmente equivocado aquel poeta que sacrifica su poética en aras de no sé qué cosas… se escriba de manera sencilla, diáfana u oscura, la poesía a lo largo de la historia de la humanidad ha sido un género de minorías y está sujeto como toda actividad humana, al mercado. La afectación de la poesía, eso sí, me parece que no es válida. Escribir narrativa, escribir poesía, son actividades diferentes. La poesía le guste o no a quien sea, siempre será el arte de lo inefable. Por eso me nutro a manos llenas de los sueños, de las sombras; me adentro en la alacena de mi propia memoria y camino, no al trasluz, sino de frente ante la miseria. Supongo que el poeta no puede, ni debe sumirse en la desesperanza, ni caer en ciertos bucolismos, ni creo (desde la poesía) sea un exégeta. Pero es mi opinión despojada de todo prejuicio. Hoy en día, sin lugar a la duda, quien se rebela contra estos fieros dientes de la vida nacional, la violencia, el caos, el miedo, es un transgresor: lo es quien ve el futuro, el que sabe que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, el que trasciende esta oscuridad fúnebre. Que otros expongan sus extraños postulados filosóficos, sociológicos, epistemológicos como así les venga a bien...No olvidemos que "el poeta crea con palabras no con ideas", es entonces desde esta dimensión, la alacena del poema y del alfabeto, o si se prefiere del alfabeto y el poema. Claro que la felicidad, la alegría, la esperanza son sentimientos extraños en un entorno en crisis permanente; el poeta no claudica, mas bien camina a lo largo de estas calles; vivir a plenitud el tiempo, siempre implica desnudarse, frente al ojo que mira y nos mira. El poema no es un escondrijo, sino una luz hirviente. Hoy,  justamente, entre lluvias y ausencias, entre el libre pensamiento y las mareas, entre la dulzura de un pubis y su ala de ardimientos, entre el grito, la aventura de escribir y el tambor del frío, entre la rugosidad de las palabras y el ojo del trópico de las antípodas, entre el aullido y la plegaria, los días con harapos y sin una estación o muelle, no puedo menos que pensar en el poema como construcción de vida. Hubo un momento que me harté de la oscuridad: no se trata de escribir como lo hace otro, no; ignoro si alguien es mejor o peor para escribir más allá de cierta universalidad en el uso de los recursos propios de este menester. Yo me harté que me dieran un nombre y que a ese debiera seguir. Y me alejé. Y me distraje en las sastrerías y en las estaciones de los trenes. Los países chicos son infiernos grandes. Y anduve a la deriva siendo sin ser: uno no siempre se reconcilia con la aldea. Se me eriza el semen y la piel. Pienso que las castraciones son demoledoras, esa realidad real, o realidad imaginaria en la que se mezclan estruendos y miserias, talpetate y hormigueros. En el país de las letras, las aguas que corren no siempre son diáfanas. Estoy consciente, poeta, que mi trabajo poético está lleno de soledad y soledades y que uso la palabra consciente de los riesgos que ella conlleva. Pese a ciertos pruritos, yo ejerzo mi condición de eremita, pero no soslayo las realidades porque son parte de mi habitación y mi casa. Hoy por hoy, no creo que se haya vuelto a descubrir el fuego, ni la sed, ni la brasa gigante de la esperanza. Apenas soy aprendiz, no exégeta. ¿Existe otra forma menos desembarazada para celebrar la palabra? Yo, al poema concluido, le doy un guiño; lo celebro, en desbanda mi herida… Cada quien, con sus demonios, amuletos, miedos, registros, con sus realidades y desde sus realidades, edifica su palabra, aunque las palabras no pertenezcan a alguien en particular. Vivir siempre es extremo complicado más cuando a diario vemos humillaciones a la vida, y monstruosos alaridos. Hay temas que se imponen y suelen en cierto modo ser reiterativos, pero es que es dificil soslayar con inocencia este infierno. No sé si en esto de la escritura, tener disciplica para ejercerla sea un defecto: sin duda hay afanes y obstinaciones que quieren quitarle su ciudadanía. Supongo que cuando ésta se asume con la responsabilidad de toda una vida, pueden surgir centellas alrededor de uno, pero imposible opacar lo que es auténtico. Uno pues, suele lidiar, combatir con varios mundos, aun así, mi única filiación posible es con el fuego de la poesía. Escribir contra viento y marea, es ejercer el derecho que uno tiene a la libertad. Los gustos, las afinidades son otra cosa... Díganos, la lluvia de pronto funciona como limpia para el alma, pero ella, en sí misma, convertida en vendaval, es capaz de suscitar atrocidades: y eso pasa, sin duda alguna, en el curso de la vida, muchos nos rasgamos las vestiduras de si lo que escribimos es en pro del "compromiso", o solo es prurito de alientos contritos e intimistas (es lo que oigo de personas sabedoras de estas lides). Desde luego es un tema sumamente complicado por la polémica que genera: sin duda, política y poesía siempre han estado como esos matrimonios hostiles: conviven dentro de esa atmósfera. Me parece que en nuestros países no hemos superado el discurso de los años sesenta y setenta, pese a que los actores políticos, en su mayoría son otros, aunque las condiciones de marginalidad, pobreza y violencia, persistan. Muchos seguiremos, como el poema mismo, junto al prostíbulo colmado de nostalgia. Desde el misterio de la vida, el altar del alba sobre el tejado. Hay, ante tanto éter, (ya me he vuelto incrédulo), magmas y maremotos, así que prefiero transitar, si no ofendo, por mis intimidades. Llegado a cierta edad, uno sabe cuál es la diferencia entre una silla y un inodoro. La poesía siempre será el espejo más corrosivo del alma, o ese árbol íntimo de anteayer como dijese don Juan Ramón Jiménez. Soy un hombre nacido para el poema y mi poesía no es, evasiva, ni purista, ni apolítica: pertenezco, desde mi infancia a ese mundo del desarraigo. 
Barataria, 2015.