domingo, 11 de octubre de 2015

NEBLINA ADENTRO



Imagen cogida de la red




NEBLINA ADENTRO




En la estación de los minutos, los espejos atrapados en la garganta, los caminos
heredados en paralelo, la infinita aldaba, húmeda en el acantilado de sal.
En la neblina temeraria de lo ecuestre, la fuerzas de la escarcha como monedas
desprendidas del viento. Hacia atrás del horizonte, los pájaros atónitos
de los párpados, esa otra convivencia entonces, con el desastre.
Hay países grises por falta de sintaxis.
Existen ojos con una caligrafía desencuadernada, desvestida en las ojeras
del aguacero, o en esas hambres que torturan como una hiena.
Uno no sabe, de pronto, hacia dónde aullar después de horadar las piedras.
El viento tiene sus caballos revividos y la neblina, ese abrasado destino
en la flama tropical de las pupilas. Desde adentro no es menos cierto el abismo,
ni la ramazón de los ciclones en las sienes, ni la reverberación de las sombras
ni la pesadumbre que hiere sutilmente las concavidades.
Entrada la noche y el petate tullido de la piel y el reino de los jeroglíficos
sin caminos, y los cadáveres con la mala suerte de lo trágico, y los cementerios
con tantos nichos a cuestas,  las palabras disueltas en el aliento:
¿A quién le confío esta enfermedad de mísero futuro? ¿A quién el despojo
que sólo admite soledades? —Vos, próxima a los ojales de la noche, a la neblina
lacia entre las manos, a los abanicos de hollín que gimen entre las manos.
(Tiene la piedra el duro silencio del acantilado, el idioma roto de los sollozos,
el helado párpado del polvo sobre la rama ciega del viento.
Hacia dentro, el reloj sepultado de mi propia tumba)…
Barataria, 02.X.2015