lunes, 5 de octubre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red




SEMÁFORO




Supongo que hay cierta vehemencia en los absurdos, cierta sequía indescifrada que nos conduce a esos orillamientos. Supongo que es dura la sordidez en los sentidos, el revés de la bolsita de pisto donde guardamos las monedas sobrantes del aliento, o la ventana de ternura convertida en pozo de embriaguez. Supongo también en las llagas que hace la escritura en el alma, en aquel orgasmo inacabado frente a los adobes del alfabeto; nunca hay reposo cuando la tristeza es casi un mal genésico, cuando el frío en el aliento es escalpelo, o ruin escarabajo hacinado en la congoja. De cierto, caemos en la trampa de las deformaciones, en esa imposible dureza del papel en blanco, en tantas rupturas y certidumbres. Sangra el animal que soy explorando en la escritura los muchos candiles destrozados; desde la periferia de mi condición, la entraña condensa esas horas crudas de la espina y su corrompida fecundidad. La barbarie nos acecha como fiel discípulo, nos seduce hasta horadar la razón. El poema, en cierto modo, es respuesta a esos entusiasmos perversos que provocan las contradicciones. Uno huye aunque jamás escape de los rastrojos de lo perverso. Supongo que ningún extravío es autodeterminación: después de extirpar los espejismos, viene el poema, esa estancia –clara u oscura—del viaje. Después de la escritura, sucede lo que yo modestamente llamo, liberación. Uno se sacude múltiples demonios, las dudas, los sinsabores, la certidumbre o la desintoxicación de todo un mundo de retóricas: seduce, entonces,  este carácter cenagoso. Supongo que se configura un nuevo orden aunque para muchos sea imperceptible; delirantes y funestos parecen nuestros designios, la política, toda la realidad que institucionaliza demasiados demonios. Caminamos en medio de esta oscuridad, en medio de un sentimiento de destrucción creciente, inverso al carácter de la luz. Y aunque el yo (lírico) permanece nos muestra esa realidad y sus desazones, el horror, sí, que desnuda nuestra moralidad. ¿Será enajenación esta metamorfosis, que no el asombro y el vértigo? Desde el poema solo puedo caminar junto con las palabras, aunque las mismas carezcan de inocencia como las ventanas y despinten la alegría y la silla azul del sinfín. Limpio de cuervos y perros y zopilotes uno desfallece; siempre al borde del peligro, de una lectura, de la invasión de los miedos que provoca el día a día. El poema siempre me tienta, así me sumerjo en esas aguas entrañables de lo insólito, supongo. Por supuesto que además de la zozobra, existe la ternura: ¿de qué otra manera podría aspirar a la comunión con los demás? No lo sé. Las palabras, por cierto, desnudan la conciencia, lo descubren a uno en medio de tantos sonambulismos. Ignoro si es mal endémico recurrir siempre a la memoria. Ignoro si es mero clisé el diente de la lluvia pulsando en las sienes… En decir, no necesito lentes para ver de dónde viene mi poesía, ni hago alardes, ni me asisten pruritos de vanidad: solo procuro desnudar ese invierno que está ahí debajo de las piedras, observar el hacinamiento del poniente y sus calles, quizá leer las canículas en el promontorio de enfermedades venéreas. Quizá lo que tiene de mágico el poema sea, las múltiples degolladuras del aliento, el disfraz que se usa para simular el estupor, las diferentes sombras que tiene el paraíso, los sombreros de los mendigos que uno muerde en afán de infinito. No hay nada nuevo bajo el sol, y sin embargo, cada día la lectura de las paredes es diferente: los centavos obscenos que se van sin rumbo, al mar, a través de los tragantes. Viví por largos años dentro del escombro, durmiendo sobre la espalda oscura de la tierra; siempre caminé con los extraños gruñidos que produce el hambre y la muerte, alguna bondad han tenido conmigo los caminos, algo fraterno este tiempo desordenado. Entre los brotes de soledad y atardeceres, la luz de las semanas y las cobijas mías que insisten en cubrir mis poros. Supongo que en esto del poema hay dos mundos más o menos diferenciados, fiables: la poesía como producto de una gran metáfora y la poesía cruda, llana, sacada de los intestinos. Una fila de tinta se yergue sobre la hoja; un poema, de pronto puede convertirse en purgante. Dejemos que la luz abra sus noches. O, como diría Vallejo en Poemas humanos: “¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito? Alguien pasa cantando con sus dedos”. Al otro lado del trasiego, la ebriedad caótica de las entrañas: me empino para ver los afluentes del abecedario, sobre la sombra amarilla del pájaro. En el ámbito de mis conjeturas y alucinaciones, el poema siempre será noción de la extrañeza: posibilidad, noción de realidad, intermedio entre la realidad y los sueños. Si alguien piensa lo contrario está en su derecho.  Tiempo y desvelos aclimatan el poema como zonas imprescindibles de la conciencia; el lenguaje tiene la misión de desnudarnos, podríamos decir desde el recurso metafórico, sin duda porque obedece a una necesidad vital. A mí ya no me aflige nada: aprendí a cohabitar con la noche, la oscuridad, la orilla de los sueños, la periferia de la gran urbe, entre los ahogos y maleficios del poder, en medio del hacinamiento que provocan los escapularios. Me obsesioné con las sastrerías y las carpinterías, con los disturbios del aire y el necesario olvido de puertas decapitadas. Mi matata de anhelos a menudo gotea como el grifo inservible d la calle polvosa, como los versos irregulares, diversos en su mística. Supongo que el poema nace de tantas vivencias, de incertidumbres… En esta fidelidad con la palabra solo releo el día a día que me aguarda en las aceras, la sospecha, casi nunca el poema. Supongo que la luz hace lo suyo, lo mismo que cada verso. Ojalá nunca deje de asombrarme, aunque carezco de garantías para tal menester. En el traspatio habrá siempre alguien disfrazado de prójimo.
Barataria, 2015