viernes, 25 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red




SEMÁFORO




Ay, de pronto sólo nos falta el tiro de gracia para acabar con todos los murciélagos que cuelgan del cuello, o de los vasitos de saliva que enarbolan mástiles. A veces cuelgo mi sed de las ojeras del calendario, de los encajes de la diáspora, de los arcoíris que estorban junto a la cal de los braseros del precipicio. Hay voces, voces por doquier; vidas, vidas por doquier; silencios y silenciadores por doquier: quizá pertenezcamos a esa otra cara, que no la cara común de Sodoma y Gomorra, que no la queja innoble, ni la noche, ni el matorral. Pese a que sobre este tiempo se alzan tantos desconsuelos, tantas sombras, tantos esqueletos cercenados en medio de nuestros zapatos, es deber del poeta quemar, quemar la tierra para la siembra: deshojar la tinta para un nuevo sahumerio. Quizá debamos escribir una rosa a nuestra rerum natura. Quizá y que nos amparen los relámpagos entre estos breñales. En fin, a menudo la cobija no alcanza cuando se está en la periferia del mundo. Cierto. El olvido es una ilusión, —cuando te ignoran a propósito es porque no pueden olvidarte—, nunca se olvida, o casi nunca se olvida: algo siempre subyace en la mirada ennegrecida de las gavetas; la cicatriz está ahí, para no olvidar: las distancias, los trenes, el alma que baja o sube de los abismos. Uno presupone el olvido como un puerto, como un camino, como un mensaje. Dentro de esa sensación de ciego en medio de la neblina, algo de uno reconstruye tantas crepitaciones, silencios, ahogos, odios, alegrías: en el interior, seguramente alucinan las sombras, aun eso indefinible que llamamos misterio. La realidad es una permanente exposición de heces, en donde teatro y espejos se disputan la podredumbre de las semanas. Digamos que algunos somos sensibles al tiempo y en ese sentido pretendemos respirar olvidos: a menudo en el intento se nos pudre el corazón y el aliento. Como estas son digresiones a lápiz, pueda que algunas palabras queden en sombras; y otras, conviertan en rostro esas memorias del desahogo. Eso de los inventarios es sólo la lección del día. Sí,  en circunstancias especiales, un minuto es eternidad y universo, más cuando se trata de recoger el polen de las palabras, o del país de un niño, o del alba en la impaciencia de la flama. ¡Cuántos presagios, en verdad, deshacen nuestra tranquilidad! ¿Cuántas aldabas es necesario abrir para saciar la avidez del rocío? El poema tiene los desasosiegos propios de nuestro tiempo: asistimos por desgracia a un tipo de ciudadanía del devaneo, los temores son mayores a las migrañas o a los neumáticos, a los cuchitriles de las laderas. Triunfa la maquinaria de la perversidad, las ventanas fosilizadas de la esperanza. Tintinea la oscuridad como monedas de uso corriente; y allí, las gotas de terror, las teorías y remordimientos, mientras la conciencia se convierte en extenso basurero donde sólo tienen posibilidad de vida las moscas y todo su mundo de telarañas. Vemos a diario esos desencadenamientos de la voz enclavada en las esquinas del país: supongo, ahora, que las concavidades tienen su propio petate. La noche y sus juncos agónicos. Ya me he acostumbrado, por cierto, a ello: huyo de ciertas voces, y sobre todo de las voces inmaculadas. Con frecuencia, una manera de rendirle homenaje a un ser humano es invisibilizarlo por todos los medios disponibles, despoblarlo de ropa y calles: en este punto, se debe aprender a sobrellevar la orfandad como una especie de júbilo. Alguien me dijo que  para escribir no se necesita de pezuñas, sino de alas (por suerte, las tengo inevitablemente). En poesía la evidencia debe ser inequívoca porque están allí esos juegos perversos de la oscuridad y sus amarillos timbales y su árida orquesta de insomnios. Te miran así, de soslayo y rezan para que desaparezcas. Y se preguntan y se miran de reojo. Desde luego, uno aprende a leer estos puntos borrosos del firmamento. Dentro de la muerte que provocan los silencios, siempre hay huellas y recodos inusitados por más que se quieran ocultar. Existen por doquier diferentes formas de negar, de desdibujar otros nombres. A través del aliento se aprende a lidiar con estas durezas: sé que hay mucha impotencia para la ternura y vendas y desiertos aun en las palabras. Te vigilan porque es parte de la condición humana; duermen con el libro abierto del desvelo. A veces su respiración es inaudible. En nuestro mundillo, alguien, siempre juega al desamparo y es, supongo, su conquista; la mía, empinarme en el alfabeto, jugar con las cortinas del sinfín, ahogarme en la luz. Supongo que al final uno simplemente frunce el entrecejo y deja que los aullidos silenciosos actúen como aficionados. En este camino cada quien descubre otras congojas mayores a las propias. Por ello es necesario aprender a desnudarse en medio de la noche para ver las venas de sed y su aliento roto. Por mi parte, me quedo con lo mío: las distancias y su obsesa labranza…uno en este bregar de la vida y la escritura está entre la luz y la sombra. Sí, alrededor nuestro hay un extraño baile de herrumbre y tizne; uno va, como vadeando ciertas sutiles podredumbres, lluvias, sueños, ríos de disparos, también algunas ternuras que deambulan en las calles y las miramos de soslayo. ¿Hay misterio, en todo esto? No, no lo hay. Hay escalofríos, sí, y también sonambulismos y días con largos durmientes, y aguaceros con cachucha, o sombrero, o paraguas. Y hay estatuas decepcionadas entre chiriviscos, y promesas y aflicciones. ¿Hay una continua metamorfosis? Sí, la hay. Después de todo, los rieles son militantes de nuestra fantasía, la calefacción de las escuelas, la negrura de los periódicos. ¿Temblamos? Claro, porque es parte de nuestros aperos indescriptibles, porque somos grandes ruinas históricas, y anárquicas manos, hechas para la escritura. La lectura de una jaula o la del trencito de madera, es como escribirle una carta de amor a la luz.