viernes, 18 de septiembre de 2015

SEMÁFORO

Imagen cogida de la red




SEMÁFORO




Siempre faltan palabras,  para darle sentido a la pólvora derruida de los vértigos; a veces el escombro no sólo despierta, sino embriaga los sentidos, la tinta, los fluidos de la escritura que únicamente tienen lógica en el filo del aliento o la ceniza. Siempre faltan las palabras, para alumbrar de sus ahogos a la conciencia, esa gracia tórrida que escancia el pecho sin socavarlo. Ante la depredación de la neblina, el río de amaranto que madura entre las manos como el pincel de Miró, o Magritte, o Chagall. Siempre faltan las palabras para que maduren las sirenas del pálpito, los aromas aviesos de la vaguada, o la pepitoria del minuto. Uno siempre es fruto inconfeso, a menudo, anónimo poniente de la hoja madura de los esplendores. Al final, ignoro si sobran las palabras frente al escondrijo de la memoria. No sé si es así, o sólo la ficción o el estado permanente de la perversidad: lo único cierto es el umbral con las costillas oscuras de neblina o aliento. En la totalidad de este mundo feroz —debo suponer que no exagero— nos encontramos destinados a la filiación de la desconfianza, a la escuela vocacional de la duda o del miedo. Sé que hay fatalismo en mucho de lo que expreso; en la vida cotidiana se encrespan los caminos, los mensajes tienen una piel aviesa, a cada itinerario las dicotomías o las paradojas. El miedo a menudo duplica sus estertores, los espacios de los mecates, la dureza de la viga del calendario. Nos muerden o acechan, además, los fetiches y sus absurdas noches, la ceniza infalible de la historia y su contraria calle de ojos perversos. Todo fluye así, pese a los diferentes modos que posee el desarraigo. Sólo en las pupilas el grito de la noche y los labriegos de espinas y hondonadas. Es duro por cierto, entrar a esas regiones inhóspitas del aliento donde la memoria se hunde junto a las formas del dónde y cuándo. A veces la sombra es tan mísera que no llega a espectro, ni a salmo ni a parábola; en días de vanos espejos, los espasmos rotos del despojo, la hoja caída sobre las escamas de los hemisferios. Hay tantas señas y señales hoy en día que la palabra no deja de ser torpe bandera, mediantorcha, escalpelo. Sobre el promontorio de huesos, de fango o cieno, otras zonas vencidas como las noches y sus previsiones, como los templos húmedos que flotan en alta mar. A menudo hacemos de las pupilas, ardientes piras: desnudamos los estanques desde el balcón remoto de los deseos. En las ramas del poema un acordeón de luz. Ante el retumbo de la piedra calcinada, el aliento fecundo de las brújulas. Lo cierto es que la lluvia es dura como la patria, como los trabajos que quema la esperma.  Sobre el tapiz doméstico de las palpitaciones, el tumor arraigado e indolente de ciertos vahos y sofocos como tumba o indolencia: lo sé después de ver el devaneo de los objetos casi como una alucinación de piedra insurrecta. Lo sé, desde fuera de mis párpados. (En el firmamento hay inexplicables bocinas de vértigo y hasta embudos con enormes cicatrices.) En esto de vivir el día a día con los ojos puestos en el entorno, implica necesariamente algún poquito de lealtad con las paredes. El poema, después de todo, está lleno de desatinos, entresuelos, vestíbulos corroídos, fantasmagorías y más de alguna sacristía. Sólo sé el rumbo del poema cuando he llegado al último verso y dejo de apretar la soga al cuello de las palabras. El poema también y en este caso, es como un cipote percudido por la intemperie: yo me veo chineándolo en la penumbra. Salvo a las lecciones del catecismo, siempre estoy próximo al espejo, a esa otra agonía inevitable. En los desfiladeros del cerrojo,  las manos de la nostalgia con su alcanfor de crepúsculos. Ya he olvidado el hambre que corroe la lectura del almíbar. Uno no sabe, a fin de cuentas, en qué magnetismos se van los sueños. Sí, uno no sabe cuál es la puerta que se desnudará en los faroles de la brújula del sin fin. ¿Qué certezas, hay entonces en el poema? ¿Qué cataratas leerán pájaros? De seguro el arco iris tiene sus propios contratiempos cuando llega la tarde. Siempre estoy escribiendo desde mi Patria, la Patria del poema, cifrada en esta eternidad de la íntimo: íntima, digo, la palabra que busca la mano del prójimo y el regazo de la hoja. Breve tinta, claro, el yo efímero que la nombra, el mismo que la reniega y la suda. Hay otras agonías que atizan, pero no el saber, el estar conscientes de que mañana, quizá, seremos profunda lejanía dentro de la brevedad que descampan las sombras. De calle, calles, esas donde uno persevera todos los días, esas borrosas o sembradas en los ojos, esas que se tornan inverosímiles tras las lloviznas del calendario. Uno se embarca en nostalgias o traza sombras de candiles alrededor de las puntas ávidas de la esperanza. Hay calles y duelen en la penumbra; hay callejones y golpean las raíces y el pecho y descienden a los transeúntes, a las ciudades poco claras del espíritu. Hay asiduas callejuelas como los prostíbulos de toda niebla y de todo olvido: el murmullo salobre nos arrastra hacia la concavidad encrespada de los silencios, o de las ojeras que deja la neblina cuando pasa sobre los poros sin ninguna vehemencia. Nos acechan los gritos. Nos acorrala la soledad de los tabancos y el hollín de los viejos suicidios de la alegría. Quizá en el pez atroz de los sueños, bebamos los pájaros líquidos de la muerte, las tumbas, los besos, los adioses…
Barataria, 2015