jueves, 17 de septiembre de 2015

DIGRESIONES

Imagen cogida de la red




DIGRESIONES




Ya por añejos vinos,
corre sangre, corren caballos negros, corren sollozos, corre muerte,
y el sol relumbra en materias extrañas.
Sobre el fluir fluyente, abandonado, entre banderas fuertes,
sujeto tu ilusión, como un pájaro rojo,
a la orilla de los dramáticos océanos de números;…
Pablo de Rokha




Lo oscuro a menudo se puede descifrar junto a la claridad de la escritura. Late el pájaro de la flama en la cuenca de las manos: el ala guarda en su memoria múltiples olvidos, los fósiles  del silencio de la medianoche del día. Entro todos los días a esta ceremonia de cansancios, escribo mientras sangra el aliento: un cuerpo junto al otro embestidos, cristalizados, o arados en la epidermis. Cumplo con los deberes del alba, pero la sed es otra; la brisa posesa del firmamento. Entre el quinqué de las luciérnagas, veo al cordero cumpliendo la faena de las tantas muertes con máscaras sudorosas de alfileres. (Vos, amor, cálida y purísima, como el ojo recién nacido del día. Intensa en tus palpitaciones, densa en tu sexo, fosforescente en el sofoco de las sábanas. Mientras todos callan, amor, el país se abre a lo fúnebre, ¿qué fue de la fraternidad, cuando el granito de ira u odio socava pies y manos? Hay días que ciertamente envejecen acaso por el terror. A veces quiero beber tu profunda noche, la honda materia que me arrodilla. En las mañanas la bandera del horizonte aterciopela el aliento, el tenso árbol que de continuo se rehace. ¿Vendrá la calma después de esta costumbre del desamparo y de hosca realidad? ¿A qué se reducen nuestros sueños, si apenas somos instantes, tiliches de las sombras? Súbete hasta deshacer mis vestiduras; muerde el cántaro del aleteo; lee el centelleo echado a la respiración, al tacto que roza la herida, dame todo el olor de animal desarramado y coge el bastón desollado del alfabeto. Cierro los ojos para verte tendida en la intemperie.) A menudo me pasa que pierdo las palabras, se fuga la luz; apenas me queda el azogue de las paredes con un amargor de extraños pájaros. Ya no sé si pueda soportar toda esta fecundación de muertes, todo este silencio obligado, todos los cuerpos inocentes en la sombra.  Estoy lejos del paraíso y cerca de muchas dudas. Allí, en el candil que gorjea, también el instante puro de luz. Pero algo hace que me quede inerme; el trueno de las calles es inevitable como lo es el susurro del vómito en nuestras sienes. A menudo es un sacrilegio oficial hablar de violencia, pero no de tumbas, ni de esos logaritmos en los retretes, ni del aforismo de los moscardones, ni de las larvas que se nutren de nuestros zapatos. Nadie absuelve a nadie en este reino de prostíbulos y quirófanos siniestros. Al otro lado de la noche, hay otra luz y no esta herradura del tamaño del universo. Desde el poema uno agrega sonambulismos a la ropa y a todas las calles de la piel donde respiraron los caballos de la fogata. Uno pedalea sobre las aguas de la conciencia, muerde el arroyo de los pañuelos y calla. Al final, solo aspiro a despertarme, aunque la zozobra no lave la ropa sucia, ni adentro de los excusados, deje de haber moscardones. De pronto, me da por escuchar a Led Zeppelin, Black Sabbath, o un  blues  de Muddy Waters, o de B. B. King.  Uno no sabe por cuántas monedas hay que cambiar el otoño, o eliminar las cucarachas a nuestro paso, o sobre el mantel.  Ay, poeta don Pablo de Rokha, usted tiene razón: “a la orilla de mí las hienas lluviosas y envenenadas de "Dios" rajan la sábana de luto del tiempo con las ganas quebradas y ensangrentadas.” El grito es el dolor manifiesto de los laberintos.
Barataria, 08.IX.2015