lunes, 25 de mayo de 2015

ALBA DEL CARACOL

Imagen cogida de la red




ALBA DEL CARACOL




El caracol del alba incendia las arenas movedizas de los ojos, los vahos decapitados 
de las monedas, y esa lejanía que se acerca a las manos: allí,
las claves carnales de los ojos, y la embriaguez revelada del cierzo unificado.
A veces nos perdemos en la docilidad de los paraguas;
en el acordeón del pálpito,
el aroma como un pregón de litorales. Así de simple nos vacía el fósforo
encendido de los párpados: ladra la escarcha en la sombrilla de la hojarasca.
En el interior del prensapapel indescifrable los vacíos sumergidos en la boca.
Nos pesa la niebla en la desnudez absoluta.
Nos pesa el animal  herido que llevamos en el cuerpo.
Nos pesa el caracol que devora los espejos.
Hay sinnúmero de nombres que uno pierde la cuenta de las tantas heridas
que tienen los claveles, la mudez o las palabras negras en el cuerpo,
o la urgencia de las llaves en el fuego.
—(Vos sabés que nos pesa la máscara insepulta de los muertos, la viscosidad
violenta de la desdicha, los minutos remotos del aliento.
En el ojo confuso de la madrugada, los pájaros alargan las semanas.
Sí, al final, entre los troncos húmedos del alba, construimos nuestra sepultura.)
Entre lo acuático y terrestre, esos tentáculos cubiertos de tiempo:
sobre mi lecho de bosque y tormenta, la geometría de las ruedas del sinfín,
y esta hambre sobre el pan negro de la seducción. Sólo hay sosiego y hervor
para mi boca en la ferretería inoxidable de tus muslos…
Barataria, 21.V.2015