lunes, 18 de mayo de 2015

AGUJERO

Imagen cogida de la red




AGUJERO




Expuesto el rostro al espejo, nos golpea el agujero de las certezas: una a una,
todas las posibles gargantas del tormento, los relojes sobre las palabras,
la jaula que nos mira y nos fecunda de oscuros futuros.
Danzamos alrededor de los huesos de los sueños. Y en la nada, la niebla
y sus acechos perversos, la mortaja y su cuello roto, el añil y su gótica migaja.
Siempre me quedo junto a la revelación de las llaves: soy mendigo entre tantos
nudos impasibles, —por doquier saltan los centavos de calvario,
el granizo hueco de las luciérnagas,
el hoyo donde se ahoga el arado: siempre me sorprende la montaña inamovible
del insomnio y su amarga tormenta de hojas disecadas.
Tras el combate, la urgencia del incienso y su resbaladiza piel de azogue.
De las paredes brotan insaciables ramas de tinta, corazones negros, cadáveres
disecados donde llora la infancia.
A menudo es tan grande el agujero, que sólo se pueden ver los naufragios.
Uno busca pretextos en un tren, en un barco, en un pájaro ciertas alegrías.
Los agujeros jamás están solos: hay ecos y mortecinas gargantas mutiladas.
¿Cuánto dura la estrofa honda del sollozo?
¿Cuántas ausencias hay que escribir para encontrar la memoria?
—Nunca existe una hora especial para morir: desde la vestidura de la sombra,
la sombra hacia los brazos. (Algo se petrifica en la orilla de los nombres,
el nudo ciego que agudiza las pupilas, la nada y su caricia hueca.)
Barataria, 14.V.2015