miércoles, 20 de julio de 2016

SOMBRA DE PIEDRA

Imagen cogida de juanpedrosalinero.com





SOMBRA DE PIEDRA




¿Cuántos en realidad, adioses, cuelgan de la sal de las estanterías, en los litorales de estatuas donde frunce el ceño el crepúsculo? ¿Cuántas bocas, de pronto, ya no  son bocas, y tampoco llegan a espectros? Uno va cada día, supongo, hurgando en los bolsillos del invierno, en la sombra de piedra de todos los ayeres. La lengua de los recuerdos se arruga en los pedazos de aceras que nos quedan después de gastar, allí, todo el aliento. Uno queda como los barandales de la intemperie, como el hierro oxidado donde caducaron las sonrisas. Así afrontamos las calles de la incertidumbre, los responsos fúnebres de los ataúdes, los diferentes pabilos de los cirios. Uno siempre se arrima a los atriles del tiempo con tantas fotografías  y nombres en las manos. A veces es un plato vacío donde no caben las cucharas: unos brazos callados y sin puerta acuden a la memoria. Hay razón de cuánto yerran los ojos y la salmuera, de cuántas noches sobre el petate, de cuántas nadas húmedas lamen la cara hasta el punto del ruido. Sube el alambique hasta el último peldaño de la escalera que da al traspatio de la garganta.  Callamos, sin duda, frente a los todavía obedientes del abrir y cerrar puertas, del subir y bajar sin encontrar sólo la queja y los adustos peñascos de la ceniza. Aun en el vacío los sombreros insepultos de cuanto nos muerden las alambradas, donde se juega con pocilgas y chiriviscos sigilosos. En un momento arremeten como un tsunami,  y duelen y gotean sus escombros, como duelen algunas sombras amargas, las del quebranto, o las del exterminio. “…el barro de la ternura de los viejos recuerdos”, hace lo suyo. Debajo del insomnio giran raídos estos recuerdos; otros se los lleva la hondonada de la saliva, el cadáver de los crucifijos y los escapularios. Deambulo en esta ensenada de ardores, en esa suerte de historia que se desliza en la cama, en la lechuza oscura que ulula desde el otro lado donde el mundo guarda otras impurezas. Hay adioses tan ciertos como las enredaderas y los pantanos, tan verídicos como los desechos en los ojos, tan profundos, como la herida que se lleva dentro de la conciencia. ¿Hasta dónde llega su severidad atávica? Jamás conoceré mi nombre y mi mundo, el paisaje con agujeros en los ojos, la diadema rota de las raspaduras, o el ansia triturada por el granito. Siempre me conmueve la edad fenecida. Jamás he podido curarme la nostalgia, ni esta avidez por los pájaros, ni ese imborrable caballo del viento en los ijares, ni el agua removida con los dedos hasta salir del naufragio. Después de todo, a veces me dan ganas de reír: reírle a las cobijas y a la señal de la cruz, reírle al verbo ciego de la pesadumbre, reírle a la sintaxis rota del capullo, morder sólo yo el mapa del dolor y los jirones de epidermis del silencio. A veces da vergüenza pensar en los juguetes, salir a la calle y jugar con los tiliches: bolsas de churros, neumáticos, envases de Pepsi o Coca-cola. También pienso en todos los inviernos del ahora, y en los estómagos vacíos del sofoco, y en esa desnudez ya muerta de los ojos. Me miro siempre en el espejismo de los adioses