domingo, 24 de julio de 2016

DISTANCIAS INSOMNES

Imagen cogida de la red





DISTANCIAS INSOMNES




Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos…
Federico García Lorca




Lo de los peces muertos, sin duda tiene connotaciones sustanciales: hay allí una complejidad insoslayable que ronda con la diversión y la notoriedad, con la realidad a menudo imprevisible para el ojo común. Ignoro si eso del fluir, me refiero a la muerte, tiene que ver con lo heracliteano, o sólo son antojadizos los preceptos de la desfachatez. En mi poesía siempre hay algo borroso: sobre mí la imagen fantasmal del tiempo, los ocultos vestigios de la fantasía y la imaginación. Uno madura dentro del cántaro árido, de la putrefacción infinita que se cierne en las sienes. He dicho, poeta que “Me resigno al cardumen: debajo de la piel, el alarido del barbasco.” Y esas tantas aguas perturbadoras del tiempo muerto de la historia. Todo, desde luego, es discutible, las procesiones implacables del humo, la materia del absurdo, y su fuerza escénica. A fuerza de soledad uno desentierra muertos y vivos, desenvuelve la sacralidad de las estatuas, muerde los fríos acumulados en el siempre concepto de cambio ya desaparecido. Me viene a la mente en pantalla gigante la noción de las tres divinas  personas; para aliviar las torpezas se necesita de otro personaje u otros que sumen para armar una nueva teoría del caos y la duda. Hay verdades tan monótonas como los dramas, como en el sonido sordo que escuchan los cíclopes, como la intimidad no resuelta en público. Por paradójico que resulte, la oscuridad tiene sus bondades, algo la justifica en las excusas psicológicas  a quema ropa. Los disparos siempre han constituido un mero juego de proxenetas, los golpes de estado que siempre están en la boca de los que no evolucionan; en apariencia, todo está claro. No es cierto. Necesitamos un pelotón de antorchas no una comedia. O una comedia que destierre la ira, las casualidades y las escaramuzas. Claro, como actores buscamos tiempos conciliatorios, tiempo para cruzar la calle y continuar en zancada larga cuesta abajo hasta leer las carteleras del desprecio y el vejamen. Lo de los peces, ojalá no sea una cifra impar, sino usted y yo, aplaudiendo desde la atalaya, el otro mutis de la carcajada. En adelante, juro una nueva escenografía para las atarrayas, o el trasmallo para este sabor de agua inmóvil, oscuro manantial de voces, abiertas a la cerrazón de las proclamas. Aun en la mano ofrecida estamos dentro de un teatro: el teatro y su necesidad de permear conciencias, el teatro y sus protocolos desabridos, el teatro y sus pedanterías, el teatro y su vestíbulo der asesinos inconfesos. Uno siempre está pensando por desgracia en las libertades mayores del espíritu. Y en esa espera se acaba el tiempo. Cada vez, usted y yo matamos el tiempo, asesinamos las esperanzas, pero no esa cuadrilla que se roba los azules, los meses de libros. A cada rato se nos interrumpe la comedia. Con sinceridad pienso que la claridad es un absurdo, Shakespeare, es un absurdo; Lope de Vega, es un absurdo; Racine, es un absurdo; Novalis, es un absurdo;  Cervantes es también un absurdo y otros dioses y diosas. Actúa usted en su locura, o es la locura ese motor incesante para actuar. Supongo que un día de estos dejaremos de jugar. Me disculpo con aquellos a los que les estorbo, o incomodo. Es igual creo. Aprecio el café negro, negro amargo para suscitar el parpadeo. Alguien me sopla al oído y me dice que “se acabaron las verdades eternas”. Yo por si acaso,  eso es verdad, agarro mis propias lágrimas y las lavo en el regazo del poema. Después de todo, todas las distancias son insomnes…