viernes, 22 de julio de 2016

LENTAS DECAPITACIONES

Imagen cogida de forwallpaper.com





LENTAS DECAPITACIONES




Al trasluz de la polilla el lento fósil de los jardines y la madera y las ventanas.
De la sombra desvencijada de la carcoma, las decapitaciones del tiempo
y su sangre dolorida y sus bocas rotas de sepulturas.
Me importa morder la piel de las cefaleas, las centenarias jaquecas
que producen los golpes en el vacío, las veces que uno copula desmesuradamente 
hasta lograr la desproporción de los acordeones.
(Nunca es fácil lamer los agujeros de la brizna, hacer insoluble el azúcar
de tus entrepiernas, sacar toda la saliva sin dejar a secas el lenguaje.
Sos visible en la ranura de la lágrima, en la palabra doméstica del extravío.
De niño juntaba todas las tortillas y los ponía al fuego.
Mamá  en el quicio de la puerta espantado las sombras con un trapo viejo.
En la calle, las lentas decapitaciones de mis anhelos, los siglos de incesto,
o la desnudez del país tirada a la humillación.
Uno muere decapitado por el frío, pero también por esos discursos
de la deshora disfrazados de Paraíso.
Veo los abismos como una sucesión de vitrinas, allí donde las moscas sin piedad 
muerden el subsuelo. La solapa agazapada de lo falaz.)
Siempre resulta grotesco el acecho a las ventanas y a los absurdos.
Uno duerme alrededor de los secretos de las uñas, de las altas piedras
de la tristeza, o en todo caso, de la nube de humo que pespunta las pupilas.
─ ¿En qué puntapié de guijarros, entierro finalmente mis cachivaches?
 Uno conoce todos los pulgares de hambre que secan los charcos del sexo.
Vos, ya habías jugado a traspapelar esta brisa salpicada de fotografías…
Barataria, 2016